jueves, 31 de enero de 2013

Los caminos de la inspiración.







Es mundialmente conocido el mito circundante en lo concerniente al reto de la página en blanco. Todo parece atribulado cuando no se encuentra nada con lo que comenzar a llenar de palabras esa hoja que se nos muestra amenazante y retadora. El mismísimo Ortega y Gasset confesó en una ocasión que no sabiendo a cerca de lo que escribir se puso a hacerlo sobre lo que tenía justamente en frente, declaración que aparece de forma escrita en lo que después, a medida que nos iba contando que no sabía de qué escribir, se convirtió en un ensayo sobre el fondo y la forma, sobre la libertad y las fronteras, sobre los objetos encerrados, porque en ese instante, en el momento justo en el que se le ocurrió que no se le ocurría nada tenía delante una réplica de la Gioconda y aprovechó para divagar en torno a lo que le sugería una imagen enmarcada. Tratándose de un filósofo de tal envergadura no es difícil suponer que cualquier cosa le sirviera de primera piedra para levantar un edificio de ideas. Con aquella lectura, aparecida en El espectador, comprendí que el mecanismo activo del pensamiento es una fuente inagotable de recursos para tratar de comprender el mundo en el que vivimos y, si aparecen las flores de la vocación o la mera afición, escribir a cerca de ello.

Cuando uno se dispone a leer  a sus autores favoritos, a esos virtuosos que todo lo que piensan lo convierten en metáfora y belleza expresada, se pregunta absorto y ensimismado cómo se puede sostener semejante pensamiento sin darle tregua a la imagen y al símbolo, cómo se encontrarán con esa serenidad atropellada por un vendaval de circunstancias ante las que saben poner magistralmente orden y mediar como si de un árbitro de la conciencia y la razón se trataran, indagando en las reflexiones de una manera veraz y contagiosa para el lector que acaba sintiéndose atrapado por esa verborrea y ese torrente de significado ante el que pasan las páginas y se olvidan los horarios, las citas, las obligaciones y algún que otro asunto importante que queda rezagado por la dedicación a la lectura.

Los caminos de la inspiración son todo lo que se muestre vivo o a lo que se le otorgue vida. Tal es el caso de Luis García Montero; cuando leo sus artículos me embeleso de la manera en la que no desfallecen en él los motivos para animar a todo lo que forma parte del paisaje, a todo lo que se pose sobre una mesa o ruede o ande o haga acto de presencia, o permanezca inmóvil para que el poeta le dé la posibilidad de manifestarse y mostrar una autenticidad que se le atribuía inerte y supeditada al paso del tiempo y el desamparo, al destierro del que se le extrae a partir del momento en el que la voz interior del escritor dice aquí te encontré, y pasa a formar parte de la familia del contenido de lo que se transmite con la finura y la delicadeza de quienes poseen el entusiasmo suficiente para encontrar muchas vidas dentro de esta única y disponible.

Si nos hallamos ante un texto de José Saramago pronto seremos conscientes de su capacidad para recurrir al proverbio como fuente de sabiduría, a frases hechas salidas de su misma pluma siempre teniendo como faro una inapelable realidad como escaparate de todos los mensajes que quieran ser lanzados, haciendo de lo más sencillo un inagotable manantial del que fluyen los contenidos de lo cotidiano llevándolo al término de la lección y de la lucha, a la reivindicación y la protesta, a la apelación a los valores con los que el ser humano se mueve indefenso ante el escarnio, y a la más pura contradición en la que ha caído el hombre. Esa defensa de las clases menos favorecidas la podemos encontrar también en Miguel Delibes, solo que en un tono más paternal y melancólico, contado con sutiles algodones que aproximan la tristeza a una nostalgia en la que la catástrofe se digiere con una resignación favorecida por el aprendizaje, en capítulos cargados de tierra y barro, de lluvia y niebla, de campos en los que los pájaros hablan con el agricultor y la naturaleza tiene voz propia como en casi ningún otro escritor, por sendas y veredas y vericuetos colmados de plantas y especies animales con las que los niños juegan a saberse sus nombres, y dentro de ese universo existe una declaración de sentimientos que no es ajena a la manera en la que la inteligencia del gobernante descarrila en contra del más débil y a favor del abuso.

Puede que sea imposible identificar, a penas leídas cinco lineas, a un autor determinado, pero si a tal reto fuese sometida mi poco curtida astucia no dudaría en afirmar que con un extracto de una novela de García Márquez me lanzaría a la piscina. No hay nada igual, ni mejor ni peor, sencillamente no hay nada que se le parezca ni por asomo, con todos mis respetos hacía el resto de autores y mis reservas por lo poco curtido que todavía anda uno en este asunto del que cada vez le queda, afortunadamente, más por aprender . En ese cosmos literario nacen las flores, vuelan las alfombras, se trasmutan los objetos y los metales preciosos emanan del rincón menos esperado convirtiéndose en pócimas y símbolos mágicos; ahí el amor se escuda en el tiempo y en el afán de sentirse dichoso, las guerras van y vienen, en los ríos los barcos suben y bajan de un poblado a otro y entre medias nos dejan instantáneas de un mundo plagado de sensaciones y costumbres, de aromas y dificultades atiborradas del consuelo de los pobres que anhelan con esperanza combativa la llegada de un atisbo de igualdad. Con el Gabo uno se para a pensar detenidamente si no será demasiado osado ponerse a escribir sobre esto, porque el respeto del que se hacen valedoras todas y cada una de sus expresiones, el arrumaje semántico y gramatical, la plenitud de su escritura, se presentan como magistrales y divinas, dignas de la veneración y creencia para todo aquel que encuentre en una narración un ápice de algo en lo que creer para hacer más plena la existencia.

Pararse a pensar en los caminos por los que transita el alma del escritor, cuando se encomienda a darle rienda suelta a su imaginación, es detenerse a investigar algo que se admira y de lo que uno quisiera tener alguna llave parecida con la que abrir las puertas por las que entra el aire que se encarga de poner en orden todo aquello que se barrunta a solas. Puedo mencionar a Rosa Montero, a Almudena Grandes o a Margaite Yourcenar como ejemplos de lo que una voz femenina nos enseña desde una panorámica en la que las cosas se sopesan con una inteligencia que nos lleva a comprender los intestinos de las cábalas realizadas por mujeres que lo admiran todo bajo un velo de rebeldía que las consagra. Puedo citar a Dovstoiesky o a Faulkner o a Onetti como instigadores a inmiscuirnos en las profundidades del alma humana, y me los puedo imaginar merodeando por las cercanías de un barrio bajo, tomando una copa en un burdel tratando de encontrar el nombre de un protagonista, pasando totalmente desapercibidos y disfrutando de esa libertad con la que ellos mismos se sienten personajes de la novela de la vida en estado puro, y sacándole punta a su lápiz para poner en pie de guerra a quienes hayan de destruir todos los tópicos a cerca de la moderación como virtud y consagración del ciudadano; se observa en ellos una afinación milimétrica que alcanza a encumbrar a los más detestables habitantes del más triste de los cuarteles de la miseria. Y de ahí en adelante, y retrospectivamente también, pasando por los múltiples caminos en los que la literatura se entromete, que deben ser todos y cada uno de los que el mundo dispone, se encuentra esta sangrienta encrucijada que conocemos en la que caminan hombres camuflados con aspecto de hombres vistiendo gabardina y sombrero y adivinando el nombre de las cosas para fraguar ideas con las que contar una historia en la que explicar el motivo que les llevó a encontrar en ello la conclusión a la que llegar para acercarse a una certeza: que son inescrutables los caminos de la inspiración acomodándose en la paradoja de descansar sobre el asfalto.

miércoles, 30 de enero de 2013

Más difícil todavía.







Bertol tenía ganas de mostrarle a Fatt lo que había dado de sí su última creación, como él llamaba a aquellas cosas que se le ocurrían para pasar la tarde enfrascado en hacer cualquier cosa con la que entretenerse y salir del abatimiento que encontraba cada día en el trabajo. Bertol era un tío con talento, era polifacético en lo que al arte se refiere a pesar de ganarse la vida en una oficina de la que cada jornada salía con el mismo estado de ánimo con el que Fran Kafka lo hacía en la suya de Praga. Fatt era uno de los compañeros con los que más confianza tenía y casi el único al que podía contarle sus sueños y el desprecio que sentía por la falta de consideración con la que habitualmente se desatendían las habilidades de cada uno de los miembros del equipo, con el consiguiente encasillamiento de las funciones y el inevitable martirio que daba como resultado una turbia rutina que ya solo era capaz de salir viva si era alimentada con chismes y falsos testimonios, con vagas imaginaciones con las que parecía que las cosas eran menos aburridas. Bertol no salía del todo convencido de que sus pláticas hubieran ido a buenos oídos pero al menos le consolaba la paciencia con la que eran recibidas y no descartaba que en alguna ocasión Fatt le aportase algo con lo que enriquecerse y forjar una más sólida amistad, trascendiendo a lo meramente profesional. En aquella ocasión había dibujado una lámina en la que aparecía un castillo junto a unas chabolas y un grupo de personas cada una de las cuales iba vestida de diferente manera, representando la diversidad de la fauna humana y los polos de la ostentación y la miseria. Había utilizado carboncillo y pastel con la pericia que se le podía suponer a un estudiante de bellas artes; se encontraba satisfecho con la obra, sabía que había conseguido más de lo que e principio podía imaginarse, y al mostrársela a Fatt éste le contestó diciendo que no estaba mal, que para ser un aficionado no estaba mal, pero que él había visto otras muchas, de otros amigos suyos que eran unos auténticos expertos en representaciones realmente conseguidas y bellas.

Bertol solía cambiar, debido a sus fervorosas ganas de aprenderlo todo, de entretenimiento y gustaba también de hacer sus pinitos con la música. Tocaba la guitarra y la batería, al estilo de los que solo buscan un rato de distensión, pero con la guitarra últimamente se sentía especialmente inspirado y se encontraba tan a gusto con ella que pasaba horas y horas encerrado en su cuarto ensayando versiones con las que, como a él le gustaba decir, amenizar las celebraciones. De modo que aprovechó que aquel mismo viernes era el aniversario de Fatt y decidió ir acompañado con el instrumento a la fiesta que se organizaba en honor de su compañero. Una vez allí entonó siete temas seguidos en cuerda de blues con toques de jazz con los que las chicas no dejaron de aplaudir y pedirle otra. Después de unos cuantos bises, para los que tuvo que recurrir a las profundidades de su imaginación y convertir en una auténtica jam sesion aquello que había comenzado como una mera dedicación a su compañero, se acercó a Fatt para felicitarle de nuevo y de paso preguntarle que si le había gustado el regalo. Faty asintió y le dio las gracias por el detalle, pero le empezó a hablar de los genios de los años sesenta y setenta, de los bares de Chicago en los que tocaron los más grandes músicos de la historia del blues, y le animó a que continuase ensayando porque aún le quedaba mucho por aprender.

