martes, 31 de julio de 2012

Memoria musical.







De la misma manera que existen recuerdos muy lejanos existen vivencias de las que tenemos constancia porque nos las cuentan y de las que apenas tenemos un ápice de reminiscencia después de que nos hayan dado detalles de tales experiencias, que quedan demasiado atrás, y de las cuales nos gustaría acordarnos con más firmeza para volver a disfrutar el aroma de un tiempo pasado en el que con las pequeñas semillas de la imaginación y el campo abierto del cultivo de la infancia se estaban sentando las bases de lo que después perduraría el resto de la existencia hasta nuestros días. Yo no recuerdo cual fue la primera canción que escuché en mi vida, pero de lo que si guardo una buena memoria es de la colección de discos de vinilo, formada por los álbumes de las preferencias de mis hermanos, que había en mi casa cuando era un niño. En el estante inferior de un mueble de madera con una puerta de cristal, en el interior del cual había un aparato, de cuatro pequeños módulos coronados por el plato y la aguja para los discos, con el inconfundible color gris que marcó una época del comercio de los reproductores musicales, se encontraba una selección de lo que con más frecuencia se escuchaba durante el poco tiempo libre disponible de aquel hogar y que podía variar en función de las nuevas incorporaciones o del gusto por atender reiterativamente algún tema o autor determinados. Por entonces, en esa colección casera, era frecuente encontrar todo lo que tuviera que ver con The Beatles; pegadizas canciones que a mí me sabían a fáciles estribillos de memorizar sin a penas entender lo que querían decir pero que más tarde, cuando comencé a estudiar inglés, me facilitaron mucho el aprendizaje de esta lengua. Lo que más me sorprendía era que se trataba de una banda que ya no actuaba pero que se encontraba a la orden del día de todos los jóvenes melómanos de la generación que había abierto la transición. En aquellos años la fuente del romanticismo pop en España estaba marcada por Los Pecos, de los que no había ni rastro en el doméstico arsenal de mi familia. Ese primer contacto con John Lennon, Paul McCartney, Ringo Star y George Harrison comenzó a marcar mi tendencia por las melodías que venían de otros paises, todo ello ayudado por la aparición, dentro de aquel puñado de grabaciones, de autores como Pink Floyd, Alan Parson, Mike Oldfield o The Human League con las que mi oído iba encontrando caminos en los que esculpir de alguna manera un gusto por la música. Frecuentemente, al acordarme de aquello cada vez que hablo de música, me siento afortunado de haberme educado con estos ritmos y compases a través de los que después he podido entender lo sucesivo.

La dedicación a lo hispano estaba marcada por algo más duro, por los representantes de la guitarrera y rockera protesta de pelo largo y tatuajes que se podía permitir después de muchos años ir en grupos de más de dos por la calle a la hora que fuera. Obus, Barón Rojo, Leño con Rosendo Mercado a la cabeza, y por otro lado y de una forma más sutil a la hora de tratar los decibelios se encontraban Medina Azahara, Alameda y Triana como insignias de una tendencia surgida en Andalucia para introducir teclados, bajos, guitarras y originales arreglos en canciones que vislumbraban un inconfundible deje sureño sin escatimar ni en la velocidad ni en la cadencia de la armonía del rock. De manera menos frecuente, pero igualmente haciendo acto de presencia, aparecía Santiago Auserón en aquellas primeras canciones con las que Radio Futura, que siempre me ha gustado mucho más en directo, era el claro exponente de lo que salía de las aulas de la universidad y transmitía un algo más filosófico mensaje. Todo era fruto del gusto de mis hermanos. Mi padre solía escuchar muchos cassettes de canción española, María Dolores Pradera, Manolo Escobar, Carlos Cano, María Jimenez, y flamenco del tipo de Juanito valderrama o mezclas que se acercaban más a la rumba propias de El Fary. Curiosamente, algo que todavía me pregunto y cuya respuesta encuentro en aquello de que la música amansa, aquel hombre cuya único proceder para redimirse era una incongruente obsesión por trabajar cuanto más mejor, con brutal incoherencia, sin dar explicación alguna, tenía una fervorosa tendencia por Luís Cobos, por la sensibilidad de esas dos batutas con las que el aire se llenaba de violines y los vientos de los clarinetes aterciopelaban el pensamiento.

Luego de pasados unos años todo lo anteriormente escuchado maduró en realizar grabaciones, en aparatos de doble pletina, sobre cassettes originales que una vez que habían sido escuchados hasta la saciedad se podían utilizar como soporte, previa extracción de una pequeña pestaña de plástico de la parte superior de los mismos, para grabar sobre éstos lo que a uno le apeteciera y tuviese a mano. Era el tiempo en el que no podía dormirme sin haber escuchado un par de cintas entre el confort del calor de las mantas acompañado de un walkman y unos cascos cuya esponja era la última moda. Precisamente en una a punto de ser jubilada por uno de mis hermanos cinta de The Beatles descubrí que en lo que en ella aparecía era Hotel, dulce hotel de Joaquín Sabina; un maricón comunista, según había oído decir a una serie de descabellados fulanos con aspecto de ingenuos fachas y babosos de mi pueblo, al que una noche de hace ahora venticinco años decidí prestar atención y desde la cual no he cesado de hacerlo. Decía Nietsche que los mejores pensamientos son los pensamientos caminados, sin duda, pero aun mejor si a esas reflexiones se les pone melodía de fondo. También es frecuente escuchar entre los entendidos que uno de los resultados de todas las crisis es la aparición de nuevas tendencias en las diferentes maneras de desarrollar el arte, de modo que puede que una de las cosas que nos depare la situación actual sea el advenimiento de otras formas derivadas del universal idioma del pentagrama. He recordado todo esto porque hace un par de noches asistí, acompañado de un par de jóvenes más jóvenes que yo, al directo de una banda que toca versiones de casi todos los grupos de los que he ido dando cuenta en los párrafos anteriores y me encontré con la sorpresa de que casi no conocían a ninguno de ellos; y nada más lejos de pensar que me estaba haciendo viejo me dio por acordarme de aquellas tardes de la infancia en las que descubrí que resultaría imposible concebir una vida sin música y mucho menos sin la maestría que fueron capaces de demostrar con a penas tres o cuatro notas gente como The Beatles.

lunes, 30 de julio de 2012

Caravana de lona.






En estas fechas de finales de Julio, cuando Agosto se encuentra a la vuelta de la esquina, cuando el deseado periodo de asueto puebla las carreteras de automóviles en busca del mar o la montaña, en busca del destino planeado a lo largo del año, se palpa en los kilómetros de asfalto que atraviesan la geografía española la presencia de esos coches en los que, todos los años por esta época, viajan familias magrebíes, procedentes fundamentalmente de Francia,  que se dirigen a su país de origen. La sobrecarga hace que los amortiguadores traseros trabajen con más insistencia de lo habitual. Sobre el techo de los vehículos, en su parte superior, se amontonan una serie de bultos recubiertos por una lona que a menudo, en sus flecos exteriores, ondea como una bandera. A veces me pregunto si serán esas todas las pertenencias necesarias para facilitarle un aire de comodidad a las vacaciones o si se tratara de regalos con los que acercar este occidente cargado de mal gusto a los familiares que esperan ansiosos la llegada, el retorno por unos días, de esos seres queridos que un ayer cargado de pobreza hubieron de partir a otra tierra, a la tierra prometida en la que los hombres llevan corbata y todo el mundo trabaja y consume cantidades ingentes de alimentos atiborrados de antioxidantes y falsas vitaminas que nos prometen el retraso de las arrugas y recubren de cal el alma. Me pregunto también si en esos bultos viajarán los sentimientos y los pensamientos que no han encontrado un hueco en esta cultura tan diferente e hipócrita a la que han venido a parar para realizar los trabajos con los que se le caen los anillos a toda una clase de la vieja Europa que huele a cocido rancio y recalentado; me pregunto si se hallarán ahí, en todo ese monumental equipaje, todos los pretextos e ideas para las largas noches de conversación que les esperan a partir de unas horas después de que me haya adelantado un Mercedes a unos quinientos metros de un desvío con dirección a Algeciras, en el que una de esas familias se dirige a su punto de origen, al que llegarán como héroes y serán abrazados por todos los miembros de una extensa parentela que pasó el año rezando para ahuyentar los malos presagios y buscándose la vida de una manera muy diferente.

Cuando yo era niño la N-IV Madrid-Cádiz aun no se había convertido en autovía y los convoyes con dirección a Marruecos eran lo más parecido a una serpiente de automóviles el primero de los cuales representaba la brújula sobre la que guiarse. Eran habituales los despectivos comentarios con respecto a la manera de conducir de nuestros vecinos; también se hablaba mucho de su falta de higiene, de la cantidad de personas que podían ir en el interior de una de aquellas rancheras marca Peugeot, fieles a mi recuerdo así como el inconfundible color amarillo de la luz de sus faros, y de la rareza de sus costumbres que les hacía detenerse a rezar en cualquier lugar cercano a la carretera en el que encontraran la orientación adecuada para dirigir sus plegarias a la Meca. Era uno más de los recursos para entablar conversación, como quien habla del tiempo, de fútbol o de la "cosa" sin referirse a nada y a todo al mismo tiempo. Pero a mi no me dejaba de sorprender, a mis ocho o nueve años, la cantidad de gente que se desplazaba de la misma manera; llegaba a pensar que Francia se quedaba medio poblada debido al eventual éxodo de todas aquellas personas que parecían moverse con las ideas muy claras y con muchas ganas de reencontrarse con algo muy anhelado. Más tarde, pasadas unas primaveras, aparecieron las primeras áreas de servicio propiamente dichas, debidamente señalizadas, en las que cualquier viajero podía encontrar algo más de comodidad para aprovechar el momentáneo descanso de una parada. Luego se fueron viendo incluso pequeñas mezquitas, a lo largo del recorrido, para que la oración pudiera ser llevada a acabo de manera más digna; también, poco a poco, se fueron incrementando los servicios, la comprensión, la transigencia y la empatía dotando a dichas áreas de los debidos baños, para que puedan ser llevadas a acabo las pertinentes abluciones, eso si, no sin el correspondiente interés comercial sin el que casi nada es concebido.

Hoy, mientras conducía y era adelantado por varias de estas familias me he acordado del regreso, de los regresos, de los retornos que duran un par de semanas y se esfuman en un instante, de lo que esos seres estén deseando ver, de la frase que llevan grabada en sus sienes para ser la primera en ser dicha, de la primera palabra que será pronunciada, de las promesas hechas tiempo ha y que ahora se encuentran a las puertas de su !@#$%^&*, y me he alegrado por ellos porque me he sentido, en cierta manera, identificado con ese tipo de viajes en los que uno trata de encontrar algo de lo que fue en los campos de su patria y la felicidad resultante de dicha experiencia. Una caravana tiene un significativo trasfondo de unión, algo que se pega al riñón de lo popular, a la comunión de un deseo, a la andadura que afortunadamente hoy es mucho más cómoda que hace treinta años.

domingo, 29 de julio de 2012

El poder del dinero.







