miércoles, 27 de febrero de 2013

Un digno indignado.








Una tarde del pasado mes de Octubre, en la biblioteca de Aljaraque, pueblo de la provincia de Huelva en el que se siente la misma aburrida hospitalidad de ciudad dormitorio que en Móstoles, buscando alguna obra de José Luis Sampedro dí con un ensayo, en forma de manifiesto y clara exposición de ideas en clave de un claro despliegue de verdades a las que les hace falta la compañía de la esperanza, cuyo prólogo ha sido escrito por éste: Indignaos, de Stéphane Hessel. Entonces andaba yo con la idea de que toda la simiente del movimiento en torno a la indignación ciudadana que tuvo, y por fortuna continua teniendo, su representación en el 15-M venía del casi omnipresente mensaje que José Saramago dejaba, en forma de indeleble huella que da mucho que pensar, tras la lectura de cualquiera de sus obras. Pero fue entonces, cuando tuve el libro de Hessel en las manos, cuando realmente me enteré de que fue este señor quien incitó a no bajar la guardia en el siempre romántico afán de no tirar la toalla mediante la noble manera en la que el pueblo puede hacerlo: protestando y poniendo en escena una férrea solidaridad y alianza hacía todo tipo de necesario compromiso y con la convincente ilusión de que las cosas pueden mejorar y ser de otra manera.
El primer aspecto que me sorprendió, y con el que sentí una de esas sanas envidias que le hacen a uno pensar que con el tiempo le gustaría ser como ese hombre, fue su edad: pasaba de los noventa, algo en común con el prologuista de la pequeña gran obra que resulta indignaos, con el maestro de la sutileza y el sentido de la justicia, con el economista más cabal e inteligente del que la tierra haya dado muestras de presencia: José Luis Sampedro. Conformaban, pues, un tándem como lo son el tomate y la albahaca, como la manzana y el azafrán, como el pan con queso, como la aceituna negra y el mango o el Sauternes y la miel, un matrimonio de los llamados inseparables en el terreno de las ideas, para el que aún en el final del trayecto quedaron fuerzas con las que manifestarse de tan lúcida y contundente manera, tanto como si tuvieran no más de veinte años: hecho que explica la multitudinaria respuesta y la fácil asimilación de conceptos por parte de quienes se vieron obligados, embaucados por el incentivo de la honradez de los motivos, a llevar a cabo la puesta en marcha de la indignación.

Hoy, a sus noventa y cinco años, Stéphane Hessel se dispone a descansar definitivamente, y a buen seguro que lo hará con la tranquilidad que otorgan los trabajos bien hechos. A partir de hoy no tendrá que rendirle a nadie cuentas sobre la sabiduría de sus pensamientos ni del razonamiento en torno a la equidad humana de sus planes, sencillamente bastará con el recuerdo de su presencia y sus planteamientos para sentir que todavía se encuentra entre nosotros, como todos los que han pasado por el mundo dejando el rastro de una inquebrantable visión de la dignidad regalándonos su más profundo conocimiento. Siempre tendremos el consuelo de la estantería de la biblioteca en la que encontrar su compañía cuando nos asalten las dudas sobre los porqués de esta caída en picado, pero con él pronto encontraremos la solución para saber que merecerá la pena seguir intentándolo reafirmándonos en una serie de valores para los que la justificación es lo más parecido a la inteligencia.

martes, 26 de febrero de 2013

Olvidadiza dulzura.








Parece mentira, pero una de las cosas que logra que parte de la ciudadanía se envuelva en un par de horas de relativo sosiego y olvidadiza dulzura del presente ha venido a ser el fútbol. A lo largo de esta semana se celebrarán dos partidos entre los dos mejores equipos de la historia de nuestro país: el Real Madrid y el F.C. Barcelona. España entera se divide en el color de sus sentimientos decantándose por uno u otro lado mientras ignora durante un rato lo que hace meses no deja de atosigar las cuentas corrientes de la mayoría: la presencia en los buzones de recibos a los que no se podrá hacer frente y el recordatorio de impagos tras los que algún ministerio se verá obligado a tomar medidas que ponen el agua al cuello a los muchos que no saben cómo arreglárselas para salir del cenagal en el que se encuentran, después de haber sido engañados por la letra pequeña de los documentos bancarios y de a duras penas flotar a la deriva del mar del desempleo.

El fútbol ha venido a salvarnos por un par de horas en las que al menos tendremos a nuestro equipo al frente de la situación durante los sagrados noventa minutos, que tendrán la virtud de actuar como un narcótico, que no querremos que terminen jamás, porque con ellos nos beberemos la medicina del adormilamiento en un sueño que nos despegue de la cruda realidad. La gente se traslada de un lado a otro del territorio nacional, cruza provincias, comunidades, empeña algún futuro capricho a cambio de la asistencia al acontecimiento. Por las carreteras transitan autobuses cargados de hinchas que en la parte trasera del vehículo exhiben las pancartas que les llevan a la tierra prometida del espectáculo, a la Meca que todo aficionado tiene grabada en el corazón de su infancia, y a pesar de que el partido se haga muy corto, de que ese poco más de dos horas pase en un instante, permanecerán ausentes de los problemas y no les apetecerá querer saber nada de nada ni de nadie que no tenga que ver con los goles y la celebración de la victoria.

El ser humano busca refugio y lo encuentra, saliéndose de los márgenes marcados por lo inexorable para bucear como un niño, que se cree estar en el fondo del mar cuando realmente se encuentra debajo de las sábanas en una noche de invierno en la que busca con una linterna más allá de los límites de la realidad. Dejó dicho Marx, con gran razón, que la religión es el opio del pueblo, y hoy en día, con tintes no tan oscuros ni supersticiosos, el fútbol viene a suplir las flaquezas del ánimo de una sociedad encerrada en un callejón si salida. Independientemente de quien gane esta noche espero que los protagonistas del partido sepan de la labor que realizan ante tanta alma que deposita en ellos la confianza de hacerles olvidar por un par de horas la pesadilla a la que han de volver cuando el árbitro decida que ha llegado el final del encuentro.

lunes, 25 de febrero de 2013

Paseo nocturno.













Me sucede con frecuencia que antes de salir a pasear parece como si tuviera la certeza, la premonición acompañada de suspense, de que me cruzaré con alguien a quien hace mucho tiempo que no veo. Luego, una vez que pongo el primer paso en los espontáneos senderos del trayecto, sin rumbo fijo ni obligaciones horarias que condicionen mi viaje a pie por los entresijos de la ciudad, olvido esos presentimientos porque las pupilas se encargan de pararse en todos lados y en ninguno y es como si se exiliara el pensamiento en un mundo aparte en el que reina lo imprevisible, de acá para allá, y a penas si vuelven a tener alguna importancia esos presagios anteriores a la salida, volcándose ahora las energías en la inercia desatendida de toda obligación con la que se dejan llevar el cuerpo y el espíritu por lo lugares más dispares, preferentemente por los que nunca se haya pasado anteriormente, enriqueciendo el bagaje pasajero e imaginando que acabo de llegar a un pueblo desconocido, a otra ciudad que no aparece en el mapa, cuyas primeras muestras son estas instantáneas que van tomando la retina y el olfato desatendiendo cualquier gesto que incite al postizo formalismo en el que hemos sido educados que inconscientemente conduce a guardar las apariencias. El día es un continente muy apropiado para caminar e ir en busca de lo que pasa sin que nadie te lo cuente, pero la noche encierra el misterio de lo callado, de lo que ha de ser interrogado de una manera más delicada, más en silencio y deduciendo más agudamente lo que nos quieran decir las cosas que habitan el paisaje urbano.