Como en la oficina era frecuente que se confundiera el desdén con el desánimo y que nadie quisiera tener nada que ver con el trabajo de los demás, ni ser molestado, ni las aspiraciones brillaban por su presencia, una vez finalizada una labor determinada el resto del tiempo cada cual lo empleaba en lo que le venía en gana, siempre y cuando no fuese visto por el jefe, y debido a otra de las aficiones de Bertol, la poesía, no dudaba éste en escribir sus ripios e irlos corrigiendo en aquellos huecos favorables para enfrentarse al reto del papel en blanco. Cuando hubo terminado uno de los poemas con cuya lectura se sintió realmente emocionado aguardó a  la mañana siguiente para mostrárselo a Fatt; esta vez no le podría poner ninguna excusa, el poema estaba dedicado a la novia de Fatt, escrito para ella por encargo de éste bajo la presunción de que la encubierta originalidad de Bertol causaría sensación en Maloo, la chica de Faty, con motivo del día de San Valentín. Al leerlo Fatt se mostró agradecido y aludió a una serie de razones que le habían llevado a pensar que sería una buena idea hacerle a Maloo entrega de un poema como si de su puño y letra hubiera sido escrito, eso si, sintiéndose en el último momento tentado por regalarle los Veinte poemas de Amor de Pablo Neruda, pero uno vez que estaba allí la creación de Bertol a lo mejor obsequiaba doblemente a su novia, pero que aun no sabía qué hacer.

Bertol era una persona que no le daba mayor importancia a las cosas siempre y cuando le dejasen actuar en paz y con el debido respeto, pero había algo en él que hacía que no dejase ni un instante de pensar en hacer algo original. Esta última semana había armado un mueble para la oficina con una serie de maderas recogidas de un desván de la misma compañía, y el resultado fue que aquel desorden que con cuatro papeles se formaba ahora aparecía como el lugar más atractivo para ponerse manos a la obra sin los agobios que en muchas ocasiones habían dado pie a que la moral estuviese por los suelos. Cuando Fatt contempló el nuevo ingenio no pudo resistirse a comentar que en Ikea venden unos módulos muy funcionales con los que poder hacer algo aun más bonito. A Bertol le traía sin cuidado esta actitud que frecuentemente caracterizaba el comportamiento de Fatt porque él se sentía realizado y no necesitaba del alago, solo pedía que las cosas se tomasen a bien y que cada cual lo hiciera lo mejor que pudiera en beneficio del resto, pero no era necesario que le diesen ningún premio, no era su estilo ni pretendía destacar por encima de nadie; eso si, a los arribistas no podía ni verlos.

Definitivamente una mañana se le ocurrió, a Bertol, que tres de los contenedores, en los que previamente habían recibido una serie de herramientas para la oficina, podrían ser reciclados y utilizados para la clasificación de los matereliales que fuesen teniendo pinta de ser desechados en breve, de forma que a la hora de la entrega todo se hiciese con el debido orden y sin pérdida de tiempo; además alguno de estos recipientes, los más pequeños, también podrían utilizarse como papeleres para cada una de las mesas de trabajo y así dejar de compartir algunas de éstas, y otros, los de mediano volumen quedarían como clasificadores de las carpetas que siempre andaban de allá para acá cada vez que había que indagar en los informes de años anteriores. De esta forma no habría que tirar nada y de paso la oficina se encontraría mejor ordenada. Cuando Fatt vio el resultado a penas le prestó atención al asunto pero en su cara se atisbaba un cierto gesto de reprobación que más bien podría considerarse como una manera de poner en práctica el silencio propio de esas envidias que matan callando. Bertol se le acercó y le insinuó que le diese su opinión y Fatt argumentó que llevaba años pensando en algo igual, en algo así, parecido por no decir lo mismo, pero son tantas y tantas cosas que entre unas y otras ya se sabe, dejándole caer a Bertol que como siguiese así un día de estos se lo encontraría haciendo el pino. Entonces Bertol le comentó: Qué va, se me ocurre proponerte algo más difícil todavía, ¿sabes?, ¿cómo qué? pregunto Fatt, a lo que respondió Bertol: que ni siquiera a tí se te ocurra intentarlo.




martes, 29 de enero de 2013

El rosario de la aurora.






Anda uno creyendo tener la seguridad de que a nadie le gusta que le atormenten con malas noticias ni con desagradables imágenes que desconcierten la serenidad en la que más o menos se desenvuelva el vaivén ordinario. Aunque, interrumpida esta sensación en el momento menos esperado, me paro a pensar si habrá dejado de tener su sentido semejante certeza, de manera irrevocable, ya que una parte importante del alimento con el que se sostienen las mentes, que no encuentran acomodo en la templanza de lo que sucede, mentes aleccionadas por una sociedad de consumo a la que le conviene ensalzar la necedad inevitable para parasitar al necio rentable, como decía Camilo José Cela, incluyendo aquí el dramatismo y el escándalo de la desgracia, necesita de un empujón por parte del morbo para que funcione la máquina de la imaginación, la indignación, el corralillo que todo lo arregla, el cotilleo y la sensación de no sentirse solos en este mundo en el que parece que todos son desventuras y al que hemos venido con una especie de estigma marcado sobre la piel como indicativo de que esto es un valle de lágrimas en el que se nos dio cabida para sufrir y buscarnos las habichuelas entre tanto torbellino; y dentro de ese desajuste y desperdicio de sensaciones actúa, aprovechándose sin remordimientos ni escatimando en pudor, la publicidad, la ideología de estado, el sensacionalismo y la desviación de atenciones a la que nos someten todos los medios. Resulta grave afirmarlo, pero es así, es tristemente así, o al menos eso piensa uno.

Recuerdo, siendo un niño, el momento en el que escuché decir a un señor, que por razones profesionales viajaba bastante y se veía obligado a comer fuera de casa casi a diario, que en los comedores de los restaurantes no solía haber televisión, ante lo que otro señor que carecía de el más mínimo conocimiento de que esto pudiera ser así, porque en su casa como en la de la mayoría de los españoles se tenía, y se sigue teniendo, la insana costumbre de comer viendo el telediario, le preguntó que porqué y la respuesta fue que debido a la más que probable aparición de noticias y en ocasiones de imágenes, que tuviesen que ver con temas turbulentos y poco dados a pensar que el mundo es una balsa de aceite, se solía hacer uso del hilo musical, y en ocasiones ni eso, de manera que la paz reinante en la sala fuese amenizada con el leve murmullo de las conversaciones y con la dedicación hacía los manjares servidos de forma que el goce y disfrute fuese la tarea a la que se encomendaran los viajeros que hubieran decidido reponer allí sus energías sin que todo ello fuese entorpecido por la aparición de macabras ilustraciones televisadas. Yo quedé muy satisfecho, fue la primera lección de la que guardo un agradable recuerdo a cerca de lo que después se convertiría en mi oficio, un porqué resuelto que abre los ojos de un chaval. Con aquella respuesta aprendí algo que más tarde me hizo comprender con más facilidad el significado de la palabra equilibrio cuando se trata de disfrutar del maravilloso momento que nos dedicamos tres veces al día y he procurado llevarlo a cabo como si uno más de los ingredientes de la diete se tratara..

Por entonces, corrían los años ochenta,  si se iba a dar una noticia, cuyas imágenes pudieran dañar la sensibilidad de los telespectadores, se avisaba previamente de que el contenido de las mismas podría surtir efectos indeseados, y en ese momento todo el mundo sabía que algo fuera de lo común iba a aparecer ante nuestros ojos, y los mayores avisaban a los pequeños para que prestasen atención a cualquier otra cosa ya que aquello no les convenía. Bueno, al menos se actuaba con la decencia de avisar, y pensándolo bien si se avisaba era porque no era tan habitual hacer uso de representaciones de ese tipo para rellenar los informativos. Aún había hueco para el rubor y el sobrecogimiento, para la sensibilidad y la sana conmiseración, para la condolencia y algo de lejana solidaridad mostrada en los gestos con los que se comprobaba el desacuerdo ante la barbaridad de las injusticias; existía todavía la capacidad de asombro y no era tan frecuente que la ciudadanía se sintiese de vuelta de todo en lo que a la apreciación de las desgracias se refiere.

Llegados a este punto y a medida que han ido pasando los años se han ido, tristemente, activando los mecanismo de la articulación de un insensible periodismo que confunde la información con el morbo, y ahora ya no es que no se avise sino que no hay noticia que no contenga un rasgo de catástrofe, hasta las más comunes referentes a sucesos de índole trivial y difuminado en atisbos de crónica rosa cuya función canta a la legua: desviar la atención y someternos a una información burda y soez tras la que los motivos de reflexión son un insulto para cualquiera que pretenda sacar un juicio medio claro de lo que pasa en la sociedad en la que se encuentra. Ante la pantalla, aunque también se pueden apreciar estos síntomas en la prensa, el reguero de noticias es lo más parecido al rosario de la aurora, una detrás de otra: Sillazos, tiros, pedradas, mutilados, desangrados y ensangrentados, quebrados, partidos por la mitad, asesinos y asesinados, víctimas a granel, tiroteos a flor de piel, cadáveres colgados, cuerpos descuartizados, y todo bajo la atenta mirada entre la que se interponen los efluvios del vapor que emana del plato del que acabamos de tomar unas cuantas lentejas que nos aporten el hierro suficiente para sentirnos a salvo de todo eso que parece solo suceder en la pantalla y con lo que se nos entretiene, sin miramientos ni sensibilidad que valga, mientras lo realmente importante, los desfalcos a manos llenas de los tiburones sin compasión por sus semejantes, los atracadores a mono armada que ostentan los poderes, varios, muchos, ilimitados, de todos los colores, se ríen en nuestra cara y a costa de los impuestos y rentas que salen de nuestros bolsillos. Estamos empezando, si no lo hemos hecho ya, a perder uno de los nortes que peores consecuencias tendrá: el de la falta de escrúpulos a la hora de tomarnos en serio la realidad que continuamente se nos camufla adiestrándonos en la barbarie.

domingo, 27 de enero de 2013

El silencioso bullicio de la vida.