Si me paro a pensar en las ocasiones en las que he mantenido alguna conversación en torno al dinero puedo sacar varias conclusiones. Existen diferentes puntos de vista, mas o menos materialistas; no todo el mundo le da la misma importancia, a pesar de que desgraciadamente es necesario, sin él no podemos vivir, o sobrevivir, hasta el punto de que hemos caído en el hoyo de condicionar nuestra libertad supeditando el poco o mucho tiempo libre del que dispongamos a la cuantía de nuestros ahorros, y coartando algunos otros aspectos de la vida diaria en función de la cantidad de parné que dispongamos. Cuando la charla es entre colegas, entre trabajadores, no es de extrañar que aparezcan las ansias de quienes cuentan lo que harían si fuesen los agraciados del premio gordo de una lotería. Prevalecen en esos planes los excesos, la acumulación de propiedades y el desquite cual lobos feroces que no saben que por ese camino acabarían convirtiéndose en todo lo contrario de lo que significa su humilde condición de proletarios; cosa que preocupa porque parece como si a lo que aspirase el jornalero fuera a ser uno mas de todos esos a los que
tanto se critica y que representan una viva imagen de la desigualdad existente, uno de esos a los que hay que mirar desde abajo; y ese trasfondo de posible metamorfosis en lo opuesto a la naturaleza evidencia que algo no funciona, que la capacidad de reflexión ha sido atrofiada por la capacidad de seducción de la ostentosidad.

 Las quinielas y las apuestas de la Primitiva giran como satélites irrumpiendo de manera implacable en la mente de los obreros, hartos de subirse a un andamio y de que las impiedades del sol les castiguen a lo largo del verano, o de ir a trabajar en invierno con tres prendas, una encima de la otra como si de una cebolla se trataran sus cuerpos, para ahuyentar las calamidades de la humedad y de las bajas temperaturas, para sustentar la olla y mantener mínimamente el aspecto de salud del interior de sus neveras. Sufrimos tanto y tan a menudo, sin posibilidad de quejarnos por miedo a que nos pongan de patitas en la calle, que la válvula de escape suele ser la de la abundancia de billetes para mandar muy lejos parte de lo que nos rodea, que es mucho teniendo en cuenta la cantidad de horas que le dedicamos al esfuerzo de nuestras mal remuneradas dedicaciones, sin ser plenamente conscientes de lo que realmente importa, hasta el extremo de que se han dado casos de personas, de ciudadanos y vecinos, que han desaparecido de la faz de la tierra a partir del momento en el que se han enterado de la inesperada noticia de su multimillonaria condición; como si todo lo vivido con antelación no se mereciera ningún respeto ni recuerdo ni nostalgia, como si hubiera llegado por fin la ocasión de vivir de verdad cerrando de una vez por todas la puerta de la oscuridad de todos los años de pesadilla y rutina que no se valía por sí sola y necesitaba parecerse lo mas posible a lo visto en televisión y en las sensacionalistas revistas que pueblan las peluquerías.

 Decía Ortega y Gasset que una de las bases de la riqueza del hombre es saber vivir, y creo que se refería a la utilidad de la conciencia en las facultades mentales y la salud en general, disponiendo de lo mínimo, sin subordinar lo lúdico a lo estrictamente material;  y bien visto, a pesar de la cantidad de injusticias que asolan a cada minuto los noticiarios y se encargan de que las diferencias vayan siendo cada vez más grandes entre los que comen y los que no, entre los que saben leer, aunque solo lo hagan con esas revistas de putrefacta inteligencia, y los que ni siquiera van a la escuela, entre los que tenemos techo y los que con suerte duermen debajo de un puente, o en un banco del parque, amaneciendo con síntomas de hipotermia próximos a la expiración, si nos paramos a pensar en la enormidad de la riqueza de la que disponemos con el mero hecho de estar vivos y poder, comer, vestir, calzar, dormir, leer, hablar, soñar y respirar para contarlo, de no pertenecer a esos millones de personas a los que les acecha la auténtica pobreza, no la nuestra que es espiritual, sino la de verdad, la que no se explica que habrá hecho para merecer esto, repararíamos en la cantidad de cosas que se pueden hacer y lo poco necesario que resulta perder el sueño por que los números extraídos de un bombo coincidan con los del boleto que llevamos en el bolsillo y lo a gusto que se está sin ser uno de esos avaros de recalcitrante y deplorable egoísmo. Por eso detesto el poder del dinero, la corrupción del alma que su uso lleva implícita y el derroche de falta de sensibilidad y sentido común al que se está llegando. ¿Cuántos pobres hacen falta para sustentar los caprichos de un solo rico? 

viernes, 27 de julio de 2012

Once grandes años.






Querido Juan:

Te escribo desde muy lejos y desde muy cerca, desde las inmediaciones del agua y la sal que tan poco frecuento, desde la pantalla del ordenador de una biblioteca en la que dejo que mis dedos sean los encargados de darle rienda suelta a mis pensamientos que, aunque no lo creas, no se olvidan de tí, ni de tus cabreos cuando tu portátil no se ha quedado cargando por la noche, ni de las partidas de ajedrez en las que se adivina un futuro maestro ¿Te acuerdas?, claro, que lo más divertido frente al tablero es inventarse un juego diferente con las mismas piezas; la cuestión es crear, inventar, imaginar y concebirlo todo con un toque de originalidad, y cuando nos aburramos pues volvemos a lo de siempre, que eso no varía. Y desde aquí echo también en falta una peleilla contigo y que me digas que no te gusta que te llame Gormiti. Ya ves, Hace poco jugué un partido de Balónjhonny con unos amigos, y a medida que les iba explicando las reglas sentí que no salían de su asombro; no se lo habían pasado tan bien desde hacía mucho tiempo; y es que, como yo les dije, que la cabeza no está solo para llevar el sombrero, que hay que utilizar la imaginación, que el aburrimiento no lleva a ninguna parte y que con una pelota, un patio, un portón y un par de canalones haciendo de porterías, una escoba marcando la separación entre los dos campos, mucho ingenio y mucha chispa podríamos conseguir que este deporte llegase a ser olímpico; les informé de que de hecho existe ya un campeón del mundo que es mi sobrino Juan, que mañana !@#$%^&* once años y que es un crack en todo lo que se propone. porque eres un crack.

Sabes que tenemos pendiente el envío de un ramo de flores y unos versos, una de esas canciones que tú compones; cuenta conmigo, estoy deseando, yo haré de emisario como si no supiera nada, luego te contaré la cara de emoción que pone ella y el bien que le habremos hecho a la humanidad con tu gesto; porque no sé si sabrás que cuando yo tenía tu edad tenía el mismo buen gusto de enamorarme de las chicas que eran un par de años mayores que yo, y ahora me siento orgulloso de que esa delicadeza haya tenido su relevo en tus versos. Tengo ganas de uno de los trozos de pizza de los sábados acompañado de Miguel Hernández, Bergamín o Neruda, y de un brindis con el que, una vez alzadas las copas, se arlequine el cielo de la mesa con vino tinto y Fanta de naranja. Cómo me gusta escuchar las risas que brotan de tus lecturas y traspasan la puerta de tu cuarto, ese en el que un parque Jurásico y un mundo aparte repleto de fantasía le dan color al arco iris de tu inteligencia. Cada vez que ordeno mis lápices me acuerdo de los tuyos, y de tu cartera y de tus libros, y de tus gomas de borrar y del hueco en el que debajo de la escalera tienes tu oficina.

Imagino que ahora, durante las vacaciones de verano, andarás todos los días montando en bicicleta por esas parcelas que rodean tu casa, rigurosamente equipado con tu casco y tu botella de agua, ya que la previsión en tí se convierte en arte y oficio, y que  estarás echando de menos a Don Fernando y a algunos de tus amigos de la escuela; seguro que ya no se te resisten los largos de la piscina ni los misterios del buceo en las profundidades de tu curiosidad por adquirir nuevas habilidades. Nunca te lo he contado, pero si me hubieras visto el día de tu bautizo te habrías echado las manos a la cabeza o, conociendo tu rigor en determinados actos y ceremonias, hubieras sido el primero en echarme la bronca o, quién sabe, a lo mejor te hubieras hartado de reír; todo salió bien, pero he de confesarte que si llegué a tiempo fue porque tú me diste fuerzas para superar una monumental resaca provocada por la fiesta de la noche anterior con la que fui anticipándome a la celebración. Si hubieras visto la cara del cura cuando vió que solo le dí dos mil pesetas, que para mi eran una fortuna y para él una miseria; menos mal que anduvo al quite tu abuela Lucia enderezando el entuerto. Quién te iba a decir que te caería en suerte un padrino tan Quijote y tan yoquesé, vencido en más batallas que Aureliano el menor de los Buendía, y tan bohemio, pero cuento con la suerte de que me sabes llevar, de que, como los mejores amigos, me soportas con paciencia y eso me hace aprender mucho de ti. Entre tanto, y hasta que nos veamos, te deseo lo mejor. Espero que lo celebres por todo lo alto y que te tomes un trago de azucaradas burbujas a mi salud; yo lo haré por tí, y desde aquí me despido con unos versos medio prestados con los que mañana recordaré que en un lugar del mundo llamado "El sueño de la lagartija" estará teniendo lugar el importante acontecimiento de tu !@#$%^&*ños. FELICIDAES, CAMPEÓN!!!

Y no sé de qué forma adorarte
en mitad de estos peces de hielo,
cuando quemes tus naves
no me pierdas las llaves del cielo.


jueves, 26 de julio de 2012

El color de los días.







El domingo, los domingos se presentaban con un inusitado aire de libertad y dulzura, sobre todo en sus tardes. Se encontraban entre el azul y el blanco pero yo prefería otorgarles la claridad de este último. Había algo en ellos que me llamaba mucho la atención, y que aun ahora, después de muchos años, lo sigue haciendo, y es que notaba cierta tristeza anticipada en la mayoría de la gente por el mero hecho de que a la vuelta de la esquina se encontraba el lunes, el ritmo laboral, el acecho de la cara del jefe, la obligación impuesta, la dedicación no elegida y muchas otras cosas que imaginaba ser las causantes, y que por fortuna todavía no sufría, de ese leve malestar que impedía disfrutar al cien por cien de la blancura que yo le proporcionaba a los domingos y que parecía pertenecer solo a mi mundo, a la magia del mundo que hay detrás de cada niño. Para mí, aquellas tardes, eran como la premonición de un lienzo sin estrenar en el que al día siguiente se inauguraba una nueva semana, al que me gustaba darle también un matiz de claridad pero algo más ambarina; un amarillo claro con el que siempre identifiqué los lunes de mi infancia; un amarillo como el de la madera de los lápices, algo muy leve pero iniciático del suspense de lo que estaba por venir durante las próximas jornadas. Lo lunes siempre me acercaban a la reflexión sobre la abundancia de la infinidad del tiempo, en el que tantas y tan divertidas cosas hacía, que abarcaba la extensión de una vida entera.