Los paseos se caminan, se ven, y se huelen. El olor a gasolina y a frenazo sintoniza a fondo con las manchas sobre el asfalto, con las marcas de neumáticos y semisecos chorros de aceite de cárteres de vehículos antiguos, y la humedad acumulada en los surcos de los bordillos, en los que todavía quedan restos de agua tras haber sido limpiadas las calles, sintonizan con las primeras horas de la madrugada: esas horas en las que los operarios de limpieza saludan al viandante con la seguridad de disponer de la legitimidad del esfuerzo en sus manos, esa reconfortante sensación escénica que les hace protagonistas de sus habilidades y propietarios de una franja horaria como se es de las señas de identidad en un pasaporte; unos, con una especie de pinganillo colgando de una de sus orejas, escuchando música o uno de esos programas de radio a los que llama gente preocupada o imposibilitada del refugio del sueño o de ambas cosas, y otros concienzudamente atareados e indicándole al chofer del camión que les precede cuándo es el momento oportuno para salir en esa frenética estampida en la que un par de ellos se convertirán en hombres araña y se adherirán de un salto a la parte trasera del remolque. Entonces pienso que el horario de la noche, para quienes ejercen en ella, es como una patria en la que se va forjando un modo de vida, y en cierta manera un privilegio, pues en ese afán en el que se ganan el pan cuentan con la favorable posición de no tener que fingir sonrisas ni tener por qué escuchar una tontería detrás de otra; ahora bien, a cambio de una inigualable función que nos permite al resto encontrarnos el mundo recién pintado a la mañana siguiente a base de un superlativo ejemplo de humildad y dedicación por parte de esos hombres vestidos con chubasqueros de vivos colores, que no dejan de ser héroes, Ulises que sacuden palmo a palmo el polvo de las calles.
Les ocurría a los panaderos de mi infancia, y a los que trabajaban en fábricas cuyo ritmo de producción no frenada a lo largo de la madrugada, en apartados polígonos industriales, o a los camioneros que atravesaban la península en una época en la que los controles de seguridad por parte de los agente de tráfico no era tan meticulosos como lo puedan ser ahora. Entonces los conductores se jactaban de haber estado muchas horas al volante como si eso fuese un ejemplar símbolo del oficio que significara la consecución de un logro o la obtención de una condecoración gremial con la que amenizar la siempre fabulada cháchara entre colegas, como si jugarse la vida fuera motivo de un orgullo parecido al de los toreros o al de esos albañiles que se subían en un endeble andamio a muchos metros de altura haciendo gala de su desprotección como insignia de su valor. La noche ha tenido siempre su signo de unicidad, su patente de corso, su sello de lo exclusivo, la marca registrada y el código de barras del pararse a pensar, y por ella se deslizan multitud de detalles en cada una de las cosas que ocurren, por pequeñas que sean, arropadas en ese silencioso pergamino en el que escriben sus versos los brillantes ojos de los gatos y el vuelo de las lechuzas.
Vivir en una ciudad en la que la inseguridad no es un tópico es una ventaja porque le permite a uno iniciar el recorrido sin la anticipada barrera de la precaución a todas horas y particularmente de noche, y a ser posible de madrugada, cuando las calles se encuentran vacías y las farolas iluminan solo los rincones que permiten guiarse para no perderse a lo largo del itinerario. A pesar de la oscuridad de algunas calles, en Huelva es difícil que irrumpa la intuición de que algo peligroso nos puede estar esperando detrás de la esquina, aunque nunca se sabe. En el casco antiguo el brillo del pavimento recién regado y resbaladizo es el mayor de los peligros, por riesgo a dar de bruces en el suelo, pero la benevolencia e inocencia con la que siguen mirando los escaparates a las dos de la mañana es síntoma de que el tiempo a penas si conoce esas franjas que dividen los horarios en una parte comercial y en otra en la que la luna se esconde para no verle la cara a los ladrones que fustigan la tranquilidad de quienes descansan con un ojo abierto en otros lugares del planeta, cosa que hace pensar que la tregua puede ser violada en cualquier momento, por lo que ese misterio hace que esta desapercibida ciudad mire de manera especial al Robinson urbano de la noche y le deje a éste alguna de sus preguntas sin responder.

En Taxi Driver Robert de Niro esgrime su particular plan para acabar con la delincuencia propia del Bronx y las zonas bajas de Nueva york, y tras muchas jornadas transitando la noche de cabo a rabo en su desfasado y destartalado coche amarillo, pone en marcha un plan de acción con el fin de rescatar a una joven del barrizal en el que se encontraba metida, ese lodo en el que conviven las drogas y la prostitución, los chulos y la policía sobornada, los garitos de alterne y el olor a sudor y a faldas de skay y labios rojos con dentaduras melladas. Todo eso también le pertenece a la noche como a ninguna otra parte del día; en ella el tiempo obtiene otra textura, los corazones laten a ritmo distinto, la pausa y el suspense conviven con la tranquilidad que se pueda adivinar más allá de las ventanas y balcones tras los que presumiblemente la gente descansa, o no duerme por tener demasiada atascada la cabeza con el blues de la cuenta corriente. La noche es la jornada de reflexión previa a las elecciones que hayan de tomarse al día siguiente, y en un paseo a través de ella se pueden obtener las instantáneas de la soledad en estado puro, mientras todo reposa y las paredes aún no se explican el espectáculo que nuevamente será brindado con el sol. 

jueves, 21 de febrero de 2013

Coliseos espectrales.








De la misma manera que al cruzarme con alguien me figuro cosas que puedan tener algo que ver con esa persona, preguntándome en qué orden estarán colocados los libros de su biblioteca, o cómo de tranquilo o indignado se debe de sentir ante tanta turbulencia burocrática ese ser del que no sé ni el nombre, igualmente cuando detengo la mirada en algún edificio me pregunto cómo se celebraría la inauguración del mismo, cuántas familias habrán vivido ya en él desde entonces, qué incidentes han podido suceder en sus interiores o de qué manera coexistieron los sucesos más representativos de las épocas que han ido siendo archivadas en el recuerdo mientras iban envejeciendo sus inquilinos a la par que la aparición de alguna que otra grieta. Me hago estas preguntas creo que por un instinto de justificación hacia mi presencia en el mundo, como queriendo deducir algo con lo que satisfacer mi curiosidad por el entorno, por formar parte, aunque ausente y solitaria, de todo este conglomerado en el que me incluyo y al que se unen las reflexiones de mis paseos, para sentirme acompañado por la capacidad regalada de la fabulación de la que gozamos los que tenemos la suerte de no contar con una desgracia que acucie nuestras vidas, cosa que valoro con la alegría y el regocijo de quien se sabe poseedor de la tranquilidad necesaria para dedicarle al día el homenaje que se merece por ser único e insustituible, por no poder vivirse de nuevo.

Tengo tendencia a venerar a algunos artistas más allá de la simple admiración que pueda sentir por ellos, a esos genios del pensamiento que con sus creaciones nos conmueven y nos ayudan a hacer de la vida un lugar habitable y dado a los planteamientos con los que proponerse aprender a saber vivir: músicos, pintores, escritores o vagabundos, en los que uno encuentra cosas con las que alimentar su espíritu y sentir el alivio propio de la libertad que indolentemente se encuentra en la merecida salubridad del crecimiento que tantos males remedia, y casi de la misma manera siento una devoción muy especial por algunos lugares, por edificios y construcciones, por templos, fachadas de catedrales, portales, plazas o columnatas de museos, por la arquitectura en general y en particular por aquella diseñada para reunir a las masas. Desde que era un niño me sedujo la capacidad de la que disponen algunos lugares para albergar a mucha gente, como es el caso de los pabellones, estadios, teatros o plazas de toros. Recuerdo que en mi adolescencia en un libro de texto de latín encontré una foto del Coliseo Romano que no dejé de mirar a lo largo de todo el curso. Inagotablemente todos los días me paraba a echarle un vistazo a aquellas ruinas fotografiadas para imaginar los tumultos que había visto en alguna que otra película típica de las tardes de los Domingos, a los cínicos saliendo a contracorriente por sus vomitorios, al público pidiendo la muerte de  un cristiano, la absolución de un César con su dedo en alto o aquellos gladiadores que tan en desventaja luchaban contra un mucho mejor armado y más numeroso grupo de elegidos contrincantes.
De hecho siempre que he podido, a pesar de que mi afición por el fútbol ha ido menguando a medida que ha crecido mi interés por otras cosas, me he metido en uno de esos coliseos modernos, en un estadio, en los que por fortuna la diversión gira en torno a un juego más noble y menos sangriento que los de la época romana, solo por la curiosidad de volver a percibir la sensación de sentirme acompañado por veinte, treinta, cuarenta o cincuenta mil espectadores, por estar junto a un montón de hinchas que grita y desfoga la carga laboral acumulada a lo largo de la semana mirando cómo se pasan el balón sobre una alfombra verde veintidós jugadores que mueven pasiones; y por ende cuando he tenido la oportunidad de asistir al interior de un recinto no he dudado en admirar continuamente las claves de esa fortificación levantada a base de hormigón y muchos cálculos matemáticos que a veces ponen al filo de lo imposible las leyes del equilibrio, así como los cuantiosos motivos de ornamentación que penden de techos y paredes, o los rematados detalles con los que las escalinatas, balcones, ventanas o puertas con los que algunos emblemáticos edificios, como los más importantes teatros y museos, le brindan a la mirada la posibilidad de favorecerse por un rato de la admiración de la belleza y dar cuenta de lo trabajoso que debió ser llevar a cabo semejantes proyectos de colocación y administración de simetrías para que el resultado fuera algo tan maravilloso.