Si no fuese porque el presupuesto, en estos tiempos que corren, no da para permanecer continuamente en un bar leyendo y tomando notas de la circundante realidad que nos empapa hasta los huesos, no dudaría en elegir estos sitios como el lugar indicado para dejarme llevar por las horas suspendidas en el aliento de la prosa y del pensamiento relajado. Aún así me resulta irresistible suspender semejante lujo y guardo un lugar de la agenda para que sea ocupado por la romántica cita que esporádicamente acontece en el bar al que le eché el ojo nada más llegar a Huelva, ese mismo del que se me sugirió que tuviese cuidado porque allí solía ir gente muy rara, razón más que suficiente para saber que estaba acertando. Leer en una cafetería, entre el ruido de las cucharillas y el rugir del vaporizador que se encarga de calentar la leche, es algo que no me incomoda en absoluto sino más bien todo lo contrario, me refugia en la sensación de permanecer en un taller de costura en el que los hilos de la mente cosen frases y huelen a aromas literarios, como los de las infusiones y el torrefacto, o el de la bollería y la fruta escarchada, o el de los mismos sobrecillos de azúcar aparentemente inodoros pero característicamente olorosos para la imaginación que encuentra su caldo de cultivo en las mesas de un café.
Recuerdo las memorables escenas de "La colmena" en las que aparecen artistas reunidos alrededor de una mesa de mármol, en ese ambiente entabacado y algo sórdido tras el que se une la hermandad del sufrimiento con la alegría de la reunión, los sueños de un poeta con la arrogancia de un creador de palabras, como se autodenomina Camilo José Cela, el desparpajo y la pillería de Francisco Rabal junto con la esperanzada mirada de José Sacristán. Allí se cocía la crema de la intelectualidad en una etapa de nuestra historia en la que todo era una simple apariencia de la catastrófica situación en la que se encontraba el país. De la misma manera, cada vez que leo algo al respecto de la congregación de escritores en los cafés de aquella época, de sus costumbres y sus tertulias, de cuantos iban allí en busca de una lección, me da la sensación de que algo de esto nos falta, de que fue algo que no hemos o no hemos querido conservar para nuestros días, y siento una especie de imposible nostalgia por no haber podido formar parte de alguna de aquellas reuniones en las que se departía sobre infinidad de interesantes temas que siempre tenían que ver con la cultura, con lo que mueve las cabezas, con el ingenio y la creación, con los pies en el suelo de un momento determinado en el que se cultivaba de sobresaliente manera la razón de la conciencia y la estoica lucha contra el presente a base del oficio de las letras.
Hay bares en los que estuve horas y horas, en los que los camareros me reservaban la misma mesa, con ese gesto cómplice con el que los que ejercen desde hace muchos años el oficio calan casi a la primera y a cada uno le dan su deseado aposento en el cual pasar parte de la tarde o el día, por descuido y ensimismamiento, entero. En muy contadas ocasiones delaté mi condición de ser uno de ellos, uno de esos francotiradores detrás de la barra que lo observan todo con la curiosidad de los niños, viendo entrar al asiduo y adivinando, en función de la manera de andar, lo que iba a decidir tomar. Me ha interesado siempre, no sé porqué, mantenerme al margen de lo que tantas horas me roba, para disfrutar de lo que más valoro y me gusta: la vida normal y corriente, el día a día, la cotidianeidad que se conforma con ver cuanto pasa por delante de sus narices como si de los fotogramas de una película se tratara o las páginas de un álbum en el que se reflejan los instintos más célebres y vulgares de la existencia, y de esa manera, camuflado entre mis colegas, he escrito descripciones, en forma de carta, de los bares en los que me encontraba mientras le dedicaba unas palabras a algún amigo desde tierras lejanas. Hay tanta vida en todos los objetos de una cafetería que uno se siente como caminando, sentado, por una avenida en la que el paseo estático y el pensamiento que le acompaña se hacen huéspedes de los cruces de miradas y las supuestas sensaciones de los transeúntes.
Hay una familia de sonámbulos despiertos que gozan de los privilegios de sentirse solos mejor que continuamente acompañados, siempre y cuando les esté esperando un periódico o una novela, un crucigrama o una carta que escribir; de eso se puede percatar uno en sus habituales salidas por el centro de la ciudad, en el que abundan los locales de este tipo bajo los soportales y las galerías que rodean las plazas principales, a los que hay que ponerles el achaque de la excesiva modernidad y apariencia de franquicia que denotan. En las terrazas, aún en invierno, el aficionado a un rato de silencioso consuelo junto a una página se enreda en el catecismo de sus impresiones sobre un diario u hoja en blanco en la que dejar constancia de algún proyecto, canción, poema, mera reflexión u organización de su jornada de trabajo, en una sopa de letras o en la lectura de un libro recién regalado, tal da, es lo mismo, lo que importa es el gesto con el que su pose embellece la instantánea de ese rincón, y eso hace que disminuya la sensación de desamparo de ese trozo de calle en el que se engullen las cervezas y los vasos con hielo distanciando el momento del diálogo y haciendo de la soledad una sordera etílica de malos presagios cargados de humo y miradas al suelo.
Dentro de mis predilecciones se encuentran las cafeterías de las estaciones de tren. Entre ellas destaca la estación del Carmen, de Murcia, en la que pasé largas estancias en la siempre placentera compañía de las novelas de José Saramago, de las que por entonces era difícil separarme. Allí conocí a muchos de los que de ella hacen un lugar entrañable para el viajero de paso y para quien, como era mi caso, vivía en el mismo barrio, sobre aquellas mesas de mármol y aquellos personajes que la elegían como sitio de tertulia y barra de conversación, ya que era frecuente que dentro de su clientela se encontraran ciudadanos, vecinos de las cercanías que elegían este bar como sede de sus tragos. Resulta imposible olvidar la presencia de un anciano vendedor de lotería y cigarrillos, cosa que lo acercaba a esos hombres propios del madrileño café Gijón que se encargaban de abastecer de tabaco a la concurrencia plagada de escritores. Del mismo modo fue curioso cómo conocí a un poeta, que llevaba a sus espaldas el diagnóstico de una esquizofrenia con la naturalidad con la que otros ignoran sus defectos, que continuamente andaba enfrascado, en la misma mesa, en sus versos, la mayoría de ellos, decía, dedicados a su madre, y que decidió acercarse a mí por instinto y tras cuyo primer apretón de manos tuve claro, de manera inmediata, que se trataba de otro Ulises, de otro héroe, de otro náufrago con quien compartí el orgullo de una de las más inteligentes charlas que he tenido nunca con un desconocido con el que pronto me familiaricé en la locura y en la belleza de la libertad de expresión.
 En todas las ciudades que visito por primera vez, y en las que me espera una estancia más o menos larga, soy atraído por alguno de estos rincones, en los que una energía llama a que la calma tenga allí la posibilidad de pasear por las aventuras y las opiniones escritas en cualquier página y a que el reto del papel en blanco se deje llevar por la voz sostenida en el aire, por las conversaciones, los sucesos, las anécdotas y los actos que la realidad pone delante de nuestros ojos para que tengamos menos posibilidades de perder el tiempo en cualquier cosa, consiguiendo con ello una aproximación más fiel a lo que sucede y adquiriendo la sensación de que los minutos corren más despacio, en parte gracias a la inigualable atmósfera de las cafeterías y los bares en los que la lectura es capaz de convivir con el silencioso bullicio de la vida.  

sábado, 26 de enero de 2013

Un loco perdido.








Cada día, al llegar a la biblioteca, en uno u otro lado de ésta me topo con un hombre flaco, con aspecto de cansado y mal nutrido, pálido y desgarbado al que la ropa le queda grande como testimonio de lo mal que lo debe estar pasando. Sus zapatillas, unos deportivos blancos con cordones ennegrecidos por las batallas en las que se bate en duelo con una aparente soledad desprovista de puntería para ser considerada de las que acompañan, muestran los indicios de una más que presumible aparición de los dedos entre la suela y la puntera sin que ello se salve de los castigos del invierno, ya que no se demorará la aparición del boquete por el que entren los demonios de las bajas temperaturas, ni de las calamidades de la congelación. Su pelo todavía refleja una tendencia a sentirse libre, propia de esos seres que no se conforman con la pantomima de la actualidad y necesitan que alguien les aclare las ideas a base de conversación inteligente, antes de que definitivamente pierda la cabeza si algún arcángel humano no lo remedia, y a pesar de que debe hacer varios días que no conoce el diálogo con el jabón, ni que eso parezca importarle un bledo, conserva un aire de solvencia y perfumada autonomía con la que nada parece inquietarle tanto como su continuo rastreo a los discos de música clásica y al apartado de filosofía en el que demuestra encontrarse como un pez en el agua.

 Lleva unas gafas con montura de plástico negro oscuro que le otorgan el típico aspecto de un profesor que sabe muy bien lo que dice aunque dé por hecho que en cuanto los alumnos salgan por la puerta no se acordarán de nada, porque no les importa la metafísica de las cuestiones que trata de plantearles, porque les están esperando otras cosas con las que pasar la tarde más a gusto que investigando, porque han venido a parar a un mundo descarrilado y maltrecho en el que ellos no son culpables de la contaminada vitamina con la que se han robustecido las paredes de sus cerebros para no dejar pasar nada que les haga pensar mas de la cuenta, aunque siempre existe la excepción que confirma la regla, esa que se personifica en el retrato de un joven que admira al maestro al que todos llaman loco por andar de allá para acá con esas pintas, con ese barruntar entre dientes quién sabe qué y hasta cuando. Ese chaval que ahora se acaba de cruzar con él en las escaleras de esta biblioteca y al que ni siquiera ha reconocido, harto de gastar tantas energías en intentarlo una y otra vez con miles de personas de las que lo único que obtuvo de una buena vaga fe fue la raíz cuadrada de una sonrisa hiperbólicamente maliciosa e indigna de su compañía, ese signo de conmiseración que delata a los cobardes y a los traidores, a los que ensucian las conciencias con dobles morales y le cortan trajes a medida a la cochambrosa versión sobre la que se acomoda la mentira .

Dialoga con elegancia y simpatía con las señoras del mostrador aprovechando el par de minutos que le brinda la ocasión de renovar el préstamo de un libro. Para poder meter los nuevos ejemplares en su mochila ha de sacar casi todo lo que se encuentra dentro de ésta, y lo que sale de allí es un bosque de cuadernos y de recortes de papel, un rompecabezas de revistas y libretas, un bolígrafo que cae al suelo y un instintivo impulso que le lleva a pedir perdón, ante la nimiedad del tropiezo, como el perro que humilla el simple sonido de la aproximativa cercanía de un humano por miedo a que le den un estacazo. Su mirada retumba en las inmediaciones de quienes hacemos cola, y todos sentimos la culpa instantánea de pensar que es un colgado, un desdichado de esos que luego buscan en los contenedores de basura, una inadaptada y mugrienta rata de alcantarilla que acabará por apestarnos si no se marcha pronto;  y automáticamente, aquellos a los que la cobardía aún nos reserva un poco de tránsito por los confines de la misericordia y la piedad, un poco de reconocimiento y de comida en la nevera para que continuemos engordando mientras éste y aquel y el otro se quitan el hambre a hostias o leyendo a Kierkegaard, pensamos que debe ser un tío inteligente con mala suerte o tal vez un incomprendido; y se nos viene esto a la cabeza para resarcirnos de nuestro delito de consciencia/inconsciencia al no haber tenido la habilidad de comprender que el mundo es una mierda gracias a que no se cuenta con personas como esta, y de retorno a casa paramos en el supermercado y no miramos a la cara a esas dos señoras con aspecto de gitanas de Rumanía porque la perspectiva nos es cegada con una lista de la compra en la que no puede faltar ni el salmón ahumado ni los cacahuetes con los que combatir y sentirnos orgullosos de hacerle frente al síndrome de abstinencia que sufrimos por ser prisioneros de algo tan antinatural y absurdo como nuestra adicción al tabaco.