Después de haber gastado muchas energías necesitaba un descanso cromático, el de los martes. Necesitaba meterme en un otoño de sueño en el que poder imaginarme una vela y una cabaña, un valle con niebla y una hoguera, un paradero lejano y sano en el que predominase el calor de una chimenea y la templanza de la dedicación sobre un dibujo o un ejercicio de lengua; para ello dotaba a mis martes de un marrón otoñal inspirado en las hojas de los árboles de una de las avenidas de mi pueblo; y todo se convertía, a pesar del torbellino de la realidad, en un remanso de nobleza y transparencia bajo el refugio de aquel color en el que mi fabulación se amparaba para retomarle el pulso a la paleta y convertir aquella misma madrugada en lo que caracterizaría al día siguiente: un fuerte destello de rojo nacido de la poesía acumulada por la nostalgia que había sido cultivada en el remanso del marrón de los martes; y nacían los miércoles encarnados y bermejos, fogueantes en mitad del siete, púrpuras y bermellones, cálidos y felices, miércoles dedicados y fieles a la libertad de la que yo creía ser dueño; miércoles carmesíes y escarlatas que aunaban la temperatura de sus semejantes y equilibraban el transcurrir del tiempo, por eso pensaba yo que se encontraban en medio.

Los prolegomenos del fin de semana y la celebración de la victoria de la existencia, más si cabe, tenían lugar cada jueves; sabían a paseo en bicicleta y a partido de fútbol, al juego de el escondite y de la gallina ciega, al de la lima, el arroz cocido y el de los cromos, a coloreados trompos y satinadas canicas, a ejercicios de cinco a seis de la tarde; todo, todo bañado, enfrascado, regado y empapado de naranja, como una bola uniformemente naranja, brillantemente naranja sin cesar; era el repetido homenaje a la suerte, la ventura y la prosperidad, al agradecimiento de pertenecer a ese planeta llamado infancia de cuyo tesoro me sentía consciente poseedor y no quería abandonar ni sospechar que nadie me pudiera robar. Aquel naranja surtía eficaz efecto en mi memoria, pues se trataba también de la preparación para los semanales exámenes de los viernes, y hacía afrontar las pruebas con el respaldo de la paleta de colores que me había estado acompañando durante los últimos días. Así venían los viernes, azules como la mañana clara y limpia de nubes, como el cielo del amanecer de quien lo tiene todo por delante, como el más puro espíritu de la belleza y fortaleza del cobalto, como el añil de las almas puras, como el índigo y el garzo, con mi inseparable manía de ir vestido completamente de azul aunque la ropa se encontrase húmeda, con mis libros debajo del brazo y con mis cuadernos azules para las redacciones.

La niñez no le da tregua a ninguno de sus días y siempre anda entretenida, viendo la manera de escapar del aburrimiento en el que parece que se encuentra convertido el universo de los mayores; y desde ese prisma había que colorear el sábado, ya que era la jornada en la que más posibilidades se tenia de contagiarse de las matemáticas de una serie de obligaciones que nada tenían que ver con la fantasía. De modo que las fuerzas se concentraban en el verde, en la esperanza, en la fragancia del brillo de la esmeralda, en el distraido roer un hueso de aceituna, en la frescura de un bosque, en la humedad de las hojas de una planta, en el rocío verde de la clorofila del despertarse un poco más tarde y alargar aquella sensación hacia la tarde y la noche y el sueño de la blancura del domingo engalanado y vestido de niño bueno; el domingo de los zapatos del domingo y el reloj de pulsera, el domingo de los cinco duros de golosinas y aquellas tardes claras con las que uno empezaba a tener constancia del aspecto cíclico de la vida. Nunca olvidaré el color de aquellos días.

miércoles, 25 de julio de 2012

Mi bala roja.





Conduzco desde hace más de veinte años, y de hecho es una de las cosas que más me gustan. Salir a la carretera, y si es con muchas curvas y el trazado es de montaña o similar, mejor, me ayuda a pensar de manera positiva. Abrir las ventanillas y escuchar música al mismo tiempo que el juego de marchas y velocidades, de frenadas y comedidas aceleraciones transcurre sobre el asfalto es una manera de pasear sentado. Si se hace con la suficiente calma da tiempo a contemplar, relativamente, el paisaje y a oler el aroma que desprende la vegetación por esos caminos en los que la espesura del bosque llega casi a anular la visión de la calzada si ésta quiere ser vista desde arriba. En ocasiones me pierdo, literalmente, cogiendo una dirección al azar en el primer cruce que me encuentro, y después otra en el siguiente. A veces me asalta la sensación de que ya había andado por estos lugares, en otros momentos pienso que en un breve espacio de tiempo, en unos minutos, llegaré a un pueblo o aldea que me conquistará, que me regalará poesía y vida y fotografías imborrables para el archivo de la memoria. Conducir es una manera, también, de sentirse libre, de desplazarte por el más allá que hay detrás del sofá y de la cama, de la esquina, la calle y el mercado, y de los más frecuentemente escuchados ruidos con los que no queda más remedio que convivir.

Cuando voy al volante, si me desplazo a lo largo de una autovía o de una autopista de pago, suelo ser adelantado, en ocasiones hasta por camiones y autobuses; esto no me pone de los nervios porque nunca voy con prisas, al menos al mando de mi bala roja, pero me sorprende la velocidad, la rapidez con la que se va de un lado a otro, la manera en la que se abordan determinadas maniobras y el poco miramiento que se tiene con los detalles de la conducción. Sin duda se trata de una más de las consecuencias del trajín y del modo de vida que llevamos sin saber a dónde nos dirigimos. Parece mentira que no nos paremos a pensar, en frío y en serio, en lo peligroso que puede llegar a resultar cualquier mínimo roce, las consecuencias que acarrea un golpe mal dado, aun a poca velocidad. Pero además de ir pensando en esto, también voy pensando en la fortuna que supone disponer de una auténtica máquina, que dentro de poco será mayor de edad, y que hoy ha pasado a la primera el anual examen de salud, previo pago de 42€ que no sé si es mucho o es poco, que los entrego de mala gana y pensando en los manguis de turno de cualquiera de los ministerios, al que se le somete para certificar que puede ser utilizada al menos durante doce meses más. Se ha portado fenomenal.

Hasta que dispuse de la bala todo el mundo me preguntaba que cuándo me iba a comprar un coche, y a partir del momento en el que me convertí en el Nelson Fittipaldi de mi auto ha cambiado el cariz de la cuestión; ahora la pregunta gira en torno a cuándo lo cambiaré. O sea que, tengas o no tengas coche, el caso es que la curiosidad está al quite de las dudas del vecino por ver qué es lo que pasa con tu situación como chofer propietario. Porque puedes no tener casa, ni mujer, ni novia ni hijos, puedes no tener trabajo, ni tabaco, ni pelo, ni maleta ni sombrero; puedes ser un gilipollas o un lumbreras, lo que quieras, pero no puedes ir por la vida sin tener un coche; parece que esta ha sido una de las obsesiones más generalizadas entre las dos generaciones posteriores al paseo con los pies por delante de Francisco Caracorneta. Pero mi bala roja se resiste; no ha podido con ella ni un exhaustivo control de gases, que me han hecho, ante la incredulidad de los técnicos, repetir hasta en tres ocasiones, hasta que uno de los mecánicos ha acabado por decir: no, si es que estos cacharros han salido muy buenos. Menos mal que han salido buenos, porque entre esto y los posteriores test de frenos y amortiguación, en los que en lugar de en mi coche creía que iba en un barco sobre alta mar, un poco más y tengo que llamar a la grúa para que me lo retirasen del lugar al que había venido a dármelas de saber lo que tengo. Después he vuelto a casa por el camino más largo, como me gusta hacer cuando tengo tiempo, para que no me asediasen las supersónicas pasadas de los Schumacher de la zona, y entre curva y curva he ido celebrando con mi bala un año más de compañía y de pacífica conducción por los cruces de caminos de la vida.

lunes, 23 de julio de 2012

Cinismo publicitario.






Se nos va de las manos el asunto, y de que manera, a costa de vender, de vendernos, a costa de no mirar hacia ningún lado. Ancha es Castilla, el que no corre vuela y en años de malas cosechas hasta los machos se ordeñan. Dudo que la vaca de una de las multinacionales, de la que podemos sospechar que tiene parte del poder de entre aquellos que parten y reparten y se quedan con mucho del pastel, ande en la cuerda floja de las ventas y el consumo cuando se trata del bálsamo con el que se regocijan las gargantas sedientas de la tribu en bañador, y en albornoz de dandy intelectual que necesita un trago para sus pasiones por la vida, y mejunje que envuelve los etanoles de los rones que andaron en barrica sin que se les pasara por el alambique que algún día caerían tan bajo. Hoy la sed no se sacia con agua, casi o al menos, en esta parte de occidente, en cualquiera de los occidentes en los que se está perdiendo mas el sur que el norte, que en esto son todos iguales, los o/accidentes. Hoy la sed se sacia con Coca Cola.

 Dicen, los mayores, la gente que vio aparecer los primeros envases de la mítica bebida, que un par de tragos te quitaban el sueño para todo el día, pero de la de antes, chaval, de la que llegó a venderse en farmacias. Nunca he creído del todo en esto último pero siempre me ha resultado curioso, como aquella otra leyenda en la que se aseguraba, y se sigue haciendo, que un tornillo oxidado radiaba a la mañana siguiente tras haber pasado la noche sumergido en la pócima del sello americano. El caso es que desde la aparición del carbónico líquido negro al que nos referimos la cosa no ha parado, todo ha sido un éxito. Las campañas publicitarias, los anuncios de televisión, las gestiones de marketing de la compañía han sido deslumbrantes. No existía un lugar en el mundo de mi niñez, que cabía en unas cuantas calles de un pueblo de Jaén al que llegaban sacos cargados de imaginación para que pudiéramos crecer, antes de ayer, en el que el lema del refresco no fuera conocido, que no se cantara, ni chicas ni chicos que no tratasen de imitar tumbados en la arena el emblemático trago largo al que un joven sometía a su esó !@#$%^&* ante la admiración de todos. No veas, a mí pronto me empieza a picar la garganta. Todo contrastaba mucho con aquel otro anuncio de una marca de café en el que una después almodovariana actriz nos dejaba caer aquello de "tacita a tacita" para darnos a entender que la pela es la pela. Eso iba más con la costumbre del pan en la talega de tela, el sifón, la bocina del lechero, el poncho al más puro estilo Blimunda y la catástrofe económica de que a uno de tus hermanos se le rompieran las gafas. Pero el sueño, la trampa, la ratonera, se nos vendía al son con el que ya muchos se frotaban hace años las manos, cuando en los guateques de al otro lado del atlántico además de mirarse la gente se tocaba, con la ingente cantidad de dolares con la que enseñarnos sus relucientes dientes blancos de imperialistas modélicas bestias.