Si paseo y veo cómo un grupo de grúas se afana en transportar hierros y materiales pesados a la vez que decenas de obreros levantan tabiques, encofran, enyesan y mueven kilos de cemento, le pregunto a cualquiera que haya por allí qué es lo que están construyendo. Es una tentación que no puedo reprimir: quedarme embobado ante el portento de lo que es grande e imaginarme en qué se convertirá eso que acaba de ser abordado e insinúa el aspecto de lo descomunal, como cuando era niño y quedaba horas y horas viendo trabajar a los albañiles que circunstancialmente hubieran ido a mi casa para hacer una reforma, y de paso empezar a pensar todas esas cosas parecidas a las conjeturas y cavilaciones que da de sí el pensamiento de la observación. Por eso cuando paso junto al solar en el que hasta hace poco había un edificio o sede famosa, y a consecuencia de cuya demolición solo existe una explanada a la espera de ser atacada por las garras de algún proyecto ávido de dinero, intento atravesarlo saltándome la valla para caminar por el corazón de esa nada en la que hubo un algo admirado y de lo que ahora nos queda solo el anuncio de la próxima constructora encargada de levantar unos cuantos bloques de pisos, o una serie de salas de cine que el público de a pie no podrá visitar debido al alto precio de las proyecciones, adosados a un centro comercial subvencionado por las arcas del estado que acabará edificando alguna empresa promovida por el desleal propósito de no respetar los cánones éticos, que se le suponen a todo código deontológico, y acaparar imprevistas comisiones con las que engordar la cuantía del presupuesto.
El otro día me desmarqué en busca de algo diferente en mis pateos por la ciudad y me atreví a visitar el solar del antiguo estadio Colombino de Huelva, la cuna del balompié español, el campo del equipo decano del país y, al contemplar aquella explanada vacía y silenciosa en la que un grupo de jóvenes había ido a pasear a sus perros, sentí de nuevo lo mismo que en otra ocasión en la que el escenario fue el viejo campo de Atocha, en San Sebastián, también bajo el espectro desaliñado de un solar con matojos: una sensación de grandeza despojada de todo rastro material, una imaginada mole en el silencio, y la impresión de estar de pie en el centro de lo que fue la olla a presión en la que se dieron cita miles de personas a lo largo de más de medio siglo para vitorear a su equipo, y atravesé aquel solar imaginando lo que allí vivieron tantos deportistas y aficionados, los gritos que sacudieron los cimientos de ese templo del pueblo, y me sentí un privilegiado mientras aquellos chavales hacían saltar a sus perros y algunos vecinos utilizaban los márgenes del descampado como aparcamiento.
Pocas veces se envuelve con algo de homenaje un lugar que ha sido tirado abajo, muy al contrario se levanta de nuevo un conjunto de pilares con la facilidad con la que se olvida lo que antes tuvo presencia directa y fue ineludible centro de las miradas sobre los planos de una ciudad; pocas veces se le da la importancia que el recuerdo requiere a lo que ha quedado fuera del centro de atención de la inminente necesidad material para pasar a otra cosa cuya funcionalidad nos sea mas directamente provechosa. Pero para todo hay excepciones, y a la que me refiero vino no sin estar cargada de cierta sorpresa y alegría por consumar uno de los principios que echo en falta cuando hablo de esto: la del recuerdo; me refiero al banderín de corner que se mantiene en pie en un parque de Santander en el que anteriormente se hallaban los antiguos campos de esport del  Sardinero, que así eran nombrados por los reporteros deportivos de mi infancia. Aquel ejemplo me conmovió, la primera vez que lo vi, por la sencillez de la representación y por lo contundente del simbolismo de aquella esquina desde la que algunos jugadores, desde Gento a Santilana, recibieron el esférico para introducirlo en la portería contraria, destinada ahora como urbana zona de recreo en la que la perpetua figura de esa pequeña bandera tiene algo de sagrado, algo de memorialístico y de respeto por la historia. Desde el momento en el que lo descubrí me pareció ejemplar y ha quedado en la remembranza de mi veneración por los lugares en los que todavía habita algo de lo que fui durante mi niñez, pero esta mañana, al atravesar la explanada del viejo Colombino de Huelva, he echado en falta siquiera una pequeña señal que me uniera con el pasado y desde un extremo he golpeado una oxidada lata de refresco imaginando que era el balón con el que ese sitio dejaba de ser un fantasmal descampado.

 


martes, 19 de febrero de 2013

Tumores del siglo XXI.







Al leer de Juan José Millás que él siempre se ha preguntado cómo pasará el tiempo en una lata de sardinas me ha venido a la cabeza, siendo yo un gran aficionado a las sardinas enlatadas, si acaso tendremos alguna idea de la composición de todo cuanto nos llevamos a la boca, o de lo que se encuentra en el interior de una de esas latas además de las sardinas. Ahora que en el Reino Unido resulta que en las hamburguesas de vacuno hay carne de caballo, y en los canelones y raviolis de una multinacional, que ha sido el paradigma de la alimentación infantil durante decenios, han sido halladas igualmente anomalías en su composición, y que hace años se analizó un trozo de carne, por llamarlo de alguna manera, procedente de un Mc Donals en el que fueron descubiertos restos de animales poco dados a la mención y mucho al asco y a las arcadas que nos provocaría el hedor de una alcantarilla, parece que estamos dispuestos a comérnoslo todo igualando nuestro gusto por otros aspectos, vendiéndolo todo disfrazado adecuadamente para estrujar las posibilidades del fraude aun a riesgo de poner en peligro la salud pública. No andamos todavía muy lejos de la gripe aviar, de la crisis de las vacas locas ni de la peste porcina cuyos frutos han configurado un panorama de gérmenes de los que podrán salir futuras anomalías genéticas difíciles de diagnosticar, desconocidas hasta el momento, y que acabarán en el saco de las enfermedades raras hasta que sus secuelas sean sufridas por miles de afectados que hoy no reparamos en la importancia de valorar lo que nos metemos en la boca.

Cuando entro en un supermercado me quedo impresionado, siempre, de la cantidad de productos que hay, de los envoltorios que reposan sobre los estantes, de los nudos y lazos, etiquetas, códigos de barras, procedencias, variedades de un mismo alimento y carteles en los que se ofertan artículos dando a entender que se trata de la oportunidad del año, como si fuera la conmemoración de una fiesta o la epifanía de un ingrediente en particular. Dos por uno, tres por dos, ahora o nunca, inmejorable oportunidad, lléveselo, no lo dude. Hay de todo, y todo muy bien puesto y maquillado. La abundancia es la tónica dominante, porque las firmas que representan a estos establecimientos no se pueden permitir dar una imagen de precariedad y penuria, de deficiencia, aunque haya que tirar un montón de género a diario, todo sea por la causa de la apariencia, porque es importante y vende más ver las instalaciones con aspecto de bodegón que invite al consumidor a lanzarse sobre los botes, tarros, bolsas, paquetes envasados al vacío, cubos, latas, botellas y recipientes en los que encontrará un motivo, pasados unos días, para destinarlo al lugar de los desperdicios, aunque los contratos basura y la política de trato al personal deje tanto que desear como la falta de tacto para repartir esos excedentes. Ni más ni menos: compramos en abundancia y promovidos por la tentación de las ofertas, por esos paquetes en los que se dice que un tanto por ciento es de regalo, o que comprando uno te llevas la posibilidad a cuestas de participar en un sorteo, o que ahora tienes diez metros más de papel higiénico pagando lo mismo si te llevas un fardo para el que después no encontrarás sitio en tu casa, y los rollos acabarán apareciendo en el lugar menos pensado, en cualquier armario o cajón, de esos que nos aproximan al síndrome de Diógenes, a los que van a parar las cosas que no se sabe si un día nos podrán hacer falta.