Después de la cena, para poner en práctica uno de los mandamientos que hacen de mí un ciudadano digno del más alto respeto, salgo a la calle, algo más tarde de las nueve de la noche, para tirar la basura, y contribuir de esta manera a que la ciudad se mantenga lo más limpia posible durante el día, de modo que pueda hacer cualquier barbaridad parecida a un atraco o desaguisado que se me ocurra, incluso tirar en el suelo la colilla del cigarrillo que acompaña a mi paseo, pero que impida que digan de mí que tiro la bolsa en la que se acumulan los desperdicios de mi incivilización a una hora indebida, porque hasta ahí podríamos llegar, eso nunca, y aprovecho la ocasión para contemplar la quietud que van teniendo las calles a esta hora en la que la guerra se fragua en otros lugares cuyo horario favorece el combate, y al pasar por la puerta de una sucursal bancaria, que dispone de una amplia entrada en la que se encuentra su cajero automático, vuelvo a encontrarme con el profesor con cara de loco, con el individuo que deja bien a las claras la diferencia entre la libertad y la usura de los cobardes, hablando con dos vagabundos que allí tratan de encontrar un poco de calma después de haberse fumado una papela de Brown sugar que amaine los apetitos y devuelva las almas al lugar en el que nada se siente y todo se sueña, tratando de entablar conversación con ellos, con esos otros locos perdidos y endiablados por el papel de plata y la jeringuilla, dios los cría y ellos se juntan, porque no encuentra a quien dirigirle una palabra que sea recogida de buen agrado y sin la sospecha de la demencia. Y soy tan cobarde que sigo mi paseo. aunque las entrañas me dicen que he vuelto a perder una oportunidad de hablar con un maestro, con un Ulises que se equivocó de siglo, con un mal parado cuyo campo de concentración se encuentra en esta ciudad, poblada de abanicos y pieles abrochadas, en la que la niebla moldea los cabellos de la desgracia y entumece la paciencia de la verdadera sabiduría, y mete a mucha gente en las iglesias para sentirse consolados y a salvo del pecado mortal con el que se pican los billetes dirección a un infierno diferente en el que el encargado de ver los toros desde la barrera sea este loco perdido que cada día me encuentro en la biblioteca.


viernes, 25 de enero de 2013

Mis últimos ahijados.






A veces se pregunta uno, cuando ve los libros ordenados sobre los estantes de su casa, a dónde irían a parar si en cualquier momento desaparecieran de la faz de la tierra las manos que ahora se encargan de ordenarlos y la mente que se encomienda en el propósito de sacudir el alma de los personajes de cada una de esas novelas o explorar los paisajes imaginados a los que se refieren los artículos y ensayos por los que tan a sus anchas viaja, llegando casi a hablar con ellos o sintiéndose identificado con tantas alegrías y desastres como en ellas se encierran. Quién se encargaría de todo aquello sin haber dejado testamento alguno ni escrita manera de proceder a la hora de darle un destino que les imposibilitara acabar roídos por la parsimoniosa erosiva acción del polvo. Entonces me levanto y me acerco para contemplar el lomo de alguno de los que más tiempo me lleva acompañando, y atisbo la presencia de otros tantos a los que ya tenía casi por perdidos y que han decidido regresar sin previo aviso que yo recuerde, entrando por la puerta de atrás como el joven que de madrugada no quiere que su madre se entere de la hora de recogida y opta por saltar por la tapia del patio que va a parar a la ventana de su dormitorio. Porque hay libros que uno piensa que dejó prestados y luego se encuentra con que aún siguen conviviendo con el resto de los que conforman esa empapelada memoria personal que uno arrastra, como si de un currículo se tratara, y hay otros a los que se acude con la seguridad de la tenencia de un cotizado tesoro y la sorpresa se caracteriza por la ausencia de éstos en el preciso instante en el que más falta nos hacían, y la duda de que el recuerdo nos haya llevado a uno de los peores olvidos de los que podríamos ser sujetos asalta sin dar crédito de semejante destierro, ni ser capaz de averiguar causa alguna que lo produjera. No ejercen entonces de consuelo aquellos otros cuyo propietario se estará preguntando ahora lo mismo sin siquiera imaginar que se encuentran a nuestro recaudo. Una cosa por la otra no sirve de nada ante semejante manifestación de egoísmo de la que dificilmente sale impune el bibliófilo; suerte hayo, de momento, de no haber sido atacado por tal desequilibrio ni derivadas han sido mis manías en la puesta en la hoguera de cientos de mis ejemplares, como le sucedió a Don Quijote, a pesar de haber sido ya testigo en alguna que otra ocasión de declaraciones, por parte de ese tipo de intelectuales que se conforman con alborotar el sospechoso universo del twitter, tales como que no me conviene leer tanto, cuando uno solo piensa que tan poco; afirmaciones de las que se sale entristecido y acuciado por la desidia dominante a la que solo le encuentro el remedio de seguir interesado en aumentar la parentela de páginas que me acompaña.

 Hay de todo, desde tomos comprados en grandes almacenes hasta libros que adquirí en librerías por cuyos estantes merodeé con inquietud y siempre con la sensación de que debía ser maravilloso trabajar allí, rodeado de tanta palabra escrita y al resguardo del calor y de las inclemencias del desagradecimiento de los pedantes y mal educados clientes que por el mero hecho de tener dinero se creen en el derecho de permanecer en el restaurante hasta las siete de la tarde; Hubo una ocasión en la que estuve a punto de trabajar en una librería. Guardo desde novelas rescatadas del frío de un puesto callejero, en el que se podían obtener a euro la pieza, hasta relatos que encontré en el banco de un jardín de una ciudad de la que no recuerdo el nombre porque debió aparecer en alguno de mis sueños. Todos juntos forman una familia en la que se puede resumir lo más importante de mi biografía atendiendo a los últimos quince años; en todos y cada uno de ellos encuentro un motivo de rememoración que me conecta con una anécdota de aquellos días o con un suceso que por entonces hacía que el aire fuese respirable y duradero sin riesgo de agotarse. Es curioso observar cómo con un sencillo vistazo a los libros que uno tiene se puede hacer una idea de lo que era y de lo que es, aborrecibles materialismos aparte, y la inmensidad que se abre delante de sus narices para que ser bebida al menos en algunas de sus gotas.

Si entro por primera vez en casa de un conocido no dudo en pedir permiso para echarle un ojo a los libros que se encuentran en ella. También se lleva uno sorpresas al entender o no entender demasiado lo que allí sucede; a veces parece mentira y otras veces no sales de tu asombro, de todo se aprende. No queda escaparate de mis paseos, en el que algún libro sea expuesto, que no sea objeto de un vistazo, no sin el resquemor de no poder invertir el dinero del que no dispongo en adquirir por doquier tantos cuantos quepan en mis manos. Es un hábito que te va enredando en una espiral que termina por dar con muchas obras sin leer o leídas a medias, nadie lo puede negar, pero hay una situación en la que ese imán, con cuya fuerza de atracción nuestros ojos y manos se adhieren a los textos, es un irremediable síntoma de que en breve sucederá algo que permita engordar la lista no dejando huérfanos de estantería a capítulos que dieron píe a cambiar el rumbo de la literatura; me refiero al parcial expurgo de una biblioteca en el que se puede encontrar de todo, mucha información que ya no es consultada, mucho número y ecuación, mucho gráfico y código repleto de leyes que han sido derogadas por otras más hábiles en esconder la trampa tras la que aguarda el avariento cepo al acecho del despiste de la ciudadanía desprovista de defensa e información, e igualmente obras que han acabado en semejante paradero por obra y gracia de un impío azar o descuido en las maniobras de los bibliotecarios, quién sabe. En casa del herrero cuchara de palo.

El caso es que un día de la semana pasada, al entrar en la biblioteca, vi que en el pasillo principal de la misma había una mesa sobre la que se encontraban montones de libros al amparo de un cartel que indicaba que se trataba de un expurgo, momento en el que mi pensamiento se frotó las manos y tras el cual, a pesar de que la mayoría de las obras que allí yacían se basaban en diferentes tipos de cálculo, estadísticas y códigos anticuados, temas a cerca de los que no me mueve una gran inquietud, atisbé la presencia de otras sobre las que no tuve más remedio que arrojarme sin encontrar explicación que pudiera sacarme de dudas de qué era lo que las había hecho ir a parar allí, desoladas y solitarias en medio de otras materias con las que nada tienen  que ver. Apadriné, casi de inmediato, "El astillero" de Juan Carlos Onetti, "Tres ensayos sobre la teoría sexual" de Sigmun Freud, unas "Memorias fotográficas" de Juan Villalta y un discurso sobre el debate ecológico, titulado "Más allá de la supervivencia", de Andrew Feenberg junto con "Nuevas aguafuertes" de Roberto Alt y una "Ortografía práctica de la lengua española" de Luis Miranda Podadera. Ahora comparten estancia con el resto de la familia libresca y supongo que de madrugada, como los zapatos de "No mires debajo de la cama" de Juan José Millás, hablarán de sus cosas y se contarán sus historias. Se preguntarán unos a otros cómo llegaron hasta allí y se darán las pertinentes explicaciones hasta que la confianza les vaya soltando la lengua y acaben por contarse los argumentos que encierran y lo interesantes que le resultaron a otros lectores, mientras yo sueño con despertarme con las mismas ganas de contar con la compañía de todos ellos para seguir sobreviviendo.

jueves, 24 de enero de 2013

017, otras cuestiones.







Hace cinco años que conocí a uno de esos protagonistas de las melodías de la calle, a un prodigioso guitarrista errante que dio con sus huesos en Marbella tras los innumerables trámites anteriores con los que la vida le fue regalando motivos para hacerse ciudadano del mundo con razones de peso kilométrico. Después la amistad me ha regalado la permanencia de contacto con semejante artista, y gracias a alguna que otra llamada telefónica y a la esporádica aparición de un mensaje en forma de chiste en la bandeja de mi correo electrónico he ido sabiendo que el buen humor y la estoica capacidad de este huésped del swing, luchando contra una enfermedad a base de un tratamiento médico que hace difícil imaginar que aún le queden fuerzas cada día  para encomendarse al escenario, se encuentran por encima de las ordinarias y extraordinarias vicisitudes del camino y de los atropellos de la disconformidad y la debilidad de la apatía con los que cualquiera se hubiera vuelto loco mientras él sigue en su deambular errante y constante grabando sus joyas en la terraza-estudio de otro que tal anda y del que la poesía no se encuentra muy lejana, lugar en el cual se me brindó hace poco la oportunidad de cantar Peces de ciudad acompañado por estos dos grandes del panorama musical de la más grande y lúcida bohemia conocida hasta el momento por un servidor.

 Lo primero que le escuché de manera emocionada fue Sitting on the morning sun de Otis Reading, tema cuya primera frase él solía cambiar por algo más dado a la simpatía de la lujuria sin dejar de lado la entonación y la maestría con la que el corazón se le ponía, y se le sigue poniendo, en la garganta. Bob Dylan o Duke Ellington, Django Reinhart o G. Miller, daba igual, todo cabía en aquel instrumento diatónico en el que se transformaba su voz, y aquel hombre que iba de un lado a otro del casco antiguo, con su orquesta basada en sus palabras cantadas y su guitarra a cuestas, pasaba de un palo a otro con la facilidad con la que los cuerpos son atraídos por la fuerza de la gravedad sobre la tierra, y así no era de extrañar que si la ocasión lo requería y las nubes no lo impidiesen se arrancara con un Bésame mucho de Consuelo Velázquez para sacarle una sonrisa a esas señoras que no dudarían un instante en colaborar con la causa y dejar algún euro en la yacente funda del instrumento a la vera del interprete.