Bueno, pues parece que ahora se quieren, pseudoempáticamente, alistar en el pelotón de los pobres, meterse en la cartera del obrero, quitarle las telarañas a la ruina del bolsillo de la cesta de la compra, y con cara de niños buenos, con voz en este caso, emitir un anuncio que cuando menos resulta insultante. Viene a decir, en boca de un supuesto ciudadano de a pie, cuyo rumbo se adivina completamente perdido, algo así como que con un euro en el bolsillo uno se encuentra más tirado que una maleta en mitad de la Gran vía, que no se tiene ni para un billete de metro, que uno es un indefenso, una moñiga despoblada de ánimo, un tísico, pero que no todo puede darse por perdido ya que con un euro en el bolsillo ahora podrás obtener dos litros del susodicho desengrasante. En la cara. Pobre diablo, no sufras, hoy el día lo tienes salvado y retomado tu rumbo gracias a nuestra comprensión en torno a todo lo que sacude la crisis, y hemos decidido darte la oportunidad de que pases de todo menos de la Coca Cola, porque somos tan buenos y tan caritativos, y tenemos las uñas tan bien afiladas, que hemos pensado, por encima de todo, en tí. Y tan por encima. Habrase visto cinismo más descarado y menos familiarizado con los escrúpulos, habrase denostado tanto un euro, con lo que cuesta ganarlo, como para que ahora vengan estos idealistas de la fantasía aburguesada a vendernos la moto con cara de... con cara de cemento. Blas, ponme una Cruzcampo.

domingo, 22 de julio de 2012

Los que saben escuchar.





No son demasiado frecuentes las escenas que nos brinda la realidad en las que se pueda ver a un grupo, más o menos numeroso, de personas contagiadas por el encanto de una estrofa, en un momento divino y quieto que uno quisiera que durase mucho, que no terminara porque en él se encuentra la magia del contacto, del estar todos de acuerdo, de utilizar la armonía para sacudirnos las pulgas del día coreando unos versos sobre el diapasón de una orquesta, de un trio en este caso, formado por dos guitarristas, uno de los cuales es la voz principal y el otro un auténtico maestro del compás y del aquí estamos para lo que nos echen, y por un percursionista que se limita a hacer sonar una caja de forma que puedan ser escuchados todos los sonidos que sea capaz de emitir una batería. No son demasiado frecuentes pero existen, como lo demuestra la capacidad de transmisión de estos creadores de sentimientos a base de blues, que descubrí hace un par de noches, cuyo nombre desconozco, que se encargan de hacer la vida vivible, destejiendo la telaraña de la desidia en las semioscuridades de la madrugada, apareciendo ante nuestros ojos como la oportunidad que no puede ser perdida ni sacrificada a costa de volver a invertir el tiempo dándole más vueltas a la monótona historia de la crisis de la cual nosotros somos carne de cañón y reguero de hormigas. Existen ocasiones en los que el cuerpo y el alma necesitan desligarse, salir del entorno más cercano, ese en el que el caldo de cultivo es la queja y la agonía, el sarcasmo y la congoja por todo lo que nos molesta, que entre lo útil y lo inútil acaba por abarcar buena parte de nuestro espacio y por condensar en exceso el aire que respiramos; y para ello nada mejor que la música. Ya no es que amanse a las fieras, es que recoge, abraza, dialoga, acelera el pensamiento positivo, activa el cerebro, invita a la esperanza.

Siempre he admirado a esos artistas de la calle que se ganan la vida tocando sobre el asfalto, en la esquina de la catedral o en el soportal, en la plaza o en los bancos del parque. Hay en ellos un barniz de universidad, una maestría de quienes saben cómo parar el tiempo y sostenerlo en un instante de cálido hielo. En verano es frecuente ver, en los pueblos costeros, a pequeñas formaciones actuando cada noche en bares o en ese tipo de lugares que parecen tener un especial poder de congregación, por los que pasa el turista viéndose obsequiado por la escultura del decibelio comedido y pautado. El músico ve pasar la vida delante suya y le pone banda sonora. Siempre pensamos que somos nosotros los que lo miran y observan, los que se detienen a ver como se desenvuelve y nos deleita, pero es el músico el que nos ve a nosotros como piezas de lo que existe más allá de la frontera en la que él se encuentra, en esa burbuja de blancas, negras, fusas, semifusas, corcheas y semicorcheas que son su idioma, su internacional lengua con la que podrá entenderse con cualquiera de sus semejantes allá donde vaya, porque la música arropa e induce a vivir y a entenderse. y así el músico le va poniendo sonido a lo que contempla, de ahí el énfasis con el que, dependiendo de su estado de ánimo, afronta sus interpretaciones, porque somos nosotros, los espectadores de este lado, en función del espectáculo que le estemos ofreciendo, los que hacemos que brote con más o menos fuerza el agua de ese manantial de sabiduría.

Algo parecido sucede con el trio anteriormente apuntado, solo que ellos saben muy bien como desligarse de los atisbos de monotonía y se encargan de inmediato de ponerse manos a la obra de la ebullición de las buenas ondas. Con ejemplos de este tipo es palpable que la belleza se encuentra en cualquier rincón, en la vida misma que más allá de los gestos se instaura en los sonidos para ofrecernos una medida contra el hambre del espíritu y convencernos de que con una sola nota, bien acompasada, son capaces de unirse muchos corazones en un solo canto, que trascendiendo cualquier tipo de reivindicación, se acoplan a la sustancia de la arquitectura de lo esencialmente bueno: la silenciosa convivencia de los que saben escuchar.

sábado, 21 de julio de 2012

Lecturas de verano.







Dice Muñoz Molina que lo bueno del verano es que suprime por completo la actualidad literaria, de modo que a las personas a las que le gusta la literatura se pueden dedicar a leerla o escribirla, tranquilamente, sin tener que mantenerse al tanto de las novedades ni del circo de las ferias. También nos dice que cuando ni la cabeza ni la biblioteca se tienen muy bien organizadas, las lecturas suelen seguir un ritmo sinuoso, hecho sobre todo de quiebros y de casualidades, de antojos o de encuentros no premeditados; como no premeditados han sido los encuentros que estoy teniendo este verano, debido al desorden de mi biblioteca y al desbarajuste del interior de mi sesera y, también y de paso, porque no suelo tener demasiado en cuenta, o al menos no me dejo la piel en el intento, todo lo que ofrece el mercado literario, siguiendo al dedillo las entregas más novedosas, a excepción de alguna que otra ilustre pluma con la que se me ensancha el alma, como es el caso del mencionado Muñoz Molina, guiándome, generalmente, por un instinto de necesidad sobre algún autor o tema en concreto, o por las pertinentes recomendaciones que me hacen las personas que más me conocen.

Así pues este verano, en el que estoy teniendo más tiempo libre del que en un principio había pensado, paseando entre la estanterías de la biblioteca municipal he ido tomando, de aquí y de allá, alguna que otra lectura con la inesperada suerte de haber acertado en casi todas ellas hasta el momento, sin tener que recurrir a aquello que Andrés Trapiello nos dice cuando comenta que "libro que no has de leer, déjalo correr", aludiendo a que existen tantos miles y miles de interesantes lecturas que no hay por qué obcecarse en comerse, estoicamente y con patatas, ninguna de ellas. De modo que entre una y otra cosa ha caído en mis manos "La sonrisa del vagabundo" de Javier Ortega, basada en la vida de Charles Chaplin, con la que, además de aprender muchas cosas sobre los comienzos del séptimo arte, he recorrido parte del siglo XX entre Londres y Hollywood acabando en Ginebra. Casi al mismo tiempo, alternándola con la anterior, aterrizó en mis dedos una biografía de Miguel Hernandez, de Federico Bravo Morata, en la que se da fe del sufrimiento y del arte, de la inspiración en la naturaleza y de la rebosante sensibilidad, del compromiso y el denuedo con los que Miguel Hernandez afronta las vicisitudes de su vida y las convierte en obra de arte y ejemplo de sobresaliente humanidad. Bravo Morata intercala, a medida que avanza la obra, versos, cartas y artículos del poeta de Orihuela en un espléndido ejercicio de sinopsis y seguimiento de la figura de quien es uno de los máximos exponentes de la literatura del siglo pasado.

Y como leer varias cosas al mismo tiempo siempre es un buen ejercicio para poder encontrar relaciones temporales, y de cualquier tipo, me he aventurado a echarle una ojeada, de vez en cuando y siguiendo con las biografías, a una obra de Jean Gustave Marie Le Clezio, Nobel en 2008, en torno a Frida Kahlo y Diego Rivera, en la que uno sale enfrascado del revolucionario ambiente cultural del México durante la época de estos dos iconos de la pintura universal de los últimos cien años; todo un descubrimiento con el que poder soportar mejor la calores, o el calor, o la calor. También está habiendo lugar para un par de trabajos firmados por el siempre oportuno Francisco Umbral, "Las ninfas", novela ganadora del premio Nadal en 1975 y que leída hoy parece haber sido escrita ayer mismo, en la que se atisba un autobiográfico aire por las inmediaciones de la pubertad y primera juventud de Umbral; y "Las palabras de la tribu", en la que se expone, en ocasiones con la sorna y el descaro propios del autor, la opinión de éste con respecto a la mayoría de las figuras literarias que, desde la generación del 27 hasta casi nuestros días, nos ha ofrecido la lengua castellana.

Pero pensándolo bien, también existen las lecturas del otoño, de la primavera y del invierno; las lecturas de la tarde, de la mañana y de la noche, las lecturas del autobús y del metro, de la espera en la cola del banco y las del periódico en el bar de la esquina. Existen las lecturas, existe la lectura sin la que la vida sería menos vida, sin la que quedaría incompleta, coja, desvalida, poca cosa; y como no pretendo que este verano enfrascado por la crisis desordene mi biblioteca a su manera, he decidido hacerlo yo a la mía con este batiburrillo de autores y de estilos en los que me estoy bañando a diario.

viernes, 20 de julio de 2012

El suelo que pisamos.






Nunca sabe uno cuales habrán sido los sucesos más importantes que hayan tenido lugar en las viviendas por las que ha ido pasando en su deambular por el mundo. Antes de que mis huesos habitasen cualquiera de los apartamentos en los que durante una temporada reposó mi cuerpo sobre una cama y mis antebrazos adoptaron la postura más cómoda para instalarse en el confort de la lectura, hubo otras personas que llevaron a cabo sus actos más cotidianos en el mismo lugar en el que, por ejemplo, ahora mismo me encuentro; comer, dormir, entablar una conversación telefónica, llenar y vaciar la lavadora, conectar el microondas o preparar el café, fregar los platos y hacerle una lazada a la bolsa de la basura, mirarse en el espejo del baño para reconocerse después de una descomunal resaca y caminar por unas habitaciones compartidas por el pasado y el futuro de todos cuantos hayan transitado por aquí o vayan a hacerlo. Existe una primera sensación en el momento en el que un agente comercial o un propietario nos muestra, con un discurso en el que todo son ventajas, la casa o piso que trata de alquilarnos; y a esa sensación, en función de las posibilidades, unas veces se le hace más caso que otras, pero existe y parece como que por un instante las paredes nos hablaran y nos resumieran parte de lo acontecido con anterioridad; sobre todo las paredes, las esquinas de los techos y los filos de las puertas de madera, zonas en las que son palpables las emociones, en las que se nos declara un tiempo anterior limpio y esperanzador dándonos cuenta de la inspiración que allí se encontró y será encontrada o, en cambio, se nos transmite algo negro y empapado como por una niebla de turbio pasado que nos induce a pensar que el resquemor de la mala conciencia y la mezquindad del pensamiento han podido compartir estancia con los antiguos inquilinos.