Se está hablando mucho en los medios, desde hace unos meses, de la ingente cantidad de alimentos que acaba en los contenedores de las postrimerías de los supermercados, utilizando el argumento de las fechas de caducidad y los mínimos desperfectos de envasado que pueden dar lugar a que el cliente rechace dichos artículos. Ahora, una vez que ésto ha sido dado por activa y por pasiva en prensa, radio y televisión, parece que estamos entrando en ese trance de desinterés propio de la comida recalentada porque nos suena demasiado, y aunque sabemos de la gravedad del asunto, a no ser que seamos unos menesterosos no prestaremos más atención de la que nos dejen los minutos en los que no saber qué hacer con el mando a distancia. Hay algo en la convivencia, en la propia existencia, en la parte triste de la naturaleza humana, que nos lleva a una cierta indolencia y a mirar para otro lado, no ya a los que afortunadamente todavía podemos abrir una lata de sardinas sino también a los que pueden realmente hacer algo, a casi todos, debido a la cantidad de ingresos que generan a diario, y se resisten a formar parte de la cadena de sentido común que haga que el barco en el que navega esta sarcástica situación atraque en mejor puerto que en la simple rada de la limosna a cambio del favor publicitario.

 Entre una cosa y otra, entre que lo que nos llevamos a la boca es cada vez más pertinente de ser calificado de artificial, y lo que acaba tirándose, hay un hueco por el que se escapan las leyes que instauran los márgenes de caducidad, los plazos y las fechas en las que se supone que los productos pueden ser ingeridos, y todo huele, además de a plástico, a chamusquina, a trampa. Es inconcebible que lleven fecha de consumo preferente hasta las botellas de agua mineral mientras que hay analistas que aseguran que el agua de algunas ciudades supera los niveles de calidad de algunas de las que se encuentran en el mercado. Todo parece salido de un cri¡ucigrama de arreglos comerciales en los que quienes ponen orden son los los miembros de las mesas en las que se debate acerca de marketing, consumo, ganancias, límites, estrategias, como cuando en el siglo XIX se reunían los jefes militares ante un plano en el que decidir cuál iba  a ser la maniobra con la que contraatacar al ejército enemigo, tratando de ocupar todos los flancos para que ningún detalle quedara al descubierto. Antes se simulaba con soldados de plomo y ahora con gráficos en los que una linea se encarga de afilar los colmillos de los sabuesos, en cuyos maletines hay un sandwich plastificado porque no les queda mucho tiempo para pararse a pensar en algo mas sano que no sean las enfermizas cuentas que originarán los tumores con los que tendremos que aprender a sobrevivir en el siglo XXI.

lunes, 18 de febrero de 2013

El callado ruido de la mente.








En La mano invisible de Isaac Rosa, aparece una serie de personajes envueltos en la monotonía de sus labores, como si sus fuerzas fueran propulsadas por la energía que les proporciona un motor Diesel, ante un público que comparece como espectadores de las muestras que de sus quehaceres profesionales hace este grupo de individuos expuesto allí, en un pabellón con gradas al que los lugareños acuden como quien va al fútbol, como lo podrían estar haciendo en un teatro, para contemplarlos mientras sacan a escena de una fría y rutinaria manera los movimientos en los que consiste el oficio de cada uno de los actores/profesionales, cada uno a lo suyo, tal y como son, haciendo aún más grave el trasfondo de manipulación que subyace en la utilización del esfuerzo en beneficio de la usurpación y el cálculo con los que los sistemas de fabricación harán todo lo posible por superarse a sí mismos en la consecución de unos objetivos para los que la palabra cima no existe, que no se rigen por la preponderancia en sus metas, siquiera en una de ellas, del beneficio comunitario ni del servicio público por mucho que pongan como falsa excusa alguna razón de noble peso para argumentar cuáles van a ser los medios utilizados, que acaban siendo el monopolio del pensamiento, el enclaustramiento de la originalidad y el envase al vacío dentro del cual ningún miembro del engranaje podrá moverse más de lo debido para no desfallecer en la esclava tarea de la producción. Son, estos personajes del libro de Isaac Rosa, el diferido del directo detrás del que se encuentra la mano invisible del mercado, ya en la realidad encontrada de puertas para afuera, esa misma mano que Adam Smith atribuyó a las leyes de la oferta y la demanda que hace que unos tengan que renunciar y otros continúen ganando, la misma que se encuentra detrás de las consignas que rigen la fluctuación de los negocios, las pérdidas y las ganancias, los precios, las contratas, los presupuestos y la mecanización de la mano de obra, en cuyos sótanos se halla el silencio de los obreros, de los trabajadores que van cada día a su empleo y se comportan como autómatas programados por las normas del rendimiento y la productividad.
Sale uno de la lectura de este libro con la sensación de cansancio proporcionada por el aburrimiento de haber estado haciendo lo mismo durante mucho tiempo, como esas situaciones a las que no les basta con el descanso porque se han pegado al cuerpo como el olor de un mal humo, independientemente del esfuerzo ejercido; algo parecido al efecto que aniquila la creatividad de las mentes a base de una exasperante monotonía a cambio de la que se recibe una insultante, por ridícula, cantidad de dinero para no morir de hambre y mantener vivo el pulso de la cadena de montaje, que se encuentra en la voraz maquinaria del capitalismo, que tiene mucho que ver con la discordancia existente entre los objetivos personales y los empresariales, siendo la consecuencia e ilación que se nos presenta en el siguiente decorado: de una parte el animal impío que ejecuta sus matematizadas maniobras sin dejarse nada en el camino de la avidez representado por la industria, y del otro lado el ser cabizbajo, enfermo y aburrido preguntándose en qué se le ha ido la vida, en la figura del obrero jubilado para el que no hay marcha atrás que valga y al que se le ha sacado hasta la última gota de rendimiento hasta dejarlo extenuado y sin el ánimo suficiente para afrontar un último tramo de su vida disfrutando de una dinámica de jovialidad bien merecida. No todos los oficios tienen este poderoso poder de destrucción, que ataca, como la nicotina del tabaco, matando pausada pero certeramente a lo largo de cuarenta años, pero resulta innegable que una inmensa mayoría de personas se aplican con denuedo sobre unas funciones que para nada corresponden con lo que su más íntima naturaleza les exige. Decía Píndaro que ojalá llegues a ser el que eres: a pulir la obra de arte que tu existencia tiene dentro de ti, la máxima expresión de tu contenido, tu voz y tu sonido, tú en estado puro después de haber trabajado tus interiores esforzándote, pero por y para conseguir ser ni más ni menos que el y lo que eres.