 Recuerdo cada vez que me trataba de explicar lo sencillo que es el idioma de la música, eso se aprende en diez minutos me decía, y sus consejos para practicar la posición de la cejilla y cambiar con frecuencia de acorde sin que esto suponga el siempre tortuoso trance para el novato a la hora de afrontar con solvencia y resolución la nota de Fa en sucesiva armonía con otras tantas de las que conforman un tema o una escala. Era un tiempo en el que la crisis aún no había hecho la mella con la que ahora nos está devorando y el mundo andaba intranquilo pero con relativa paciencia, a pesar de verlas venir cada vez con más peligro. Las terrazas comenzaban a no ser lo que eran y los turistas no parecían tener una tan boyante ambición consumista como en épocas anteriores, cuando un españolito podía encontrar entre las papeletas del saco de sus posibilidades con echarse una novia sueca y rendir honor al estereotipo marcado por el final del franquismo bajo el modelo de un Alfredo Landa ligón y playero.

Salí de Marbella dirección a Sevilla, de allí me dirigí a Cantabria y luego de nuevo a Sevilla pasando por Cádiz antes de aterrizar en Huelva, y siempre que, en cada uno de los nuevos destinos de los que he disfrutado, he visto la imagen de una estrella sobre la acera o en un soportal, en la boca del metro o en una alameda, en la peatonal columna vertebral que suelen tener casi todas las ciudades o en la puerta o el interior de un garito atractivamente iluminado, he recordado a Miguel en esas aventuras que le llevaron a atravesar Europa de cabo a rabo con doscientas pesetas en el bolsillo, haciendo autostop y poniendo en práctica la libertaría transigencia de los hippies de aquellos días en los que la ceremonia del entendimiento no necesitaba de un currículo vía facebook que la amparase para poder dar con sus huesos cansados de tocar sobre la amistad de un colchón y un plato de sopa compartido.

Hace solo unos días que he volví a disfrutar de su compañía e inteligente conversación y volvieron a surgir de nuevo temas de rememoración como aquellas sus míticas sesiones en el puerto de Saint Tropez, tras las que parecía que el dinero le quemara en los bolsillos y se convertía en un experto cada vez más contumaz en la firme proposición de volver a casa sin un mango, que bien valdrían para alimentar el argumento de una buena película; o el curioso caso de la estación del metro madrileño situada en la calle Génova, en la que se puede disfrutar de una impecable acústica con la que convertir aquel espacio en un lugar perfecto para el ensayo. Siempre me recuerda lo mal que suena mi guitarra, custodiada por él durante los últimos cuatro años, y cuando avanzamos en el recuerdo de las aventuras sale al paso aquella ocasión en la que fue detenido en Bérgamo sin saber a santo de qué y rodeado de tantos policías como jamás había visto en su vida.

Su biblioteca, en la que los libros están dispuestos de arriba a abajo en función de la valía de los mismos, desde las obras maestras hasta los que se pueden considerar de relleno para todo aficionado, está formada por las últimas adquisiciones de una tienda de saldo a la que eventualmente se dirige a devolver los ejemplares leídos para sustituirlos por otros tantos, renovando su intelecto y contribuyendo a que el papel impreso ruede a sus anchas y a buen precio por el mundo. Qué diferente serían las cosas con muchos tíos como este, piensa uno cuando ve lo que se puede hacer con tan poco y cuando el simple hecho de mencionar la fecha del final del tratamiento se convierte ya en una celebración que pronto se olvida del sudor, el sacrificio y el sufrimiento que están costando semejante cabalgada a lomos de una invencible esperanza que es un buen espejo en el que mirarse para continuar luchando y dejar de quejarse por vicio. 
En mi última visita a Marbella le acompañé al ayuntamiento de esta ciudad, lugar en el que desde la entrada uno es capaz de sentir la algarabía burocrática con la que siempre se han escondido los más importantes temas en este pueblo, para solicitar la renovación de su permiso de artista itinerante sobre el trazado del casco antiguo, y en mi afán de recoger nuestro turno sin hacerle caso de la inutilidad de tal trámite para lo que él necesitaba, en una de esas máquinas que te informan de la ventanilla a la que has de dirigirte para resolver tus papeleos, debí pulsar la tecla equivocada porque lo que salió de ella fue algo así como un ticket en el que ponía: 017, otras cuestiones, ante el que a Miguel le salió una cómplice e irónica sonrisa y a mí un: pues no resulta mal título para el próximo disco, maestro.

miércoles, 23 de enero de 2013

Ni más ni menos.







Al igual que nuestras huellas dactilares o nuestro reglamento genético, existen cosas que nos identifican y nos hacen ser únicos e irrepetibles. Hay maneras de andar a las que casi se les supone una patente, como al conductor suicida de la canción, o inclinaciones de brazos y apretones de manos que definen una personalidad determinada. Formas de mirar y de sentarnos, tendencias a abrir el periódico por uno u otro lado, métodos de estudio y procederes a la hora de iniciar la lectura, en esa manera que a cada uno nos identifica en el momento en el que nuestro cuerpo se acopla a la silla o butaca preferida para el cobijo de la soledad empapada en el interior de un cuento, novela, articulo o relato de cualquier tipo. Todo son guisas y procedimientos que realizamos instintivamente, porque nos pertenecen tanto como nosotros a ellos, sin los que no somos nadie o casi nadie, sin los que nos sentiríamos inválidos de autenticidad y desamparados de un código de barras que va por delante de nosotros como embajador de nuestra presencia haciendo desaparecer el aspecto de vacuos espectros que tendríamos en caso de que aconteciese la nulidad de esos rasgos que nos caracterizan.

Sucede lo mismo con nuestras manías personales a la hora de colocar los libros o los objetos más dispares que nos acompañan. Uno puede entrar en su cocina y saber si ha sido movido el más mínimo utensilio, o en su cuarto y descubrir que algo raro sucede por el mero hecho de que el pliegue de una cortina, o la manera en la que se encuentra colocada la colcha, o la posición del despertador nos digan que ha sucedido algo que no estaba previsto: porque en ocasiones nos descubrimos a nosotros mismos en nuestros ademanes y costumbres, hasta el punto de sosprendernos de haber hecho cualquier cosa de una diferente manera a como lo veníamos haciendo desde hace años. Del mismo modo nos manifestamos en nuestra más sincera autenticidad cuando nos observamos adoptando una postura que corresponde a alguno de nuestros progenitores, momento en el que te das cuenta de que te pareces a tu padre o a tu madre mucho más de lo que habías imaginado, observación que sirve de punto de partida para comprender porqué llevaban tanto tiempo recordándote eso que eras incapaz de ver en ti.

Hay procedimientos que nos describen sin igual. Tal es el caso de la firma, esa rúbrica que dejamos plasmada en un papel con el fin de decir esta letra es mía, para lo bueno y para lo malo, para ese montón de documentos que nos vemos obligados a firmar con el fin de que nuestra supuesta vida continúe rodando por los caminos que se le atribuyen debidos para no sacar los pies del plato, y para dejar pasar los días a la espera de ser llamados a un indeseado trámite con el que no se nos deja innecesariamente de molestar acuciando el sentimiento de culpabilidad a causa de que nuestros pulmones funcionen todavía. Y en eso también somos auténticos, en la espera o la impaciencia, en la disposición con la que afrontamos la incongruencia de la burocracia, que los hay quienes son auténticos ogros del terror en sus protestas ante una ventanilla, quienes se lo toman como algo que hay que aguantar sin mas, y quienes se sienten partícipes e identificados con sea cual sea el movimiento, sello, contrato, letra, póliza o resguardo que precise de su presencia para que mengue la sensación de desamparo que algunos seres sienten cuando les invade demasiada paz que acaba por no decir nada de lo que esperan deseosos del morbo y el ruido del cuchicheo y la cátedra de las malas lenguas.

 Recuerdo la emoción que sentí cuando leí que Pablo Neruda lo escribía todo con tinta verde; qué hermosura de gesto. Y algo así quisiera uno para sus aconteceres en el tramite de dejar plasmados los signos que ha elegido para dar fe de su nombre sobre la clausura de un contrato, como atisbando un halo de esperanza y de futura promesa, echando mano del recurso del eterno optimista que nos enseñó Mario Bededetti. Sería bueno hacer uso del color de la tinta en función del estado de ánimo en el que nos encontráramos en cada situación; pasaría esto a ser una nueva manera de doble comunicación: una con el mensaje en sí y otra con la tonalidad elegida para vestir la tinta con la que dicho mensaje ha sido escrito , como si de la mirada de las palabras se tratase.

Son muchos los rasgos que nos identifican sin siquiera abrir la boca, tantos que si utilizásemos la imaginación y el discerdimiento con mas asiduidad podríamos entendernos mejor tan solo observándonos un poco; pero es demasiado el ímpetu que siempre le ponemos a querer escuchar aquello que queremos que nos digan y nada más, o en solo querer ver aquello que queremos contemplar, y por ello nos perdemos la inmensidad de diferentes percepciones que se encuentran en cada uno de nosotros tratando de decir algo, pegadas a nuestro rostro y cuerpo, a flor de piel deseando transmitir algo y a la espera de no ser tapadas por los maquillajes de la hipocresía. Hay rasgos sobre los que el cinismo sale al quite como último remedio pero es más la fuerza de su expresividad que la pobreza de la excusa que trata de remediarlos. Al fin y al cabo andamos desnudos por mucha ropa que nos pongamos encima porque la autenticidad pervive, para mal y para bien, y a ninguna pupila que se precie y no quiera someterse al fraude del caleidoscopio político-comercial se le escapa detalle de la pinta de fantasmas en la que han desembocado nuestra fachadas, como queriéndose esconder de lo que realmente son, ni más ni menos. 

martes, 22 de enero de 2013

Notas extraviadas.