Son muchas las cábalas que nuestra imaginación puede hacerse al respecto. Del mismo modo nos podemos llegar a imaginar que algún día nos gustaría pasear por las inmediaciones de cada uno de los hogares en los que anduvimos refugiados, como en un viaje en el que se escribieran unas memorias basadas en el recordado aspecto de sus fachadas en sintonía con el que ahora ostentan, firmando los itinerantes capítulos de parte de nuestra historia personal. Depende de cual de ellos se trate nos podría llegar a dar miedo o mucho respeto una visita a sus interiores, en los que un día dejamos parte de nuestra tristeza o más rebosante alegría, y no seríamos capaces, con tal de no ver desbrozado el dulce preterito con imágenes que no se nos hubiesen pasado jamás por la cabeza, de poner un pie en el interior ya que nos resistimos a abandonar el memorable recuerdo en el que para siempre quedaron en nuestra mente irrepetibles fotogramas de nuestra existencia. Eso suele pasar con los lugares de la infancia, con las primeras casas familiares, con las primeras aulas del colegio o parcelas de un campo cuya alusión nos evoca un bosque animado por el más gratificante de los sueños. Cuestión de sensibilidad.

Pero a lo que dudo que pueda resistir el corazón y el ánimo de cualquier vecino es a que le digan que en el interior del armario empotrado de su dormitorio, en el que ahora se encuentra ordenada y bien planchada su ropa, hace diecisiete años estuvo encerrado un ser humano de carne y hueso a consecuencia de la manera de comunicarse de unos cuantos vándalos que mostraron su inconformismo llevando a cabo el secuestro de Publio Cordón. Atado con cadenas sufrió la inquina y la humillación durante más de dos semanas en ese habitáculo de tan reducidas dimensiones, sufriendo la metralla de la extorsión y la tortura, en la oscuridad de las tinieblas de un apartamento de Lyon del que hoy sabemos ser la sede de semejante atrocidad. Han hecho falta más de tres lustros para que sean averiguados los pormenores de aquel suceso, para que sean identificados los energúmenos que con su hazaña le brindaron tan brillante ejemplo a la ciudadanía en una época en la que ya parecía que habíamos conseguido algo, si: ser más cafres y cobardes. Hoy, tal vez la familia que habita ese apartamento de Lyon ha podido dar respuesta a alguna de las voces que eran escuchadas y a las que siempre se les ponía la escusa del roce del viento en la barandilla del balcón; hoy más que nunca me he parado a pensar en lo poco que sabemos del suelo que pisamos y en la cantidad de peripecias habidas y por haber en cualquiera de las esquinas en las que se sellaron los más apasionados besos de nuestra adoslescencia tras los que posiblemente vinieran a hacer una visita los fantasmas de la muerte.

miércoles, 18 de julio de 2012

Un auténtico ejemplo.







Ante el arrasador panorama de contrabando y estafas en forma de subida de impuestos y resoluciones que tratan de salir del paso llenándose los bolsillos, o llamándoselos a los de siempre, y dejando cada vez más vacíos los del ciudadano de a pie, de ese que sustenta la base del consumo con la compra de su barra de pan y su cuarto de mortadela, uno siente la perplejidad y el alborozo de sentirse mejor persona gracias a un gesto, ya no digo que infrecuente, sino arrolladoramente generoso y humano, cívico y enfrascado de empatía hacía quienes sufrimos las consecuencias de este callejón sin salida, de la protagonista del suceso más importante de los últimos días, con diferencia, por mucho que de lo único que se hable en la radio, medio a través del cual me enteré de lo sucedido, sea de los recientes fichajes, de las olimpiadas, del Tour de Francia y de los insultos y desaprobaciones que los cicerones del congreso se dedican los unos a los otros para instaurar en el cinismo y el tirachinas las bases de sus descalabrados discursos carentes de métrica moral.

Sucedió ayer en Sevilla, a esas horas, que por está época del año lo son todas en aquella zona, en las que la calina hace mella hasta en los organismos más resistentes, cosa que aún le da más mérito al asunto porque resulta casi inexplicable, con lo que está cayendo, que un ama de casa, una ciudadana que traería un litro de leche, dos kilos de boquerones y una bolsa de picos en su carrito de la compra, por poner un ejemplo, se encontrase en mitad de la calle un sobre dentro del cual había 6000 € y en lo primero que se parara a pensar fuese en todas esas personas que lo estamos pasando canutas y en que tal vez el desdichado sujeto objeto de la pérdida de dicho sobre se podría encontrar en estos momentos a la espera de que finalicen las obras del edificio de Cajasol, afeando y apenando la vista que de Triana se tiene desde la otra orilla del paseo de las Delicias, para tirarse desde arriba y olvidarse del mundo. Y, ni corta ni perezosa, hizo entrega a la policía de dicho sobre con la certeza de que a alguien le haría más falta que a ella y de que si uno ha de poseer algo lo mejor es que haya sido conseguido con la dignidad que escasea entre los que pretenden convertirse en claros ejemplos a no seguir.

Pero de esto se habló unos minutos y casi con el énfasis sensacionalista que se le suele dar a los noticiarios en algunas cadenas de televisión, casi en todas. Lo típico, para echarse las manos a la cabeza, hay que ver, todavía quedan buenas personas, señora, dígame qué fue lo primero que pensó; y después las declaraciones del director del cuerpo de seguridad encargado de recibir el susodicho paquete, con el mismo ritual aprendido de memoria que se suele escuchar cada vez que se procede a la descripción de una maniobra realizada por más de dos hombres encargados de señalar el camino hacía el cuartel a aquellos que acaban de llegar medio muertos tras el calvario de doce días sobre una patera. Pero en las posteriores tertulias del día, que cada vez son más cómodas y menos instructivas, en las que participan personajes de lo que se entiende por cultura, tampoco se le hizo demasiado caso a lo sucedido; y no me dirán que el tema no es para pararse a reflexionar y reparar en la transcendencia de auténticos ejemplos como el de el hecho que tuvo lugar ayer en Sevilla; pero los medios, que deben ser los primeros encargados y comprometidos con la transparencia, tienen tantas cosas con las que desviar la atención que la gazmoñería se cotiza más que la honradez y, no digamos, que la libertad de expresión con la que se fastidian los planes del pasteleo ordinario en el que se rebozan las desgracias y el morbo es la sal y la pimienta de la información. Tal vez esta señora, con esos principios tan bien asentados, no necesite que nadie le guíe ni le diga cómo se ha de comportar para sentirse, además de un auténtico ejemplo, una auténtica ciudadana.

martes, 17 de julio de 2012

El pintor de botellas.






Cada mañana ejercía con rigor su ensayo sobre una nueva figura con la instintiva naturalidad con la que se llevan a cabo los actos más cotidianos. Se acercaba a su figura favorita como a un ser querido, como a su ser más querido. El contorno de la misma salía de la mano con la inercia propia de quien lo ha ejecutado miles de veces, aunque todas distintas por vocación y convicción, y en el interior de cada una de ellas depositaba un trozo de su existencia, un latido, un suspiro de satisfacción, un mensaje de esperanza. La dedicación era absoluta en torno a la silueta elegida para conformar, desde un inexacto punto de fuga tras el que generalmente colocaba un sol o una luna, un fogonazo de luz, un estallido cromático en el que los ojos encontrasen un aliado de la alegría, un paisaje material con vida propia. Los pasteles convivían ordenados, en viejas cajas de madera que en otros tiempos albergaron habanos, hasta que uno a uno iban saliendo a la escena para mezclarse en una anarquía sobre la que volaba la imaginación olvidándose del planeta, aislándose del mundanal ruido, escapando de la adversidad del simplismo de las lupas de las cucarachas, sumergiéndose en el incontrolado aliento de la inspiración rodeado de la música clásica del silencio.

El café y las musas del tabaco mezclado con hachís, la luz por la ventana; una mancha de humedad en la que adivinaba algo parecido a lo que andaba buscando, como en esa investigación del autista que ve un mapa de Europa en una pared desconchada. El ensimismamiento sobre las ideas de los particulares cánones de belleza en los que se encerraba día y noche sin querer salir de allí, sin proponerse conocer nada más que aquella locura. La levedad de la sonrisa satisfecha de una sombra con la que la iluminación ahora era perfecta. Todo empezaba y terminaba en esa habitación en la que cabía un universo de ceras, acuarelas y pinceles, de difuminos, algodones y carbones, de partituras de la magia del sonido de una punta arrastrándose sobre una lámina que gemía de placer al sentirse habitada por un huracán de sensibilidad y de ternura. Todo un mundo poblado por trozos de lija, papeles de seda y bocetos de las diferentes posibilidades, por cartulinas y barras de pegamento para el auxilio del collage, por la burbuja del placer de la creación de lo que nunca ha sido visto sino en sueños, en esos paseos por las calles de la fabulación aderezada con cansancio.

Miraba las obras una y otra vez, de lejos y de cerca, desde todos los ángulos del cuarto, y se decía a sí mismo que podría quedarse así, ni una pincelada más. Llamaron a la puerta pero nadie contestó, nadie dijo ya voy, no se oyeron pasos, solo un sosiego cargado de misterio; solo el vuelo de una mariposa posada sobre una vela, más allá de un rayo de luz procedente del amor, y tras mucho mirar, tras mucho buscar algún rastro suyo lo encontraron en el interior de una botella, refugiándose en un sueño con el que mañana volver a crear un mundo nuevo.


lunes, 16 de julio de 2012

Una mirada triste y lúcida.






Tengo entre las manos un libro de Andrés Sorel sobre la vida y obra de José Saramago; uno de esos libros a los que de vez en cuando se le hace caso pero de una manera poco constante, a pesar de no dejar de rondarte en la cabeza la idea de la dedicación de unos minutos a algo que, de antemano, sabes que te interesará. De tarde en tarde he ido ojeándolo y extrayendo más ideas e información a cerca del autor portugués, que tanta admiración me causa, oscilando entre las lecturas de unos cuantos párrafos a las aberturas del ejemplar por cualquiera de sus página para recrearme algo más de media hora en cada uno de sus hallazgos tras los que quedo boquiabierto; pero, desde que lo adquirí, el pasado mes de Diciembre, como digo, me ha ido acompañando, como una mascota cariñosa y fiel que lo da todo sin exigir nada a cambio, hasta que ha llegado el momento, parece ser, en el que ya no hay tregua posible y, sin haber finalizado la lectura del mismo, ando, vuelvo a estar, enfrascado del aire fresco en contra de todo lo que tenga que ver con la compra-venta de los sentimientos a la que nos tiene sometidos el imperante capitalismo autoritario del que ya parece que no hay quien se desprenda. Si las palabras de Saramago suelen ser claras como el agua cada vez que explica/ba los porqués de la situación en la que nos encontramos, no menos cristalinos son los comentarios de Andrés Sorel en cada uno de los capítulos que le dedica a la descripción de los lugares en los que se centran los argumentos de las obras del premio Nobel y las ilustraciones de las piedras angulares de la filosofía, la de ser buena, consciente, íntegra y comprometida persona, de José Saramago.