El pensamiento de los jornaleros que se baten el cobre por unos cuantos euros para sobrevivir, en esta encrucijada de la producción de la que nadie sale ileso, ni los que ganan, se merece un homenaje, una alusión continua por todo lo que les honra, que es mucho: aguantar tenazmente el peso del mundo sobre sus riñones, construir, barrer, clavar, atornillar, encalar, enlucir, pintar, atender a cada uno de los eslabones gracias a los cuales se sostiene este castillo en el aire en el que se ha convertido el planeta en la progresiva transformación a la que lo hemos ido sometiendo. Ellos se encomiendan a la brega y callan, y en sus rostros se detectan las silenciosas arrugas de la estoica resignación a las que le debemos mucho de lo que somos y nos hace la vida más fácil, todo lo que nos permite disponer de agua corriente cada mañana y encontrar el paso de cebra bien marcado, y los contenedores dispuestos para volverse a llenar con nuestras bolsas repletas de cáscaras de naranjas y de envases variopintos, en los que se nos despacha el progreso alimentario marcado por unos códigos de barras y aderezado con conservantes de origen farmacológico, por poner algún ejemplo. Es mucho el empeño derrochado que se lleva a cabo con la cabeza agachada, demasiado, aplastante y desproporcionado para lo recibido a cambio. 
En la historia reciente de la literatura se pueden encontrar ejemplos de escritores que han querido rendirle tributo al callado ruido de las mentes de quienes se afanan en lo que saben hacer, en los trajines y avatares propios del día a día, en la disputa ordinaria frente a las adversidades adheridas a profesiones en las que el riesgo forma parte del modo de vida, como la de los marineros del Aril, barco cuya tripulación conforma el plantel escénico de Gran Sol de Ignacio Aldecoa; hombres que, como dice Rafael Chirbes acerca de los personajes de Aldecoa, no pretenden ser símbolo de nada y ante los que la inspiración de algunas plumas privilegiadas ha encontrado la manera de expresar con las palabras que ellos dicen todo aquello que sus voces regalan, todas esas palabras que ellos usan sin ser conscientes de su trascendencia, convirtiéndolas así en una forma de conciencia y de agradecimiento mediante su impronta en las páginas en las que, como en las de Benito Pérez Galdos, se vean reflejados los atributos de cuantos hacen del silencio una virtud a pesar de que parezca que están ahí solo como parte del funesto decorado de los despropósitos de la injusticia. Vale la pena salir a la calle y empaparse de todo lo que nos rodea, sin sospecha alguna de acabar perjudicado por la experiencia; hay que acercarse a la gente que está ahí dejándose las manos y atando los cabos de las redes de pescar, en los entresijos de la cruda realidad en la que se encuentra la esencia misma de nuestro tiempo, para después reflexionar sobre la barbaridad construida en torno a un paraje tan espléndido y acogedor como la tierra en la que el sigiloso recato de la razón de ser del obrero parece salir perdiendo por exceso de prudencia, característica de los hombres honestos, por muy limpias que tenga las manos.

sábado, 16 de febrero de 2013

Doscientas palabras.







Una de las cosas que más me gusta de la lectura es la aparición de vocablos cuyo significado desconozco. La mera pronunciación o el recuerdo de haberlos leído o escuchado anteriormente familiarizan al lector con esa eterna promesa de dedicarse de tanto en tanto unos minutos diarios frente al diccionario, frente al cementerio de palabras, apelativo con el que fue bautizado uno de éstos que había en mi casa cuando yo era adolescente. Aquel ejemplar estaba sobre una estantería en la que entre otros se encontraban El invierno en Lisboa, Los Santos Inocentes, La familia de Pascual Duarte, Los cipreses creen en dios, Papillon o El expresso de media noche, tatuado con este término, cementerio, sobre uno de sus lomos por mi hermana para dar a entender que allí descansaban las palabras en tanto que nadie iba a consultarlo y a sacarlas del pacífico cautiverio de aquella fuente de sabiduría forrada de papel rojo.
A veces por pereza y otras por olvido o descuido, o por entusiasmo en otras facetas de la parte lúdica reservada para que la vida consista en todo lo contrario a un valle de lágrimas, uno se despista demasiado en estas labores y deja a un lado las esporádicas miradas al diccionario, y cuando vuelve a ser presa de la duda por la presencia de nuevas palabras de las que no deduce nada en el contexto en el que se encuentran escritas se vuelve a echar en falta ese rato que hubiera servido para avanzar en el aprendizaje y para ahondar más en lo que cuentan los libros, a los que el autodidacta le dedica siempre su atrevida e inocente atención, disfrutando mas de esos momentos en los que se acaba envidiando de manera sana a los alumnos que en el aula de una facultad escuchan la magistral lección de un profesor.

Coger uno de esos volúmenes en los que se encierran todos los códigos que forman parte de una lengua es enfrentarse a un tesoro regalado en el que están depositados los misterios de la semántica en estado puro, delante de tus ojos, abarcando con miles de términos una selva de letras en la que todo tiene sentido, en la que se respira hondo cuando se descubre aquello que hacía mucho tiempo que no se comprendía y que ahora sirve para entender a qué se refería ese verso y por qué ese vocablo se encontraba ahí y no en otro lado, como un dardo que da en la diana y nos permite atribuirle mas cualidades al mundo.
Se me suele olvidar muy rápido lo aprendido en este tipo de ejercicios en los que se pasan las hojas a la velocidad del recuerdo del abecedario, hasta que los ojos se clavan en el objetivo marcado, pero disfruto de esto tanto como para arrepentirme al instante de no hacerlo más asiduamente, porque la lengua resulta de un estudio tan apasionante como inabarcable, por no hablar de la etimología, ciencia en la que las raíces de la procedencia de los vocablos, el origen de sus significados, profundizan hasta lo más recóndito del árbol de un idioma, de las voces que originaron la designación concreta para mencionar eso a lo que ahora hemos decidido cambiarle el nombre o a cuyo acento se nos antoja regatear a las primeras de cambio.
Dice mi amigo Miguel Vallecillos que la mayoría de las personas nos manejamos con no más de doscientas palabras, que ese es el cómputo global de nuestra artillería expresiva para decirlo todo. A pesar de no estar contrastado este dato con ningún departamento de estadística ni informe de academia que se precie, ni del que yo tenga el más mínimo conocimiento, y sin dejar de ser algo exagerado, no debe de andar muy lejos de la realidad. Frecuentemente recurrimos a las mismas expresiones e incluso con algunas de ellas intentamos decir diferentes cosas, como si fueran multiusos lingüísticos, y usamos muchas palabras inventadas, nacidas bajo la onomatopéyica inspiración del fin para el que han sido creados los objetos a los que se refieren o mediante tres sílabas juntas con las que un utensilio se vincula a los quehaceres cotidianos que le son encomendados, pasando a formar parte de una jerga callejera y de uso común con la que parece que nos sentimos más cómodos. De hecho hay lugares que gozan de una buena reputación, sembrada en su habilidad para crear vocablos pertenecientes a la idiosincrasia del entorno en el que se encuentran, que les hace ser el paradigma del pintoresquismo y la originalidad oral, como es el caso de Cádiz, sitio en el que cualquier objeto pasa a tener otro nombre, de la bahía para adentro, y en el que una frase dicha a la velocidad con la que se cortan las palabras en el sur puede llegar a ser ininteligible, por la gracia de la voz.
Primero fueron las voces sorda del pensamiento y sonora del pronunciamiento, el sonido en modo fricativo, oclusivo, nasal, africado, espirante, vibrante o lateral: la manera en la que el aire pasó por la boca en ese primer encuentro con pretensiones de querer decir esto es esto y no lo otro, que indicaba, a la par que se señalaba algo con el dedo, el objeto al que le era dedicado el decibelio salido de la garganta para etiquetarlo sonoramente; y antes de ésta, de la voz, el pensamiento, claro, pero después, después vino la palabra escrita, el milagro de la lectura y su comprensión, la contemplación de los signos, la creación de los abecedarios, silabarios y alfabetos. Recordemos que en la época de Hammurabi, aproximadamente sobre el 1700 a.c., de la que procede el primer corpus legal escrito del que tengamos constancia, a la escritura se le atribuían cualidades mágicas: por eso la reproducción del famoso código jurídico causaba tan inapelable respeto. Y desde ahí, o desde que fuese empuñada la primera herramienta con la que se surcó la primera piedra sobre la que se dejó la huella de unos signos que decían algo, hasta lo que han dado de sí los principales troncos lingüísticos de los que derivan los idiomas y dialectos con los que hoy la comunicación corre por el mundo, el mar en el que nadan las palabras da muestras de la imperiosa necesidad del hombre por llamar a las cosas por su nombre, de la magnificencia del lenguaje y la palabra.
No me gusta escuchar a mis vecinos o compañeros decir que a los políticos o a algunas de las personas que salen en la tele no hay quien los entienda. Al decir esto se lleva parte de razón porque el eufemismo y las falsas y mal encauzadas metáforas se encuentran a la orden del día con el objeto de tomar por tonta a una ciudadanía a la que conviene mantener relativamente poco cultivada para que el hurto cometido sobre ella sea ejecutado con perspicacia de guante blanco, pero es triste que así sea y que no cunda la voluntad de darle a la lengua la importancia que se merece, que no cultivemos el hábito de crecer en este aspecto de una manera más firme. Resulta desesperanzadora la manera en la que es utilizada la palabra en las nuevas tecnologías, forma con la que se corre el riesgo de acabar en algo parecido a lo que les sucede a algunos niños americanos cuando dicen creer que los pollos vienen del supermercado, no parándose a pensar siquiera en la posibilidad de que esos animales sean producto de la naturaleza del reino animal; es decir, que existe el riesgo de que vayamos perdiendo paulatinamente la perspectiva y el norte de la sintaxis, la fonética, la ortografía y la gramática hasta acabar convencidos de todo lo contrario, por comodidad y desinterés, por desatención y desapego a algo inherente a nuestra condición de humanos: la comunicación, la palabra, el verbo, la expresión, el querer decir y saber cómo decirlo.
Tampoco es muy de recibo la frecuente comprobación del mal uso del lenguaje de la que podemos ser testigos mediante la radio o la televisión, en intervenciones realizadas en el congreso de los diputados o en el senado, en las que se demuestra que no dista demasiado de un deficiente conocimiento del español correctamente hablado, o que sucedan cosas tan graves como que quienes se encuentran al frente del ministerio de cultura no actúen para paliar estas deficiencias y solo se ocupen de instaurar una reforma educativa de claro signo partidista y condicionamiento social. Pero en fin, hoy quería escribir sobre las palabras que busco en el diccionario y sobre la maravillosa posibilidad de disponer de voz para pronunciarlas, aunque a penas superen las doscientas, de modo que terminaré acordándome de un memorable momento de El coloquio de los perros de Cervantes en el que un perro le pregunta al otro que por qué no teniendo nada para comer, llevando ya unos cuantos días sufriendo, no deja de ladrar y se encuentra tan tranquilo, a lo que el canino ladrador le responde que de comer le podrán quitar, claro, bien, de acuerdo, aunque resulte injusto y cruel, pero de ladrar, de ladrar no puede quitarle nadie porque eso es propiamente suyo, esa es una cualidad que le corresponde y que le identifica y por lo tanto continuará ladrando hasta el final de sus días.