De un tiempo a esta parte hago uso del hábito de ir dejando constancia de las cosas que más me llaman la atención de cuanto leo en los libros que el azar y el ejercicio de ratón de biblioteca acaban llevando a mis manos. Hubo una temporada en la que esa acción se veía reflejada en forma de subrayado, cosa que no me importaba, pues uno andaba aún con aquella idea, un tanto mítica y con buena fama en los pasillos del instituto de mi pubertad, de que los libros son para trabajarlos, de modo que cuando los prestaba sentía el orgullo de lo tatuajes que había hecho sobre sus pieles de cebolla de papel mostrando una inocente arrogancia de investigador que aplacaba un poco mis frustraciones en mis calificaciones de antaño que han derivado en el actual resquemor de no haberme dedicado al estudio de las letras con las ganas que siento lejos ahora.Entonces era emocionante descubrir que Francisco Umbral, gran subrayador, lo hacía en forma de linea ondulante bajo todo aquello que no quería perderse de sus lecturas.
Después los caminos de la vida fueron a parar con mis ilusiones a la sala de algún que otro restaurante y al no cesar mi afición y curiosidad por cuanto las mentes lúcidas nos regalan, y teniendo en cuenta el poco tiempo libre que el oficio deja, iba pensando uno la manera de ingeniarse un método de lectura que lo acercase al estudio propiamente dicho y a la recaudación de aquella información con la que sentirse alimentado por algo que nada tuviese que ver con la memorización de doscientas referencias de diferentes vinos, sobre todo porque cuando salen al paso tantas y tan buenas ideas a lo largo de una página uno siente la tentación de querer atraparlas y dejarlas todas registradas de algún modo estableciendo un orden que le permita rescatarlas para que pasen a formar parte de la tierra sobre la que se sujetan sus pies, como si de una cepa se tratara mi esqueleto necesitado de chispas de ingenio para no secarse aburrido de las especulaciones del mercado en el que se mueve. Pero como tantos otros proyectos basados en el orden, han ido y venido esos cuadernos cansándose de mí y de mi perfecta desogarnización logística en torno a todo aquello que nada tenga que ver con mi profesión, en los que me propuse un empezar de nuevo en mis labores de autodidacta, sin ser completados en su totalidad, y perdidos muchos de ellos y luego encontrados en el momento justo y el lugar menos esperado a la hora de pretender buscar otra cosa, pareciendo el conjunto de notas sobre las que Juan Carlos Onetti escribía y después hallaba en el bolsillo de su gabardina dispuestas a formar parte de algún relato del cual existían otros retazos por cualquier rincón de su escritorio y a los que ahora había que poner en consonancia con lo que cad uno de ellos quería transmitirle a los otros: una auténtica locura.
Ahora vuelvo a contar, una vez más y las que vengan, con la presencia de un par de cuadernos con anillas en los que voy anotando las aportaciones resultantes de los autores con los que tengo el placer de compartir ratos de dicción. Pero el problema ya no es la falta de lugar en el que recaudar las gotas de la fuente de la sabiduría, además del más que probable extravío, sino entender la letra que uno mismo ha hecho, es decir leerse a uno mismo en ese sánscrito de puño y letra cuyos caracteres se parecen más a un lenguaje taquigráfico que al idioma en el que se expresa y le vino en suerte aprender para rodar por el mundo. El siguiente paso es prometerme cada mañana, junto al café y la fruta del desayuno, cuando echo mano de la superficie en blanco en la que escribir el comienzo de un nuevo día sobre la llanura del diario, disfrutando de las caladas del Samson a cuyas espaldas se ciernen miles de juramentos de retiro, prestar atención a la hora de anotar y hacerlo de manera limpia, sobre los cuadernos dispuestos para ello, y no precipitarme en el nerviosismo y el arrebato que acaban por otorgar a mis anotaciones el mítico e ilegible aspecto de cuya fama corre mundial unanimidad la letra de los doctores. De modo que ahora más que nunca me veo enredado en un vísteme despacio que tengo prisa porque de otra guisa corro el peligro de acercarme a los ceros a la izquierda de la compresión de lo que en primera instancia presupongo lo mejor de lo leído, ese tipo de descubrimientos con los que uno mira al techo del cuarto en el que lee y sonríe dándole las gracias a las musarañas de la paz del hogar.

Entonces reflexiono a cerca de la impaciencia que nos invade, en la mayoría de los actos cotidianos y me paro a pensar si no andaré ya lo suficientemente contaminado como para no concederme la tranquilidad de escribir con la parsimonia que se merece todo aquello en lo que recala la esencia de cuanto leo. Pero no hay manera. Como el mismísimo Sísifo vuelvo una y otra vez con mi piedra al hombro a subir la montaña en la que poco más tarde echaré a rodar de nuevo esa roca y vuelta a empezar; y en ese ir y venir me voy conformando con una definición de cultura que escuché también en aquella época en la que corría tan buena fama sobre los estudiantes que subrayaban sus libros dando fe del trabajo desempeñado sobre ellos: esa que decía que la cultura es todo aquello que se recuerda después de haber olvidado lo que se ha leído.

lunes, 21 de enero de 2013

Soledades de escritorio.






Hace unos días leí en "Yo no vengo a decir un discurso", libro en el que se recopilan las pláticas y disertaciones en público que Gabriel García Márquez ha ido dando a lo largo de su vida, a pesar de ser una de las cosas que en principio se había propuesto no hacer nunca junto con recibir un premio, que cuando el Gabo comenzó a escribir "Cien años de soledad", ahí es nada, después de haber plasmado la primera frase no tenía la más mínima idea de lo que iba a deparar aquella aventura, después de haber madurado la idea durante los dieciocho años anteriores. La afirmación me parece escalofriante pues, conociendo la novela y el desarrollo de la misma, y el mundo encerrado en Macondo, que se nos pone delante con una descomunal algarabía de personajes y sucesos entrelazados y magicamente encabalgados, superpuestos y adornados con la más deslumbrante imaginación que mi modesta experiencia de lector tiene hasta el momento, hay que tener una capacidad de abstracción tal, y en las circunstancias personales de pobreza que fue escrita la obra, que no cabe duda de que el acontecimiento, y los posteriores derivados de la misma pluma dirigida por el mismo hombre, puede ser catalogado de lo más cercano a un milagro, sin pretender caer en el pozo oscuro de la superstición, sino más bien diciendo que gracias a la presencia en nuestro tiempo de una persona como el maestro colombiano la vida ha sido, por momentos y a ratos, más vivible por culpa y gracia suya, y no tan a ratos ya que detrás de los universos de esa literatura advierte uno la presencia inmediata de las claves para la exploración de la felicidad con un trozo de pan, el tabaco más barato y un vaso de agua del grifo junto a la seguridad de jamás sentirse solo si se tiene un libro al lado.

Además hemos de hacer referencia a la particular manera en la que "Cien años de soledad" fue enviada a la editorial, para que la leyera el presunto editor que aún había de dar el visto bueno a semejante descomunalidad. Sucedió que en una sucursal de la compañía postal colombiana se encontraban Gabriel y su mujer Mercedes con el paquete del manuscrito envuelto de la más humilde de las maneras que impidiese que ese montón de papeles se alborotaran por el camino, y al serles pedida una cantidad de la que no disponían en ese momento para poder realizar la operación hubieron de dividir en dos el paquete y mandar la mitad, que era a lo que les alcanzaba el presupuesto con las monedas que Mercedes llevaba en el bolsillo, con tal tino que lo que viajó hasta el lugar de destino fue la segunda parte de la obra. A los pocos días el editor se puso en contacto con el autor pidiéndole que le mandara la primera parte de aquella historia porque se encontraba en tal estado de perplejidad que no pensaba en otra cosa que no fuese leer el comienzo de aquel final.

Me imagino la cara de Gabriel en aquella situación tras haber pasado diecinueve meses dedicado en cuerpo y alma a la creación de la novela, aquellos días en los que su casi única relación con el exterior era la de Alvaro Mutis para leer cada uno de los capítulos terminados, quien tiempo atrás le dió un ejemplar de "Pedro Páramo" de Juan Rulfo dejándole caer un para que aprendas, y obra que fue de una decisiva influencia para García Márquez a lo largo de toda su carrera; imagino también el ambiente de la habitación y la colocación del escritorio en el que la familia Buendía entraba y salia de la cabeza de García Márquez, no debía existir otra cosa en el mundo del autor que aquello que se traía entre manos. Acuciaban las facturas y el presupuesto doméstico casi no daba para la subsistencia pero había una idea certera, la seguridad de que lo que se estaba fraguando era uno de los libros con más carga simbólica e imaginativa que se hayan escrito nunca y de que continuar y no desfallecer en el esfuerzo era la única manera de sentirse vivo en este mundo de locos desgobernado por los gobiernos de la discordia.

La soledad se pega a las patas de la mesa en la que el artista crea su obra, a la lámpara de aceite junto a la que el poeta esgrime sus versos, y en cada uno de nosotros cada vez que nos sentimos indefensos ante tanta catástrofe anticipada y resuelta de mala manera por los ruidos de la pólvora y la crueldad de los cobardes. A la soledad que nos asola y nos corrompe haciendo cada vez más grandes las distancias entre los pueblos, de cuyo deterioro el cono sur ha sido uno de los grandes perjudicados de la historia, aludía García Márquez en su discurso ante la academia sueca con motivo de la entrega del premio Nobel de literatura que fue a parar a sus manos en 1982, vistiendo el característico Liquiliqui del Perú en lugar del protocolario frac o chaqué de rigor, y sin duda sintiéndose bastante solo en medio de aquella muchedumbre de gente bien educada que poco o nada sabría entender de lo que hay fuera del negocio de las letras, de la imprenta y el comercio de ejemplares, por no hablar del tráfico de influencias y las incomprensibles nominaciones así como de la asombrosa coronación de muchos autores muy conocidos en su casa a la hora de comer. Y de esa soledad quería yo hablar, de la que acontece en los refugios de la inspiración y permanece a la espera de la compañía de otra soledad que la comprenda en medio de la clarividencia de unos ojos que se hacen pasar por locos de lúcidos que son, como la del voluntario encierro de Marcel Proust, ejemplar donde los haya, o la de tantos otros con cuya obra nos sentimos menos solos e inmejorablemente acompañados..


domingo, 20 de enero de 2013

Posdata.







Queridos Reyes Magos:

He decidido darle algo de tregua a esta misiva con el objeto de ver satisfechas alguna de mis peticiones a lo largo de estos primeros días del año, pero llegado este momento creo que ya es hora de haceros saber mi disconformidad con respecto a la poca atención que le habéis prestado a mis deseos. Puede que fuese demasiado exigente al pediros cosas que trascendían a lo material, pero siendo ustedes magos no pude resentirme a la tentación de acceder a solicitarles su colaboración en una serie de aspectos que bien les valdrían un merecido premio Nobel de la paz, mucho más que a quienes les ha sido otorgado en la pasada edición, a esos rufianes de la mercadería bursátil disfrazados de papá Noel para hacernos creer que son tipos buenos, o a quienes en otros casos se les ha premiado por su sobresaliente colaboración en hacer la vista gorda en el siempre mezquino negocio del tráfico de armas y las invasiones por doquier. Pero a la vista de lo que voy viendo desde el pasado seis de Enero, parece ser que ninguna de mis demandas han sido cubiertas temiéndome que no vayan a serlo nunca.

No sé si es que a vosotros también os ponen restricciones y no os dejan actuar con toda la libertad que quisierais. A lo mejor alguno de esos que manejan los hilos del cotarro siente miedo de que el uso que podáis hacer de vuestra magia perjudique a sus intereses y tanta bondad acabe por tirar por tierra los castillos levantados por la avaricia y la desmesura de falta de escrúpulos. Tal vez vuestros representantes sindicales se encuentren comprados y el soborno pueda más que la ternura de vuestras causas, cosa que no resulta difícil de imaginar hoy en día, o puede que sencillamente os estéis cambiando de bando, perdón por el atrevimiento y la sinceridad, y seáis también de esos que piensan que ande yo caliente ríase la gente y paparrulladas de ese tipo. Esto último me cuesta trabajo creerlo, de modo que he pensado que la causa de vuestro despiste haya podido ser que la transformación de valores a la que asistimos en estos momentos os haya alcanzado y no os hayáis dado ni cuenta, estando tan cercanos a las modas y tendencias,a lo comercial en definitiva, y con las prisas y los agobios, con el stress de vuestro trabajo no hayáis reparado en lo que es realmente importante. Bueno, siempre nos queda la esperanza del año que viene, a ver qué tal se da.