La primera vez que tuve la suerte de leer una obra de Saramago fue por recomendación de un amigo cuya madre le había metido el gusanillo dentro de la inquietud por abrir un poco los ojos, hará unos dieciséis años, animándole a leer al autor portugués. Recuerdo la emoción con la que Gonzalo Jurado me invitaba a que intentara hacerme con un ejemplar de "Ensayo sobre la ceguera". Lo leí en dos o tres sesiones, en uno de los cuartos de un piso alquilado para estudiantes en la calle Acetres de Sevilla. Desde aquella experiencia no he tenido referente más claro para darle respuesta a las incongruencias que nos rodean. Después vinieron "Memorial del convento", "Levantado del suelo", "Todos los nombres", "La balsa de piedra", "Las intermitencias de la muerte", "Ensayo sobre la lucidez", "El año de la muerte de Ricardo Reis", "Las pequeñas memorias", "Viaje a Portugal", y creo que casi la totalidad de su obra, incluido algún libro en el que se recogen los artículos escritos en un periódico de Portugal en aquellos años precedentes a la revolución de los claveles, en los que sufrió censura y persecución. Nunca faltaba un libro de Saramago dentro de mis elegidos para las paradas de metro o esperas de aeropuerto, para la sensación de fortuna que siente el lector al encontrarse acompañado de la letra impresa en los andenes de una estación de autobuses junto a ese hábito de no querer desprenderse de las breves genialidades encontradas en cualquier linea. Y es que para leer a saramago hace falta disponer de un lápiz con el que atrapar la inmensidad de lo que parecen proverbios resplandecientemente sabios.

No sé si todos los que defienden a capa y espada las actuales manifestaciones de la indignación son conscientes de que lo que se traen entre manos tiene su semilla en el pensamiento saramaguiano. Es colosal e imponente el epitafio con el que deseaba que fuese coronada su tumba: "Aquí yace indignado, fulano de tal". Se lo oí a Fernando Gómez Aguilera en una conferencia/presentación de "José saramago en sus palabras" que tuvo lugar en Santander. Y entre estos recuerdos más cercanos, la lectura de Andrés Sorel que ahora me espera en casa y aquella primera vez que me adentré en la verdad sin limitaciones cargada de elegancia intelectual y solidaria se expande la idea con la que al menos uno no se encuentra solo del todo y aspira a llegar al final de sus días, y al transcurrir de todos los que le quedan, con la certeza puesta en la construcción de la integridad personal como mejor de las maneras para sentirse digno de llamarse humano. Gracias, José, gracias, hermano.

domingo, 15 de julio de 2012

Caminar sentado.





Hoy, mientras desayunaba, he reparado en el relativo ordenado embrollo en el que se encontraba la tabla con cuatro patas sobre la que voy dejando las cosas que saco de los bolsillos al llegar a casa; minucias, papeles y papel de fumar, notas, algún lápiz o bolígrafo, un encendedor que no es mío, un arrugado paquete de Samson, monedas de céntimo y compañías por el estilo que se reparten aquel espacio y campan a sus anchas por la llanura cuadrada del pseudoescritorio. Veo como uno de los papeles corresponde a las anotaciones, que hice hace unos días en el bar de Blas, de las que luego salió una entrada dedicada a un loco marinero del que todos se burlaban y acabó volándose la tapa de los sesos en la esquina más cercana. Veo también unos versos de ilegible caligrafía que si mal no recuerdo corresponden a las postrimerías de la borrachera con la que celebré, hace a penas una semana, que no volveré a verle la cara al jefe que me había tocado en suerte soportar, ese que se las daba de amigo, por estos lares costeros del sur. Veo una agenda que pertenece a esos tiempos de gloria en los que te prometes que a partir de hoy todo estará bajo control y finalmente a lo más que llegas, y con un poco de suerte, es a un perfecto desorden en el que reina la paz de tu guerra interna y nada es milagrosamente dado por perdido.

 Como uno no vive en la mansión sin papeles de Bill Gates, que costó 5000 millones de dólares, goza de los beneficios de esa libertad que los pobres les damos a las cosas con la que resulta mucho más fácil encontrar cualquier objeto del cual se desconoce su procedencia y que inesperadamente se convierte en algo necesario; la razón sencillamente es porque se encuentra ahí encima, y ahí, como en el interior de un cajón, se podría tirar años si mi vida no fuera tan desperdigada e itinerante. Y envuelto en esa dulce dedicación del  epílogo del desayuno que es el primer cigarrillo del día, con la lucidez propia del café recién tomado, me he propuesto caminar sentado y pensar un poco en todo lo que me rodea, cayendo en el incómodo pensamiento de la selección que se encuentra por venir en breve, reparando en que, por ejemplo, mi despertador lleva conmigo veinte años; o sea, más de la mitad de mi vida, o lamentándome del estado de una maleta cuya edad se aproxima a los quince, y de la cual se encuentra tan enfrascado mi pasado como soldado mi presente, y en estos momentos soporta el peso de una minicadena de reciente adquisición, matrimonio que de por sí augura un caminar juntas. Si dirijo la mirada hacia la estantería de los libros puedo observar el lomo de un Robinson Urbano de Muñoz Molina, que siempre he preferido leer en autobuses, metros, trenes o tranvías, en vagones, como si hubiese lugar para el fetichismo, que lo hay, a la hora de elegir los lugares en los que separarse del mundo y bucear por la lectura. Veo también los Cien años de soledad, de García Márquez, en una edición de Cátedra que requise de la casa de mi familia, hace unos diez años, antes de que fuera poco frecuente que me volvieran a ver el pelo a menudo, y a la que cada vez que regreso siento la tentación de llevarme, esta vez prestado, cualquiera de los ejemplares pertenecientes a la biblioteca de plata del Círculo de lectores basada en las mejores novelas del siglo XX, magnificamente prologadas por Mario Vargas Llosa, de la que ahora se aprecian Santuario, de Faulkner, El tambor de Hojalata, de Grass, y Muerte en Venecia, de Mann, junto a otro puñado de novelas y libros de consulta que se han negado a abandonarme y con los que ahora, en este momento quieto del desayuno, paseo sentado porque en la calle hace demasiado ruido y demasiado calor, y si me da por dar un garbeo corro el riesgo de acabar en la carajillesca tertulia del bar más cercano a la biblioteca. Así es que esta mañana me ha dado por caminar sentado, y me ha beneficiado mucho el ejercicio.

sábado, 14 de julio de 2012

El precio de la libertad.






Buscaba algo que llevarse a la boca, cualquier cosa que pudiera aprovechar para levantar el ánimo y ahullentar el infernal aliento de la inanición que marcaba fuerte el paso sobre la nuca. Revolvía todo aquello que encontraba con el único afán del  posible descubrimiento de cuanto se encuentra en la frontera de la descomposición o en compañía de lo descompuesto. Una bolsa de plástico y otra más dentro de las que tal vez alguien, con un poco de indiferente mimo, hubiera tenido el detalle de no desmejorar demasiado la presentación de un apetitoso trozo de carne al que acudirían en breve los gusanos. A tientas y desde el exterior, asomado, examinaba lo que percibía su tacto, casi a ciegas, adivinando en una especie de Braille todo lo que tocaba para descartar o dar por bueno el hallazgo de las suposiciones de su tiento. Luego, llegado el momento en el que la superficie ya no daba para más, había que intentarlo en el interior, en las profundidades, donde a pesar de no ser tan recientes se encontraban ejemplares con los que salir del paso. Menos da una piedra se decía siempre que, aunque no se tratara de una gran adquisición, se encontraba cualquier viscosidad parecida a lo deseado, cualquier pedazo de pan empapado en la sangrienta crueldad del despilfarro y el arrollador sentido de la desmesura por la justicia/injusticia. Los versos afloraban en su mente con la naturalidad con la que su memoria, siempre atenta, ejercía de anfitriona de los archivos del recuerdo. El hedor era una coma, las cucarachas alguna cita, el camión de la basura el tío del saco con el que había que tener cuidado.

 A esas horas normalmente nadie podía verle, tal vez algún transeúnte despistado o algún trasnochador solitario que vagara por las calles con la esperanza de encontrar un bar abierto en el sitio menos pensado y, mientras en el fondo de ese mar de objetos perdidos unos ojos a oscuras tentaban a la suerte con el olfato, orinaba y escupía la saliva recalentada por el aliento embadurnado de tabaco sin imaginar que muy cerca de él se encontraba un explorador de los abismos de la pobreza, un cerebro despierto que años más tarde no podría borrar de su pensamiento estos paseos por las cavernas de la indigencia más precaria mientras sus dedos rozaban un papel en el que aparecía su nombre. Tal vez aquel miembro del jurado hubiera paseado por sus malolientes cercanías en alguna ocasión; tal vez nunca habría lugar para poner las cosas en su sitio, para equiparar el sufrimiento con un galardón, para hacer como que no había pasado nada más que un cúmulo de versos sacados de las raíces del abatimiento. Tal vez nadie podía imaginar lo difícil que le estaba resultando caminar a lo largo de aquella alfombra roja sin desprenderse del resquemor de la pesadilla, de lo caro que es el precio de la libertad para que ahora vengan unos cuantos dando palmaditas en el hombro e insípidos apretones de manos; tal vez lo mejor sería continuar escribiendo.

viernes, 13 de julio de 2012

Qué bajo hemos caído.




No dejo de preguntarme, a medida que camino, por la gran cantidad de cosas que nos dificultan y nos enredan la tranquilidad transformándola en una continua preocupación por no perder algo; me pregunto por el basto y abigarrado conjunto de papeles y números con los que se nos controla hallando solo respuestas de alteración del orden del alma. Todo se encuentra registrado en alguna parte, todo nos mantiene atados a la memorización de determinadas contraseñas. Desde la cuenta de correo electrónico hasta la tarjeta con la que sacar unos cuantos euros de un cajero; el pin del teléfono, los dígitos de la afiliación a la seguridad social; papeles y más papeles, carnés por doquier que demuestren quienes somos pero nunca hacia dónde vamos. Sales de casa y sin una cartera en la que se encuentren parte de todas esas referencias no eres nadie. Llegará el día en el que al nacer nos coloquen un chip y en él se vayan registrando todos los datos necesarios, todo el bagaje de lo que interese, desde una torre de control en la que unas impías manos tecleén incesantemente en dirección a esa gente que por entonces comenzará a tener cara de marcianitos con millones de datos a sus espaldas; nos ahorraríamos mucho papeleo.