jueves, 14 de febrero de 2013

Paisajes fronterizos.









La inusual temperatura que tenemos en estas fechas del año, tan apacible como para salir a dar un paseo y dejarse llevar por los grados de benevolencia que nos conceden estos anticipos de una primavera que se deja ver venir regalándonos la fragancia de los cítricos recolectados de los árboles de las plazas, lo transporta a uno a pensamientos vividos en otras calles, en otras ciudades en las que el clima no suele ser tan placentero y en las que se suele mirar desde las ventanas mucho más de lo que se acostumbra a hacerlo en el sur; pero de inmediato caigo en la cuenta de que esa es una costumbre arraigada en todos los lugares porque existe en nosotros una especie de impulso que nos hace proyectar la mirada hacía cualquier punto con el fin de encontrar el complemento que le falta al pensamiento  o al sencillo hecho de no estar haciendo nada. Releyendo Ventanas de Manhattan, de Antonio Muñoz Molina, reparo en las veces que me quedé durante largo tiempo ensimismado observando lo que ocurría más allá de las paredes de mi apartamento. Y es que las ventanas son como un agujero tras el que esconderse y no perderse nada de ese formidable espectáculo que se representa en las avenidas, los callejones, las esquinas o las calles. Los balcones también han sido siempre buen argumento para salir a fumar un cigarrillo mientras se ejercita el hábito de ver, de contemplar lo que sucede ahí abajo inmune a las circunstancias que puedan desbarartalo todo, aislado en esa cámara abierta que ofrece la posibilidad de tomar instantáneas en el momento preciso en el que algo sucede y puede ser atrapado por los ojos para instalarlo en la memoria de las retinas, para que pase a formar parte del registro de sensaciones que se van acumulando en el cerebro.

Siendo estudiante, en Sevilla, cuando decidía hacer un descanso y aparcar momentáneamente los manuales de gastronomía, protocolo, historia de la cocina y viticultura, solía posar mis brazos sobre la barandilla de un estrecho mirador que daba a una callejuela que, a pesar de estar casi escondida en una zona céntrica de la ciudad, conservaba todo el espíritu de vida típico de esas zonas  que por una u otra razón conforman un estratégico cruce de caminos en el entramado urbano de una capital y en las que se pasa de una considerable concurrencia a un deshabitado panorama en un abrir y cerrar de ojos. Era un lugar perfecto, aquel piso de la calle Acetres, para extraer minuciosas secuencias de los cambios de luz y para comprobar que todo el mundo habla solo. Allí fui testigo del tirón que un macarra delincuente hizo que una señora diese de bruces en el suelo, a lo más que llegue fue a decirle hijo de mala madre no sabiendo quién sentía más miedo, si la señora o yo. En otro lugar de la misma ciudad, en uno de esos barrios de trabajadores que por momentos te hacen pensar que te encuentras en un pueblo que nada tiene que ver con el trajín y la velocidad de la orbe, era capaz de enterarme de las noticias más importantes mediante los comentarios a voces que hacían los clientes de una tasca situada justo debajo de donde yo vivía. Aquella escena no me molestaba en absoluto, mas bien me resultaba castiza y graciosa, y lo mejor era bajar a comprobarlo con el Perla y el Barbas, con el Piti y el Chuchi, con el Curro y el Trompo: parados que se cagaban en la mala hora en la que habían votado a este o a aquel. Allí comprobé que en un plato de caracoles y una cerveza hay tanta compañía como la que se pueda encontrar en los muchos personajes de El Quijote y que además de la vista el oído es crucial para sentir la vida y aguzar la imaginación.

Al pasear me gusta atender a las formas de las ventanas y los balcones, intuir cómo se verán desde cada uno de ellos las cosas y cuáles serán los sonidos que con más frecuencia se perciban desde el interior de esos pisos, qué ruido será escuchado como extraño. Hay varias modalidades de música clásica, una de ellas es la del sonido emitido por la algarabía de los niños jugando en el patio de un colegio. Recuerdo cómo todos los vecinos de la calle Diego Hernández de Murcia sabíamos la hora exacta del día en la que nos encontrábamos cada vez que tenían lugar los dos recreos de los que disfrutaban los chavales que acudían a un colegio de primaria de esta zona. Aquella sonoridad de párvulos revoltosos era una especie de reloj para mi propia organización y en alguna ocasión me avisó de que podía llegar tarde al trabajo. Desde allí se tiene una parcial panorámica de la fachada de la estación del Carmen y una muy buena fuente de documentación visual para recrearse en la mezcla de maletas e inmigrantes junto a la de locales regentados por musulmanes, africanos y orientales de cuyos carteles sobresalen tipografías propias de las lenguas de sus lugares de origen. El silencio de esas observaciones nos emite la voz interior con la que tratamos de darle explicación a los actos más cotidianos y encontrar las coordenadas sobre las que se dibuja la parábola del presente para transportarlas a nuestro mental cuaderno de notas y sentir que formamos parte de un conglomerado de vaivenes y casualidades tras el que concurren los hechos mas y menos inesperados, como el inesperado silencio que delataba la presencia del Sábado al no escucharse el juguetón galimatías de los niños del colegio.
De la misma manera que miramos al exterior lo podemos hacer para adentro. En las viviendas cuya iluminación natural procede de aberturas que dan a jardines o descampados, a corralones o rompecabezas de tejados, también se encuentran imágenes con las que acercarnos a lo que sucede afuera, con fogonazos dispersos con los que alcanzar a presentir, adivinar o sospechar. Igualmente las azoteas en las que tender la ropa son una conexión con el clima, los aromas, los sonidos y la interpretación en miniatura que desde ellas se hace del lugar en el que se habita; en éstas la altura es un plus adicional a todo lo que allí pueda ser barruntado por el monólogo interior que se pregunta si habrá algún vecino observándolo desde alguna de esas muchas francotiradoras ventanas a las que se enfrenta en solitario el tripulante de la terraza. Desde luego que el recuerdo más espectacular que tengo de una azotea es el de Conil de la frontera; allí disfrute de una privilegiada vista al mar cuyo prólogo era todo el entramado de techumbres de ese montón de casas encaladas que singularizan el revestimiento de las calles de los pueblos blancos de la provincia de Cádiz. En cuanto a vistas interiores nada comparable con la que se tenía en un piso de la calle Jardines de Madrid, entre Gran Vía y Sol, en pleno centro, en el que el paisaje fronterizo con las espaldas de un sofá, a través de una cristalera, era un terreno inexplicablemente deshabitado en el que se daban cita decenas de gatos y que algunos residentes de otros apartamentos aprovechaban para utilizar como vertedero en esos días en los que no se encontraban con ganas de salir a tirar la basura.