El caso es que mire hacia donde mire no dejo de  encontrar razones para decir que no me habéis hecho ni caso. Las calles siguen con personas pidiendo para comer sobre sus aceras. Las jornadas laborales continúan con la dinámica del pitorreo y la humillación propios de las malas épocas lideradas por serpientes. Los directivos se ríen de nosotros en nuestra cara, al igual que los empresarios, unos junto a otros haciéndose la pelota y asaltándose por la espalda, mientras nosotros nos quedamos sin trabajo y ellos se hartan de champán sin sentir ningún reparo en lo poco merecido de su almuerzo. Compruebo frecuentemente que parecemos, todos un poco, abstraídos en otro mundo como si este no fuera con nosotros, cultivando el egoísmo y acicalando la miseria con desprecios sucumbidos en olvido. Aún veo como nuestros referentes siguen siendo gentes injustas, mentecatos que a penas se expresan con facilidad y que utilizan un lenguaje cuyo conjunto no supera las doscientas palabras; y creedme, me siento algo agobiado por todo esto, y sin pretender pediros explicaciones sí que me gustaría que me proporcionarais otra dirección a la que poder dirigirme y en la que me sienta más escuchado y mejor atendido; no sé, a lo mejor la de  alguno de los aspirantes a ser vuestros sustitutos, con el fin de que no les de tiempo a creérselo todo, porque si no corre riesgo el mito de sepultarse bajo las montañas de la desilusión.

Atentamente:

Jean Pierre Clochard.

sábado, 19 de enero de 2013

Sentirse vivo.







Sentirse vivo es la obligación del ser, de la huida hacia la divina tranquilidad del alma, hacia la existencia de las cosechas de arroz mezcladas con los besos de tornillo y el orgasmo en la mirada, con lazos perfumados sin nostalgia, con la perpetua consideración de la racionalidad al servicio del presente, sin castigar el ego ni masacrar por la espalda el advenimiento del pan y la sal que nos alientan para ser valientes. Huir, huir del mal de la envidia y de la rutina que nos avasalla y nos carcome, pertinaz déspota contra los designios de las letras y las profundidades de la verdad. Sentirse vivo es arrastrar contigo la fortaleza que no te puedes rechazar, que no puedes permitir perderte para que se la lleven otros confundidos con los demás revestidos de ignomínia: esos hijos del cuchillo y la avaricia empedernida y sospechosa. Ahondar, penetrar en los campos de la abundancia de las praderas rociadas con aire fresco, refugiándote en la humildad desde la que todo adquiere la tonalidad de la coherencia, sin fatiga, sin pausa que anticipe un derrotismo prematuro, malsano y chapucero, debastador de los planes del humor y primo hermano del ocaso que se sale con la suya. No lo concedas, no te lo permitas.

Sentirse viva necesita la inteligencia para no darle tregua al chantaje, para continuar el camino hacia la cima de las sensaciones más sencillas, para abolir los recursos y los impuestos de la inquina y el presidio del placer desbaratado en una acusadora instantánea fotográfica que miente más que caga. Volar a ras de suelo, bucear las avenidas, transitar las calles con libertina presunción de inocencia, sin fingir nada, sin morderle a nadie, detestando la guerra y el negocio, apostando por las acuarelas de la calma transitada en cada paso. Llenarse los pulmones con el aroma de las panaderías y los jardines, con los efluvios de las sombras que dibuja la belleza en cada rincón y en cada verbo que se ejerce con intenciones de crecer, de prosperar en las regiones de la bienvenida a buen puerto. Dormir a pierna suelta como un sultán que come pan de centeno y garbanzos con comino, y bebe agua del grifo y sueña con el mar plagado de gardenias coloridas por la siesta.

Sentirse vivo es la razón única y última y primera de la existencia resistente a los golpes de quienes ensucian sus manos con resquemores y atropellos. Salir del paso de las desavenencias del ciclón que te aniquila, ganarle la partida a los juegos del demonio, sin tregua que valga ni tú que te lo transijas ni recorra los senderos de tu cerebro. Hacerle la ola a los racimos del azar coronados con frutas prodigiosas, con hierba luisa y manzanillas anisadas, con mercurio comestible rebosando en las pupilas, en la constancia del punto y seguido y la fuente inagotable del fragmento, sin acabar a cualquier hora, sin acabar nunca, sin programar la aventura por la que vale la pena todo el sufrimiento sosegado por el beneplácito de la experiencia: por la vida entera y cruda y siemple y llana y sencilla y verdadera en las que se sumerge un abanico aireando de mar en montaña, de pueblo en ciudad, de aldea en provincia, de libertad en frontera todo lo que somos.

Sentirse vivo, levantar rascacielos en la piel, componer la sonata de las artes que vacunan, inventar un mecanismo que estimule la eficacia del esfuerzo, aumentar los posibles y los logros de la transparencia, fundar el continente de las condecoradas concordias con coronas de algodón sin sudores en la frente: con justicia y albedríos de liviana y cariñosa transcendencia, con hijos que no se sometan al destino ni al presagio de lo atroz, sin la superstición ni la trava de sentirse en el saber de tener los pies a salvo. Sentirme vivo y sentirme sano es lo que amo.

viernes, 18 de enero de 2013

Corre la tinta.




Corre la tinta por los papeles de la paz, por los hechizos de la mente, ante la claridad de las ideas sigilosas, cuando el tedio se combate con las metáforas de las nubes más hermosas, acudiendo al desenlace del crecimiento de la rosa en la que se posa la ternura de la declaración, del intento poseído por los labios de la imaginación, por la sensación de sentir la libertad de no verle más la cara a los pliegos del cinismo; y eso se consigue en un renglón, en un mutis, en un abismo sin interrupción, en un volcán de lava dispersa por los márgenes del bienestar, de la soledad, en una edad cualquiera, a salvo de la veleidad tortuosa e incierta y de las malas hierbas que incomodando los azúcares pretéritos predilectos crecen de la claridad, de cuanto quede por ser descubierto en esta función, en este teatro en el que si alguien ha de reírse parece ser un no sé si llámase dios.

 Corre la tinta por la pubertad en busca de unas alas, de un capricho, de una definitiva solvencia con la que sentirse curado de los contagiosos espantos del desaire vengativo de las primeras murallas. Corre la pluma y su destino de silencio camuflado sobre el semblante del papel en blanco, como si fuera un barco en mitad de un mar de espuma soñolienta y apoderada por la certeza, cursi y entretenida en indagar en las tinieblas, en la bruma, en el horizonte mas lejano y menos corrompido; sobre la frente del poeta y el perfil de la historia ante la creencias de la fábula y la controversia del poema. Corre la tinta a raudales como corren los niños en el patio de un colegio, sudando sueños sin darse por vencidos, acaparando el mundo entre sus manos abiertas de par en par para que las acaricie la blancura de la luna que aún no está despierta, atiborrando el aire con las minas del pensamiento, con el movimiento de las letras entre los dedos, con la punta de un alfiler purificando la tilde que lo cambia todo, convirtiendo una mota de polvo en un pleno y completo sinónimo del universo.

Corre la sustancia que habita los corazones en forma de correspondencia y expresión, en epístola contra las epidemias, en misiva para combatir la indiferencia, en pomada contra las arrugas de los latidos que se resisten a sucumbir y escriben adheridos a los adjetivos de lo bello, de lo eterno y sagrado, de lo auténtico y duradero sin atender las amenazas del tiempo, supeditándolo todo a las realidades transformadas sin parangón, en la canícula hirviente del escritorio retirado a los páramos del consuelo bautizado con lecturas. Corre la intuición del guarismo de la prosa, la ansiosa facultad de decirlo todo en dos palabras, en tres ecuaciones sucesivas en las que se invierta el orden de la nostalgia y lo determine en las raíces cuadradas de la razón, en un ciclón efímero e infinito de significados por los que se escurren las lenguas y los idiomas que aún no se han hablado.

Corre la tinta en un invierno al sol y en un verano helado, en un otoño de cartón y en una primavera de secano; corre y se escure por los lados de mi habitación, por los rincones de las treguas de la inspiración, por la lejanía de los capítulos que no recuerda el autor, por la muchedumbre de las comas y los puntos y los signos de interrogación, por el hábitat complejo de las agujas del reloj. Corre la tinta y tras ella corre mi voz.

jueves, 17 de enero de 2013

Pereza mental.





Mucho antes de venir a Huelva, cuando estudiaba en Sevilla, hace ya unos quince años, escuchaba con frecuencia, en primer lugar por parte de algún compañero onubense y mas tarde por cualquier otro mínimo o nefasto conocedor de este lugar, que la característica principal de esta ciudad era que no tenía nada, que no había nada, que la nada era el todo en el que se respiraba en este punto del planeta. Pero aquello era dicho con tal naturalidad que a uno le asaltaban dos sensaciones al mismo tiempo: por un lado comprobarlo de manera inmediata lo antes posible, y por otro dar por hecho algo que parecía irrevocable y ante lo que no cabía el menor margen de duda. Después muchas han sido las veces que he pensado en Huelva, sin todavía haber venido a ella, cada vez que alguien me hablaba mal o con cierto desdén y desgana a cerca de algo, de una película o un libro, de una persona o una obra de teatro, de un restaurante o un profesor, comprobando, en ocasiones/siempre, que no tiene porqué coincidir con la percepción que uno pueda tener sobre nada que aparentemente sea irrefutable, por detestable que sea el objeto de la desdicha calificativa apoyada por la mayoría presente ante las declaraciones, la sensación adquirida por cualquier otra persona, y practicamente jamás cuando nos referimos a lo que necesita de agudizar los sentidos para palpar la esencia del asunto a tratar, como es el caso de las ciudades.

 A partir de entonces y al mismo tiempo comprobé que nunca había consenso entre las opiniones extraídas de la contemplación de una obra de arte o de la lectura de una novela por parte de los compañeros que me iban  tocando en suerte y las mías, y de esta forma, y conociendo cada vez mejor el baremo por el que depende qué amigo se regía, yo sacaba mis preliminares conclusiones a cerca de una película, sin haberla visto, como quien lee la contraportada de un libro que no se decide a comprar. El resultado de todo esto ha sido siempre el mismo una vez que me he dispuesto a comprobarlo por mí mismo: el asombro y la sorpresa, la inmensidad que encierra el mundo que se encuentra justo al lado nuestro, lo grandes que son las cosas y lo premeditadamente cerrados que nos vamos volviendo emitiendo gratuitamente opiniones basadas en conjeturas que carecen de sustento ni vivencia por el mero hecho de que no nos atrevemos a decir que no tenemos ni idea de esto o aquello.