Del mismo modo pienso en la desconfianza generada entre nosotros una vez que uno no se acostumbra al tedioso tramite de tener que manejar ciertos documentos de tarde en tarde, por fortuna para mi. Cualquier persona, como yo, que no tenga demasiado pulida la habilidad del orden en temas burocráticos, cuando llega el momento de llevar a cabo alguna gestión, se muestra a los demás como la viva imagen del desorden y el descontrol de quien no está preparado para este mundo; pero para mi es una inigualable sensación de libertad la de no querer acordarme de nada de toda esta mercancía de datos, alterada de vez en cuando por la inquisitiva mirada que encuentro detrás de una ventanilla tratando de explicarme cómo llevar a cabo una situación a la que no le veo nada más que agujeros por los que se cuela mi dinero. Una firma por aquí, otra por allá, ahora un sello, espere, espere señor, que se me olvidaba esta copia, una para usted, otra para... Con esto no hay quien pueda, es inaguantable, y lo peor es que más te vale estar un poco atento para poder demostrar, depende cuándo y cómo, que te han rascado el bolsillo para no consentir que te lo vuelvan a rascar de nuevo; entonces tengo que registrar el lugar destinado a los documentos de mi vagabunda vida y sin contenerme las carcajadas no me dejo de repetir: Pero que bajo hemos caído.

miércoles, 11 de julio de 2012

Las cosas hablan.






Tan habituado anda uno a la subsistencia y a la autarquía que ya se ha acostumbrado a que le digan cosas del tipo no sé como te las apañas pero tus casas siempre tienen un punto de buen rollo. El caso es que recién llegado a Conil de la frontera, y tras encontrarme con la primera decepción en forma de falsa promesa, ya que quien me contrató no !@#$%^&*ó su palabra de ofrecerme alojamiento durante mi primer mes de pesadilla laboral, tuve que conformarme con el mas barato de los alquileres cuyo consecuente fruto fue una ratonera a la que, como dicen mis amigos Jorge, Celia y Carlota le he dado buen rollo. Cada mañana, al despertar, siento que habita en ella todo lo que leo y todo lo que escribo, toda mi existencia y el resumen de lo que me callo, que en ocasiones no me atrevo ni a hablarlo conmigo. Lo mejor es que dispongo de una gran superficie acolchonada llamada cama sobre la que roncar a pierna suelta con tal de no blasfemar en contra de las creencias de mi jefe y de los cuantos secuaces y cobardes que lanzan sus flechas por la espalda porque de cara no tienen valor ni vergüenza; esos a los que he defendido a capa y espada para que sus condiciones laborales no fuesen insultadas y que solo saben salir del paso con el siempre cómodo y barriobajero método de comer pollas porque el miedo les inunda las arterias, y poniendo cara de niños buenos encallan a la clase obrera a la altura de la suela de los zapatos; y en ella, en la cama, me regocijo, como acostumbro a hacerlo cada vez que la vida me da la posibilidad de no tener que escuchar a ningún mentecato y, como ya ha sido dicho, ronco a pierna suelta. Bueno, para algo tendría que servir el buen rollo que le doy a mis guaridas.

En este apartamento cualquiera existe un lugar para los pocos libros con los que mi trashumante vida hizo hace poco transbordo de una estación a otra de la geografía; se trata de una estantería, que encontré en el interior del armario destinado para la ropa, cuyo fin anterior desconozco pero presupongo que sería el de colocar un montón de zapatos o de recuerdos en forma de paisajes con playas en los que un primo lejano salía fotografiado y sonriente dedicándole a la parentela las migajas de sus vacaciones y de su mejor posición social para orgullo y rencor de la familia. Y es que las cosas viven, y viven tanto que algunas de ellas se encuentran todavía esperando el momento en el que desquitarse de la falta de libertad de expresión a la que fueron castigadas y metidas, por ejemplo, en el interior de un armario. Pero gracias a dios yo las escucho y ellas me hablan, me comprenden y me aman, refiriéndome a todos esos trastos cuya utilidad es tan parasitaria como la imaginación de quien se encargó de colocarlas en cualquier lado menos en su sitio, que sería fuera de esta casa. Me piden a gritos que las exilie de este rincón del planeta; una de ellas, ayer tarde, me dijo que antes destrozada que ignorada y no tuve más remedio que subir a la azotea y lanzarla al vacío, por otro lado charlé un momento con un cuadro de indefensas flores comprado en Ikea, ea, ea, que supone el orgullo ornamental del propietario del refugio, y en sus pétalos encontré la inspiración para esta entrada.

La verdad es que no se puede hacer más con menos. lo primero que hice cuando llegué fue colocar el televisor y su maraña de cables debajo del frigorífico; luego adorné las paredes con alguna interesante imagen en forma de póster, cambié de lugar casi todo lo que allí se encontraba dándole la posibilidad a los objetos de que ellos mismos me sujirieran qué sitio preferían, y rematé la jugada con un lavado de cara que consiguió despojar del riesgo de pulmonía al cuchitril repartiendo algo de colorido a lo largo y ancho de esto parecido a un escondite. No sé, no lo he calculado, pero no deben ser más de veinticinco metros cuadrados los que conforman el cuadrilátero en el que me desenvuelvo, atravesados por un tabique postizo y mal pintado y separado de una peluquería por una pared de papel de fumar. Menos mal que tomé buena nota de Don Antonio y viajo ligero de equipaje. Y volviendo a decir que las cosas viven sucede que aquellos pósters, los dibujos que he ido colocando sobre las paredes y algún que otro odorno han ido poco a poco cayéndose, una y otra vez, como expresando su disconformidad tras verme cada noche mala cara, una cara de mosqueo e impotencia tan solo atenuada y recompuesta por las mañanas, durante los ratos dedicados a la lectura, y los días libres. Y tanto me han hablado que ya ando manos a la obra de un nuevo destino. Gracias a la conversación con las cosas he descubierto que no andaba muy descaminado Ramón Gómez de la Serna en aquella su rica vida interior tan plagada del verdadero latido de los enseres, y gracias a haberle hecho caso ahora gozo del privilegio de no tener que oir estupideces, al menos por unos días, sino la coherencia de las cosas y su alma menos material que la de los humanos.

martes, 10 de julio de 2012

La mirada de los niños.






Esas miradas inocentes y cargadas de una limpia inteligencia que observa cualquier detalle con el asombro propio de los buenos viajeros, a diferencia de la indiferente y creída venida de vuelta de todo con la que pasean los turistas, me alegran el alma y me hacen crecer y creer que mañana nada será igual. Esas miradas que no se cansan de abrir los ojos, de ver pasar la vida y detenerse en sus esquinas a escuchar o encontrar un verso con el que alimentarse, de sacarle punta al lápiz de la realidad sin dar nada por supuesto ni por sabido, sabiendo que no saben nada, son las miradas de los niños, es la mirada que poco a poco fuimos perdiendo y afortunado aquel que conserve sana y salva parte de aquella lupa a través de la cual el mundo era un cuadro en el que siempre se encontraban motivos para la investigación y la sorpresa y aun no ha dejado de serlo del todo. Esa mirada es la que no quiero olvidar manteniendo lo más incorrupta que me sea posible la parte de Oscar Matzerath que me corresponde, la que llevo dentro y a cuestas sin complejo de cínico que sale de uno de los vomitorios del Coliseo romano, y que haga del refugio de mi infancia la infranqueable trinchera desde la que no me hieran las balas del egoísmo, de los ombligos del mundo, de los epicentros del terror, de los sacos rotos por la avaricia, de la insidiosa metralla del fermentado impudor empresarial de nuestros días.

La transparencia con la que hablan las pupilas de los pequeños es incomparable, no tiene parangón. En ese mundo cristalino y virgen de malas cosechas se parte de la base de una arrolladora sencillez que pone en práctica lo mejor que tenemos y que hemos de tratar de aprender a esculpir con delicadeza. Aquellos que hacen de su infancia una obra de arte encuentran una recompensa que trasciende a la existencia; una paz interior que les acompaña el resto de sus días aunque, bien es cierto, también unos gramos de sufrimiento e incomprensión por no comprender y por no ser entendidos, momentos estos últimos en los que hay que echar mano del tambor de hojalata y tamborilear la marcha de la soledad bien acompañada. En la niñez se encuentra el tesoro que andaremos buscando durante toda la vida; ahí está todo como una piedra preciosa escondida en una montaña, como la imagen que Rafael veía en el interior de una roca, como una perla en un océano de cuyo fondo nos iremos olvidando a medida que no entendemos a cambio de qué tanto y tanto nadar en toda esa inmensidad. Yo, de mayor, quiero ser Oscar Matzerath.


lunes, 9 de julio de 2012

Un afortunado reencuentro.







A veces te preguntas dónde andará alguien a quien no ves desde hace mucho tiempo a pesar de haber estado sabiendo de esa persona solo de oídas y de haberte estado imaginando su vida con la dosis de irrealidad que aporta el idealismo. Un amigo con el que compartiste risas y lágrimas, noches de juerga y jornadas de aprendizaje y olor a grasa y detergente, estudios, caminos, pensamientos, maneras de vivir y carreteras, llamadas telefónicas y abrazos, y un minuto que después pareció ser el último. Fulano te dijo que andaba como siempre, a lo suyo y despierto; Mengano hizo referencia a él en una conversación sobre el oficio de la cual sacaste la conclusión de que además de encontrarse vivo continuaba en la brecha; Zutano te contó que preguntó por tí y te alegras tanto como si de un encuentro real se tratara. También hubo momentos en los que parecía que no volverías a toparte con él, tal vez con la sensación de que habían pasado demasiados años desde aquel último minuto tras el que cada cual continuó por la vereda que creía más conveniente o la única senda que encontró por entonces. Te imaginas la vida como un entramado de caminos que se cruzan ofreciendo millones de posibilidades y te asalta el fatal pensamiento de que exista la posibilidad de no volver a verle la cara, cosa que puede llegar a pasar como tantas otras, y entonces casi que te conformas con que el recuerdo sea selectivo y el buen olvido funcione lo mejor posible, con que prevalezca lo valioso; aun así raro es el día que no reparas en suponer el posible paradero de ese amigo perdido por el mar en tierra de este planeta.