Por eso creo que sea desde donde sea siempre existe un hueco para ver la realidad y acomodarla en cierta medida a nuestro antojo; quiero decir hacerle un hueco en una contemplativa soledad con la que se nos brindan multitud de detalles en los que vernos reflejados y con los que deducir parte de lo que no nos explicamos porque no es suficiente con salir a la calle, porque se necesita lanzar la mirada desde varios flancos para, en una postura entre investigativa y de perezosa curiosidad, detectar los pormenores de la gran inmensidad de lo que nos rodea, sin ir más lejos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Atípico sosiego.










Paseando por el centro de la ciudad soy testigo de todo aquello que frecuentemente caracteriza los actos de la vida cotidiana en el escenario de la calle: saludos, ironías, regañinas que las madres lanzan a sus hijos para que tengan cuidado y no los vaya a atropellar un coche, vagabundos, que en palabras de Larra piensan que quienes no han tenido un perro no saben lo que es querer ni ser querido, asediados por la policía para que dejen de dar esa mala imagen de bebedores de la muerte, como decía Lorca cuando se refería a los clochards neoyorquinos, personas con aspecto de inmigrantes que caminan como no dirigiéndose a ninguna parte tratando de acostumbrarse a este clima y a este no estar del todo, bolsas con rimbombantes nombres de diseñadores asidas de unas manos esculpidas, perros que se mean en la esquina y cuyos dueños asisten impávidos al acontecimiento, vendedores de cupones, jóvenes que intentan detener a paseantes para que les rellenen una encuesta o para que les faciliten el número de su cuenta bancaria con el fin de hacerles socios de una dudable asociación benéfica, y veo también mi reflejo en cada uno de esos actos que forman el paisaje callejero de esa hora de la mañana.

Pienso en la condición humana, en lo que nos ha traído hasta ese tipo de comportamientos acordados de los que conviene no salirse para no sacar los pies del plato, y me dan ganas de reír cuando veo cada vez con mas frecuencia la cantidad de manifestaciones que se convocan cada día en cualquier parte del país en contra de todo lo que ha provocado que hayamos acabado siendo tan derrotadamente animales de compañía de la publicidad y el negro negocio de las campañas electorales y la corrupción. Me río de rabia porque son dos partes muy diferenciadas: la del ruido y la del silencio. El ruido procedente de todos aquellos que protestan pidiendo lo suyo y un poco de decencia, y el silencio de una masa compasiva y peligrosamente paciente ante el percal que cada vez se nos muestra más duro de pelar y sin perspectiva de credibilidad que valga entre los que el sosiego se confirma como protagonista de una desmedida ignorancia que no está dispuesta a dar un paso al frente. Tiendo a ver en los organizadores de las plataformas de protesta un amable rasgo de inconformismo, no ya hacia una injusticia determinada, que también, sino hacia una actitud que necesita ser frenada, que acarreará incongruentes consecuencias engendradas en los dictámenes de una nueva dictadura bajo el velo de una falsa transparencia y un puntualmente administrado somnífero que se viste con las ropas del armario del eufemismo.

España se siente herida y confusa. Herida por los atracos y las extralimitaciones que la ciudadanía no deja de sufrir de manos de quienes gobiernan y de quienes se encuentran en los cargos de máxima confianza de quienes gobiernan, y confusa porque aunque parezca que todo el mundo está indignado hay millones de personas que no se atreven a protestar, que miran para otro lado, que sienten miedo y asienten con una falsa sonrisa de perrillo faldero, o de pura cobardía, o de simple miedo y terror e indefensión, a los caudillos del siglo XXI dándoles la bienvenida y consintiéndoles el derecho al plácido y silencioso pisoteo que nadie denunciará por considerarlo consuetudinario o sospechoso de las artes de la venganza.

La situación actual es propicia para sacar a relucir nuestra parte más rastrera, dando así pie a que las personas bienintencionadas y convencidas de cuáles son los caminos más limpios para llevar sus vidas hasta los puertos de la realización y una felicidad sin hipotécas de conciencia, cubriendo sus necesidades básicas y viviendo en paz sin ser ninguneados, se ven entorpecidos por una cuadrilla de discapacitados de ingenio a los que les sobra con serpentear ejercitándose como chivatos y promotores de falsas calumnias a medida. Ahora es fácil ser un esquirol y venderse a cambio de nada. Ahora se vuelve a estilar la tristeza de la imagen que le dábamos al resto del mundo hace cuarenta años: algunos se sienten orgullosos de representarla en forma de un retrógrado machismo carente de cualquier atisbo de imaginación asomado al precipicio por el que se despeñan las ansias de querer volar con alas de buitre. Todo esto tiene mucho que ver con el miedo y con la envidia, o con los males genéricos de la naturaleza humana como diría Schopenhauer, llevados a su grado más bajo, con la comodidad en la que le gusta apalancarse a los pelotas y a los lameculos utilizando la poca seguridad personal que se les ha inculcado como valor fundamental para ser algo en la vida, con esa deplorable interpretación de la autoestima en la que han encontrado un molde perfecto para guarecerse, para tirar la piedra y esconder la mano algunos que se creen astutos pero no pasan de ser la deshonra del grupo.

Todavía parece que el cuento del lobo mantiene su veracidad, y las supersticiones, sin dejar de lado la religión que es la mayor de ellas, sea ésta del tipo que sea, tornan a ponerse en la cima de las deducciones para las que la lógica parece haber dejado de tener argumentos. Eso si, todo tiene un precio. Por ejemplo, ya no nos sentimos orgullosos de la educación ni de la sanidad pública, ahora se estila el modelo privado, la jactancia, la abrumadora arrogancia de la fachada con nada en las tripas. Ese es el precio, la incoherencia en pos de la apariencia, los malos ejemplos del alegato de la violencia para la resolución de conflictos y la justificación de los medios para alcanzar fines obsoletos puestos en práctica por marionetas con prematura calva y barriga cervecera que corresponden en las urnas a quienes le sueltan sus migajas.  Bueno, a eso siempre hemos sido muy dados en España, a poseer un complejo de inferioridad ante cualquier mequetrefe al que le suenan los duros en el bolsillo; de hecho creo que es uno de los cánceres con los que crecieron las generaciones de la dictadura franquista y su posterior transición a la democracia, a excepción de aquellos otros que no han cesado de proclamar un discurso más liberador con el que alejarse de las inútiles ataduras, de los inventados prejuicios en los que se desperdicia la existencia y que solo se encargan de ponerle barreras a la dinámica de un permanecer con aspiraciones a la humilde plenitud que se pueda proponer cualquier hombre o mujer como mejor manera de emplear el corto tránsito de los días que esto dure sin que se asemeje a una pesadilla.

Otra de las consecuencias de este encarnizado proselitismo sin ideas es la aparición de un vulgar modelo a quien se le paga en renombre su miserable vasallaje. Es como lo que venía ocurriendo a lo largo del oscurantismo fascista pero en versión moderna. Es una escena horrible y cómica al mismo tiempo; da miedo y vergüenza, se siente pena por esto. Me temo que de la misma manera haya aparecido esa tendencia de los medios de comunicación a defender causas concretas en función del ascua a la que arrimar su sardina, a encomendarse a una serie de asuntos y no a otros por un presumible tufo de chantaje y compra venta que llega hasta los fueros de los niveles mediáticos transgrediendo el derecho a la información, que es la mayor de las responsabilidades y funciones de servicio público a la que se deben encomendar sin tregua ni mesura, a la que han de tener acceso todos y cada uno de los que forman parte de una sociedad libre y humanamente deseosa de un bienestar basado en un saber vivir con decencia y sin tapujos ni mecanismos de falsificación que traten de ocultar los atentados contra  la honorabilidad pública. El río anda revuelto pero parece que nada se mueve, y esa gran sospecha se me convierte en un mal presagio, sobre todo cada vez que veo que crece el desvarío pero todo mantiene una inusual calma como la del atípico silencio de un niño cuando se le presupone estar jugando en su cuarto.



martes, 12 de febrero de 2013

Trabajos forzados.