Hoy en día es muy frecuente, teniendo en cuenta la cantidad de barbaridades y de mala información que de un plumazo uno puede obtener en la red, ver como se habla desaforadamente a cerca de asuntos de los que el rigor para afirmar los argumentos que se sostienen, obtenidos de fuentes de dudosa competencia emparentada con el cotilleo, viene dado de una serie de conclusiones cargadas de prejuicios iniciales que se han convertido en costumbre. De modo que la parte positiva la tenemos llegando a la conclusión de disponer del infinito delante tuyo; es como darle la vuelta a la tortilla, para entendernos. O sea, que habida cuenta de la ingente cantidad de desorbitadas y desaforadas estupideces que uno tiene la posibilidad de escuchar a diario, aprendiendo no siempre a cómo hacer las cosas sino a cómo no hacerlas, el papel en blanco aguarda a la espera de que lo rellenemos con la sencilla realidad apartada en cualquier esquina, de la que nadie parece darse cuenta, y en la que se encuentra las mejores instantáneas que puedan ser conseguidas en la actualidad.

Poco a poco, a lo largo de los tiempos, el hombre ha ido tratando de hacer de la sociedad un enjambre en el que, además de que los zánganos sean cada vez más y a ser posible con mejor vida, se disponga de lo necesario para alcanzar eso que conocemos como calidad de vida, de cuya relatividad podríamos estar hablando años, y transparencia de información con el fin de alcanzar el grado de desarrollo que se merece una incivilización como la nuestra. A simple vista parecen objetivos y causas bastante nobles, solo que con el inconveniente que ha acabado por arrasar con los matices intelectuales de irrevocable necesidad que serían precisos para que todo eso se condujese por los surcos de la verdad, viéndonos encerrados en la ignorancia de las falsas apariencias, sitiados por la comodidad de no mover un dedo, siendo esto de tontos ya, para buscar por nuestros medios aquel dato que nos haga salir de dudas, y habiéndonos convertido en parte formante del negocio de la tontería inyectada en vena con la que nos adormece la publicidad, la moda, las tendencias a cual más incongruente, y lo que es peor y más triste: la pereza de no pensar por nosotros mismos.

miércoles, 16 de enero de 2013

Cartas marcadas.





Después de una semana de vacaciones la vuelta a la faena ha sido casi traumática, algo desprovisto de la compañía de la dulzura del encanto de esas cosas en cuya dedicación nos ensimismamos. No acostumbro soportar este tipo de desencuentros con las actividades que sufren un paro eventual, pero a medida que voy madurando, en contra de lo que sería normal suponer, mi reticencia a adaptarme sin ningún problema a algo tan vulgar como el trabajo, el oficio con el que uno se viene ganando la vida desde hace ya no sé ni los años, más de la mitad de mi vida, es la nota dominante, lo que me define, lo que, si no fuera por ese montón de pequeñas tablas de salvación, no sería capaz de superar. Evidentemente la situaciones se dan por alguna razón; tiene que haber algún motivo que les permita existir para hacer uso de la queja y la excusa tras la que se desliza nuestro malestar, pero ¿quién es el valiente que sale, hoy en día, a la calle con la ilusión de ver en la figura de su jefe a esa persona que te reconoce el trabajo y la aportación de ideas sin hacérselas suyas, honrradamente, llevando a la práctica el método del que todo el mundo habla pero nadie conoce o ha visto reflejado en su equipo o empresa, ese en el que todos participan con sus contribuciones siendo escuchados y lo suficientemente valorados?

 La respuesta puede que sea practicamente nadie o muy pocos, por no decir que en integridad no se conocen grupos de trabajo que den fe de ello; y no ya por lo difícil que resulta la gestión de los recursos humanos, haciendo que cada cual se identifique con su labor y consecuentemente sea válido para el objetivo final, sino que además, o principalmente, los que se encuentran en la cúspide de la pirámide no actúan con la debida transparencia, no son del todo legales ni consecuentes, no se ciñen al significado de sus palabras y el resultado es la amalgama de diferentes discursos, uno por empleado, que convierten un plan de acción en un castillo de naipes hacía el que el individuo algo despierto llega a tener cierto grado de conmiseración sin plantear queja alguna, por miedo a indeseables represalias, y deja las aguas como están, perdiendo la dirección una nueva oportunidad de ser consciente de las fugas encontradas en las tuberías de sus instalaciones organizativas; claro que haber llegado a determinado puesto, con las más deshonrrosas artimañas, y ahora tener que asumir que haya personas que ocupando un lugar de menos rango hagan uso de su sentido común e inteligencia, ejercitados y regados a diario a base de lecturas y estudios, de cultivos de la sensibilidad, mejor que el arribista de turno necesita de una dosis de humildad que no ha debido entrar en los planes de formación, ni familiar ni académica, de quienes se creen con derecho a utilizar gratuitamente las virtudes de cualquiera en beneficio propio proclamándose cínicamente agradecidos al esfuerzo derrochado por un conjunto del que dudosamente se sienten parte.

Por eso ahora se encuentra muy de moda, por parte de los directivos, decir que se sienten enormemente orgullosos de los miembros de los equipos de trabajo que forman parte del plantel que tienen delante, cuando lo que tendrían que ponerse en la boca es un muchas gracias compañeros por salvarme el culo y manteneros ahí, al margen, y dejar que no cesen de colgarme medallas, que ya sabéis que me encanta y me vuelve loco el ajetreo del medallero, al mismo tiempo que todos se miran como diciendo pero qué dice este si el otro día un poco más y se le escapa delante mía que fulano o zutano como se descuiden están en la calle, pero qué dice  este si con hoy ya es la segunda vez que me avisan de que algunos de nuestros puestos se encuentran colgados en portales de búsqueda de empleo en internet, pero qué dice este si casi necesita un papel para decir algo tan simple como una serie de sencillas razones en base a las cuales la empresa funciona, pero qué dice este si no se acuerda de la mitad de lo que le comenté cuando tanto necesitaba hablar con él, pero qué dice este.. ahora, con una copa de Champán en la mano.

Son bastantes las razones que nos demuestran a diario lo inútil que puede llegar a convertirse cualquier intento de ennoblecer una actividad, porque siempre hay buitres a la espera de que las hormigas terminen de hacer su trabajo, el que les honra y con el que dignamente pueden ir con la frente muy alta a cualquier sitio, sintiéndose uno un tanto desamparado en aspectos laborales por ir, cada vez con más ahínco, dejando de tener afición a romanticismos de tipo juntos llegaremos lejos. Trato de entenderlo todo, de comprender lo que me explican, pero no encuentro mayor signo de bajeza moral que desacreditarse a uno mismo dejando a un lado los principios con los que por la mañana salió de casa sin atreverse a dejar constancia, de pautada y educada manera, ante esos que son llamados superiores con el aliento de los cuales se están intoxicando las equilibristas ecuaciones de la desembocadura del concepto de empresa por culpa del maldito hábito de jugar con las cartas marcadas, en ausencia de cuya baraja se sienten tan desamparados que lo único que se les ocurre es mirar el horóscopo o recurrir a un vidente tras otro hasta conseguir que les confirmen que son los más listos del mundo.


lunes, 14 de enero de 2013

Dulce monotonía, perfecto desorden.




Después del trajín del trabajo, de las miradas al reloj para no llegar tarde, de la precisión en el reparto de las horas para dar abasto a todos los movimientos con los que sentirnos a salvo, de los requisitos burocráticos y el amontonamiento de papeles, de todo eso en lo que empleamos tanto tiempo mientras los días se pierden, se van, se difuminan en la ruleta de la agenda sin a penas darnos cuenta de que cada vez nos queda menos, nos vamos a la cama con la sensación de que todavía nos restan un montón de ejercicios pendientes de los que depende poder seguir o no jugando la más triste y absurda partida de ajedrez de nuestra era: la que tiene lugar en el tablero del sinsentido del sine qua non. La velocidad a menudo es frenética, tanto que uno acaba preguntándose, cuando ve a sus conciudadanos danzando por la calle el vals de esta comedia, si servirá para algo tanto esfuerzo desparramado en firmas y pagos, en recogida de tickets y apertura de bolsas, en pulsaciones de teclas y esperas fraudulentas. Necesitamos, para tenerlo todo en el orden que se le suponen a las cosas, de una serie de lapsos que todos juntos alcanzarían una escalofriante cifra con la que la misma vida se vería hipotecada. Y con la cabeza gacha y el ímpetu de los borregos, repetimos a diario el movimiento, la escena, la marcha metódica, como si fuésemos máquinas, en pos de eso que se recubre de un qué dirán, gota que colma el vaso, si se enteran de esto o de aquello y me ven con estos pelos. La libertad se encuentra en nuestro interior y el autoconocimiento es una de las mejores puertas que nos puede llevar a disfrutar de las pequeñas dosis que aún perduran dentro de este automático caos rebozado en compromisos aduaneros con los que se nos somete al examen de las lupas del poder.

Debido a que mis cavilaciones se centran en este tipo de asuntos, de un tiempo a esta parte, cada vez con más frecuencia, y consecuentemente con menor grado de sentimiento de culpabilidad a medida que progresa el pensamiento en dicho campo, cuando tengo la oportunidad de disfrutar del jugo de los quehaceres más ordinarios con el cariño que se le pone a lo que se le otorga la importancia suficiente como para que pase a formar parte importante de mi sencilla y transeúnte vida, no dudo un instante en recrearme a la hora de quitarle el polvo a las botellas que decoran mi apartamento o de preparar la cafetera escuchando blues, de tender la colada sonriendo a las vecinas u ordenar mis libros con el mimo que no se le supone a las adquisiciones de saldo, de afinar la guitarra entablando conversación con ella o de completar mi diario a modo de hábito con el ritual de la inspiración de las musas del tabaco incluido y de abrir las ventanas al amanecer para que la casa se vaya haciendo a la idea de lo que significa la vida verdadera, el acto de aspirar y espirar aire sintiéndose uno fundador de un universo interior en el que habitan el cúmulo de diversiones y de preferencias a las que siempre querría darles la preponderancia que se merecen. Me refiero al mero transcurrir del tiempo en compañía de la salud y el bienestar, ricos o pobres, al manantial de posibilidades que nos ofrece la mera existencia con solo estar vivos para contarlo.

En esto he empleado las dos últimas jornadas: en hacerme un hueco entre tanto desbarajuste confundido con creencias, en llegar a la conclusión sin necesidad de una meditación fuera de lo normal de que cuando nos paramos a escuchar a los enseres que nos rodean en nuestra casa, esos que viven con nosotros, los mismos que nos espían y saben más de lo que nos podemos imaginar, la patria que se cobija entre los tabiques de la república independiente de nuestros hogares rebosa de caldo de cultivo con aroma a sincero y firme bienestar, a dulce monotonía que no precisa de inversiones para sentirse realizada y distraida, a perfecto desorden que por nada del mundo cambiaría su sosiego por el insidioso nerviosismo de la lucha por la vanidad del éxito contaminado de las artificiales aspiraciones con las que tratan de engatusarnos cuando damos un paso más allá de la puerta; motivos por los que me gustaría continuar así durante mucho tiempo, solo que tarde o temprano tendré que volver a formar parte del batallón a la espera de la hora del fusilamiento; eso sí, sin que me quepa la menor duda que en cuanto pueda asaltaré de nuevo la ocasión para el desquite.