Y del mismo modo piensas en aquellas personas en las que deparaste un afecto especial, una enriquecedora camaradería que se encarga de que el diálogo sea fructífero, las batallas menos duras y nunca dada la guerra por perdida, y que por una u otra causa no consiguieron contactar contigo después de una nube negra o de un exilio, de un viaje sin billete de vuelta o un terremoto, después de un giro a la tortilla de la existencia; esos seres que se encuentran ejerciendo el mismo papel que a tí te hace acordarte de ese alma con la que tanto te identificabas y acabó extirpándose de tu presente y de el de el resto de la cuadrilla con el nefasto riesgo de un para siempre; una eternidad que aprendiste a respetar porque en el fondo nunca te ha abandonó la sensación de que la ocasión estaba por llegar con esa misteriosa seguridad con la que metros antes de subir un escalón sabemos con qué pie lo haremos. Hoy he sido testigo de un afortunado reencuentro y no solo ha sido una dosis de vitaminas la que tal situación me ha inyectado, sino que instantáneamente he vuelto a mantener firme la esperanza sobre otras muchas cosas sin la sensación de haberme estado haciendo viejo durante todo este trayecto de añoradas ausencias y nuevas presencias. Hoy he sido testigo de lo cerca que el pasado se encuentra del presente, de que el tópico de que parece que fue ayer se queda corto y de que una de las mayores riquezas que nos depara la vida es conocer a las personas.

domingo, 8 de julio de 2012

La hora del almuerzo.









Paseo por las calles del barrio pesquero de Conil de la frontera, a esa hora en la que los marineros llegan a casa con la esperanza puesta en un rato de descanso y el inconfundible y reconfortante aroma del guiso familiar. Huelo, a medida que subo por las escaleras que me llevan de una esquina a otra de esta zona, los diferentes pucheros recién retirados del fuego cuyo divino olor atraviesa los visillos a rayas de las ventanas entreabiertas y se instala en mi nariz con la parsimonia de un verso que acaba de ser escrito en el olfato. Presiento que junto a estas maravillas de la alquimia doméstica se encuentran las manos del ama de casa que aprendió de su abuela y de su madre los secretos del dente de las proteínas de los pobres, el alfabeto de la limpieza en esa diaria batalla contra el polvo y la ordinaria compra, de puesto en puesto, en el mercado de abastos rindieńdole honor al origen de la palabra economía. El arte de hacer hervir, de cortar y pelar y aprovechar al máximo los recursos de los que se dispone; las materias primas de una despensa bien organizada, el frescor de una nevera auxiliando la calina, todo ello se percibe desde las afueras de los hogares en los que uno se imagina a esas familias almorzando y seguramente llevando a cabo la curiosa costumbre española de ver las atrocidades del telediario al mismo tiempo que se encuentran frente al bendito manjar de las primeras horas de la tarde.


No hay nada mejor para sentirse feliz por un momento como apreciar el vapor que emana de un plato de garbanzos o comprobar la esencia de la huerta en un vaso de gazpacho, todo ello acompañado de un trago de vino tinto con gaseosa, al más puro estilo de la clase obrera, manteniendo la fuente del apetito abierta a la posibilidad de una probable repetición o al remate con un par de tajadas de sandía con las que dejar el cuerpo y el alma saciados para que se dediquen al regocijante arte de la siesta. El milagro del pan y los peces, la posibilidad de tener algo que echarnos a la boca evoca en mí un sentimiento de alegría que se puede comparar con otras pocas cosas como con la de tener la certeza de que dentro de un rato tendré delante una página que poder leer. Saborear cada una de las cucharadas o los sorbos que nos mantienen en pie, no consentirnos engullir, darle su importancia a lo que tenemos delante como si se tratase de una ocasión única, tiene algo de ritual que nos puede acercar a detener el tiempo y ser más conscientes del aire que respiramos; ese aire que ahora me viene de cara procedente de un estrecho callejón del barrio pesquero de Conil, en el que todas sus calles tienen nombres de pescados o de flores, y en el que recuerdo muchas de las ocasiones en las que, sentado en una mesa familiar, mi voz interior no dejaba de dictarme palabras de agradecimiento por haber incluido en nuestra existencia este maravilloso momento; este rito que va corriendo el riesgo de caer en las garras del suplicio de las prisas y cuyo peligro de extinción habla por sí mismo de nosotros y de la irreparable pérdida que supondría para toda la especie olvidarse de una ordinaria dedicación que, por desgracia, cada vez va formando parte de menos de los que nos encontramos sobre la tierra. No hay nada como sentirse un auténtico sibarita delante de un guiso de carne con patatas.

viernes, 6 de julio de 2012

Bibliotecas.







Ahora que me encuentro en la biblioteca del pueblo al que he venido a vivir por unos meses, por estos meses de estío en los que en la costa siempre se necesita un camarero, me pongo a hacer recuento de las que he ido visitando en cada uno de los lugares por los que hasta el momento me ha llevado mi peregrinaje en busca de las habichuelas, fundamentalmente en España, y en todas ellas se encuentra el silencio y el sosiego que te aparta del mundanal ruido y de la absurda discordia sin la que parece que no soportamos la sinvivencia. Y es que se está tan a gusto aquí que uno no saldría en todo el día de esta quietud. La compañía de los libros es inmejorable. los pacíficos estantes repletos de ejemplares de casi todas las materias se encuentran a tu disposición esperando a ser consultados, cargados de números y de letras, de informaciones dadas por todos aquellos que decidieron dedicarse a compartir lo que saben. Las caras de algunos estudiantes en busca del ritual de los ratos de disciplina con los que conseguir superar las asignaturas pendientes les hace parecerse a gente realmente estudiosa. Todo invita al silencioso placer del pensamiento en pos del cultivo.

Recuerdo la biblioteca del barrio del Carmen de Murcia, en la que leí por primera vez "El viento de la luna" y "Ardor guerrero", novela esta última en la que se cuenta el calvario del antiguo obligatorio periodo de formación militar, de Muñoz Molina, y la sorprendente coincidencia de encontrarse junto al antiguo cuartel de artillería en el que uno de mis hermanos hizo la mili y cada vez que obtenía un permiso me decía: "Tú no vayas". recuerdo las de Figueras o Parafrugell, en las que aprendí a hablar catalán leyendo a Josep Pla y a Vázquez Montalbán, en cuyos pasillos paseaba en busca de las expresiones de un nuevo lenguaje en el que cada palabra recién aprendida era un descubrimiento que me llevaba a sonreirle al techo. Recuerdo la de Marbella como un sitio en el que se podía encontrar algo emparentado a un monasterio o a un palacio que la separaba de la algarabía de arena, crema y corrupción que se encontraba unas cuantas calles más abajo. En Sevilla existe un rincón, una casa de la cultura, situado en la calle Pureza, en Triana, cuya planta alta, donde se encuentra la biblioteca propiamente dicha, está recubierta de madera dándole la sensación al lector de encontrarse en una buhardilla misteriosa sobre la que el tiempo se detiene. En esta misma ciudad visito siempre que puedo la situada en la zona conocida como el Chile, en cuyos alrededores se encuentran las reminiscencias de la antigua exposición iberoamericana de 1929,  en la que se respira un ambiente universitario en plena convivencia con los curiosos ojeadores de diarios y aficionados a las filmotecas. En Solares, Cantabria, se cuenta con el privilegio de disponer de un magnífico centro cultural en el que, a pesar de mis maratonianas jornadas laborales, rara era la tarde que no caía por allí en busca del alimento de las letras.

Me he puesto a pensar en esto acordándome de las descripciones que Mario vargas Llosa hace sobre los lugares que fueron sede de su estudio a lo largo y ancho del mundo, y resulta emocionante pararse a imaginar cúales fueron sus vivencias, qué bocetos de posteriores relatos escribiría en ellas, en esos incómodos pupitres de la Nacional de Londres que tanto ama, en esas mesas en las que la mente vaga a sus anchas por el silencioso sonido de los pensamientos y los monólogos interiores que encuentran en estos lugares la paz del autoaprendizaje y la calma de la pureza de la letra impresa.

jueves, 5 de julio de 2012

El sonido de la radio.








Siempre me llamó la atención el mundo de la comunicación. De pequeño al escuchar la radio me imaginaba un estudio como un lugar cargado de bienestar y de personas que transmitían cosas importantes amparadas por esa burbuja que se encuentra dentro de las emisoras. Como si fuera un mundo a parte en el que se está en la gloria. Las voces que salían de un pequeño aparato encasillado en un hueco de la cocina eran para mí las transmisoras de los mensajes a los que parecía que había que hacer caso, o al menos escuchar porque sabían lo que decían. Era como una admiración hacia individuos a los que ni siquiera les veía el rostro, cosa que fomentaba mi imaginación. Pero lo que más me entusiasmaba era la privilegiada posición que ocupaban, el cometido que tenían, el oficio ese de contar historias y noticias dándole a conocer al pueblo lo que sucedía en el resto del mundo sin salir de casa. Me imaginaba a todos ellos felices y satisfechos de su tarea, ejemplos en los que aprender a vivir sintiendo devoción por algo con lo que sentirse vivo. Debía ser esa primera vez que todos tenemos en la que nos preguntamos por la felicidad instaurándola en una dedicación, en la que no se nos viene ni por casualidad la imagen a la cabeza de una posible depresión o estado de desánimo porque hay tanto que descubrir que todo nos parece un tesoro y afortunadamente aun no hemos sido contaminados por la onda expansiva de la velocidad del comercio; esos días en los que el mundo está recién pintado y no conoces el significado de la palabra daño ni miseria ni atrocidad, ni venganza ni envidia; esos días en los que todos los sueños se encuentran al alcance de la mano y las palabras tienen el valor del significado.

Cada noche, independientemente de la mayor o menor atención que preste a esas voces, oigo o escucho la radio. Desde la cama, y sobre todo si se trata del invierno, mullido y cobijado bajo el caparazón de las mantas y las sábanas, uno es cómplice de lo que y cómo se cuenta lo sucedido durante el día,  de las noticias y las llamadas que realizan los oyentes para mostrar su insatisfacción a cerca de algún tema o para opinar con respecto a otro, de los comentarios jocosos con los que nos brota la sonrisa en la oscuridad, o de la inesperada sensación de asombro seguida de un cambio de postura, con el que nos acercarnos al aparato e intentamos, ante la incredulidad y a tientas, subir el volumen, en el que quedamos petrificados durante unos instantes de pesadumbre o alborozo. Esas caras inventadas y almacenadas en la memoria que las reconoce por el timbre parecen haber sido puestas ahí para nosotros y por eso nos resulta tan familiar adaptarnos inmediatamente a la tertulia como si ocupásemos en ella un lugar; un privilegiado lugar de oyente al mismo tiempo activo y pasivo, emisor y receptor, contertulio que se siente bien acompañado  enriqueciendo la soledad de la escucha con los supuestos gestos de todos los que se encuentran sentados en la mesa del estudio, figurándoselo todo.

Hace unos días cuando me preguntaron por la carrera de Fernando Alonso en Valencia conté lo que sabía imaginando lo que había escuchado y comprobé que disponía de más datos que quienes habían visto el espectáculo en la televisión; al menos mi discurso fue más emocionante. Cómo olvidar esos tres adelantamientos de las primeras vueltas, o el cambio de neumáticos en el que un mecánico se jugó literalmente el tipo, o la vuelta en la que se pulverizó el cronómetro con un récord solo a la altura de los prodigiosos como Fernando;  fue un carrerón, Un carrerón que escuché a ratos con los que fui formando el rompecabezas de la realidad televisada que me devolvió al aroma a pan casero de las noches de invierno y a los auriculares de la pubertad radiada sobre el papel en blanco de la imaginación.