Existe una tendencia generalizada, y respaldada por los sucesos que cada día copan más la actualidad de los diarios y nuestro ya casi natural aturdimiento, a pensar en la parte negativa del oficio de la política. Tanto es así que nadie parece sacar nada en claro de lo que pueda cocerse ahí dentro, de manera que la negrura de los acontecimientos y los trámites en los que se ve envuelto desde el último concejal o conserje de alcalde hasta los máximos dirigentes parecen no cesar de abochornarnos. A pesar de que cuando se habla de dinero a nadie le resulta complicado tirar por la borda un poco de la tan estimada dignidad con la que decir a boca llena que podemos ir por todos lados con la cabeza bien alta, el oficio de político está tan denostado que parece como si tan solo perteneciese al ámbito en el que nadan como peces en el agua los gansteres cuya imagen extraemos al instante del recuerdo de una película de cine negro, y a algunos les dé ya por pensarse eso de meterse a político porque huele mal todo lo que se toca en ese ámbito. Esta es la diferencia entre algunas profesiones, el olor. Hay oficios que huelen a barniz y a madera, a pintura o a cosméticos, a vino, a tierra y abono, a esencias de artesanía y efluvios que denotan un ganarse la vida honestamente; en cambio hay otros que huelen a estiércol pero no del que se utiliza para alimentar los cultivos sino a materia orgánica en descomposición procedente de la putrefacción de los escrúpulos.

 De la misma manera que nos quejamos con frecuencia de los aspectos negativos de nuestro oficio, sea éste el que sea, resaltando en muy contadas ocasiones lo bueno que en él se pueda encontrar, solemos enfatizar las virtudes de la profesión de cualquiera de nuestros amigos, debido creo yo a la curiosidad que nos mueve la parte interesante que en sus tareas observamos porque en algún momento nos gustaría a nosotros estar haciendo eso, pero en esos momentos no pensamos que igualmente acabaríamos aburridos si de la eventualidad pasáramos a una constante obligación de la que no sacar nada atractivo. Siempre he pensado que mantenerse durante mucho tiempo haciendo lo mismo y no teniendo demasiadas posibilidades de cambiar, debido a la configuración del sistema, es una de las principales causas de la abnegación y cansancio con el que se muestra la ciudadanía harta de convivir con muchas frustraciones una vez que ha pasado el consuelo de los primeros años de romanticismo laboral. El momento más difícil de superar ante el que se encuentra un ser humano con sensibilidad es el del preciso instante en el que se da cuenta del circo de producción y consumo en el que ha sido incluido sin previo aviso y del que no podrá salir a no ser que se decida a tomar el camino de una vida alternativa que le proporcionará más de un desencuentro e incomprensión. Cambiar de oficio tendría que ser frecuente dando así pie a una polivalencia social, a un saber que existe algo diferente esperándonos sin correr el riesgo de caer en la tortura laboral de acudir a una obligación con nulo interés y a la que solo nos acercamos porque a cambio recibiremos una irrisoria cantidad de dinero. Nadie se sentiría martirizado por la rutina y por ese amargor de saber lo que le espera sin tentar siquiera un poco a la emoción del futuro próximo. Alimentamos la desidia sin quererlo porque nos vemos presos de una cadena de montaje en la que el ritmo cada vez es más frenético y nosotros nos vemos cada vez disponemos de menos fuerzas para soportarlo.

Se reparamos en la historia de los dos últimos siglos, y sobre todo en los periodos que abarcan desde la revolución industrial hasta nuestros días, haciendo uso de un poco del sentido común del que disponemos nos daríamos cuenta que no es necesario deducir, con la parsimonia con la que Shelock Holmes se entregaba a sus divagaciones que en principio parecían no tener fundamento alguno, cuáles son los orígenes de que hayamos acabados desquiciados y desalojados de buena parte de los sentimientos con los que vinimos a este mundo. Si nos paramos a pensar existe un matiz de insulto en el hecho de la existencia del dinero, y más aún en el acto de pagar, de que a base de dinero se remuneren los esfuerzos. Es tan transparentemente separatista el concepto, tan provocador de desigualdades, tan ajeno al razonamiento que nos pudiera llevar a pensar con certeza que el hombre es bueno por naturaleza, que no cabe duda que hacemos aguas desde que los hombres que daban sus lecciones al aire libre, allá por la Grecia clásica, esa que nos viene a la cabeza con el Partenon y el templo de Apolo, fuero abandonando su presencia entre nosotros. Me asalta la curiosidad de haber podido vivir los años en los que la transformación que dio pie a que las cosas empezasen a hacerse de otra manera tuvo lugar.

Por eso son un tesoro aquellos oficios en los que la creatividad tiene algo que ver con lo que se trata de resolver en cada paso que se da para llevar a cabo la profesión, en cada gesto o detalle con los que se agranden las miras de la originalidad. Resultan como una medicina para poder vivir en este circo absurdo lo más felizmente posible, al menos teniendo el incentivo de que aun no dejando de ser una máquina uno tiene motivos para identificar el significado de la existencia en hechos que trascienden a lo insultantemente carente de valores reflexivos ni de propósito de enmienda. Sueño con algún día dedicarme a algo que tenga que ver con el continuo intento de hacer cosas nuevas, sin caer en lo estrambótico, con las que el trabajo de la mente se encuentre incentivado por una especie de seguridad en la que el progreso y la consolidación del mismo vayan de la mano, como en un continuo aprendizaje y al mismo tiempo un repaso de lo ya aprendido pero dotándolo de una mayor envergadura a base de pequeños pasos. Yo envidio la vida que les presupongo a los periodistas, tal vez por mi desconocimiento de la problemática que pueda ser encontrada y de las dificultades para sentirse realizados, así como la de los escritores, de la que tampoco dispongo de la menor idea, pero el mero hecho de pensarlo me sienta bien, la acción infantil de querer imitarlos, la necesidad de inventarme un trozo diferente de mi mismo me abre las puertas al presentimiento de poder dejar de estar equivocado si hago lo posible por desprenderme de esta inconsciente conspiración contra el desarrollo en la que ha devenido lo que se entiende por justamente lo contrario: la sociedad del bienestar en la que todo tiene un razonamiento de negocio y falsifica la razón pura de la puesta en práctica de la inteligencia al servicio del hombre.

Bien mirado el trabajo es un obsceno mecanismo de  sumisión, un esfuerzo realizado a cambio de dinero. Una vez me dijo Santi Santamaría que a él el trabajo le parecía absurdo, que no tenía sentido; y esto dicho por uno de los empresarios con mayor éxito y fama internacional en lo que a la restauración de élite se refería en aquel momento a mí me dejo helado. Supuso una gran lección. Poco después, pensándolo mejor pude entender todo lo que había de absurdo en esto que ha derivado en llamarse trabajo. Una de las cosas que mas me molestan es sentir que me dirijo a mi lugar de trabajo con la certidumbre de que lo que estoy haciendo no contribuye en absoluto al desarrollo de nada, solo al lanzamiento de la imagen de una serpiente devoradora de flashes fotográficos que ni siquiera tiene la dignidad de remangarse para meterse en faena con el resto de su equipo, y a mi me permite tener algo de comida en la nevera y la sensación de haber sido programado para algo con lo que no estoy de acuerdo, de que no puedo quedarme en la cama leyendo, u ordenando el apartamento o haciendo la compra que hace días dejé atrasada, porque para poder hacer eso primero me he de someter a los trabajos forzados que hoy se me han impuesto como mandamientos de este enjambre en el que la abeja reina dicta sus órdenes desde el interior de una colmena en la que los zánganos humillan la condición del resto de la especie.

lunes, 11 de febrero de 2013

Cercanía a distancia.








Justo a mi lado, en un locutorio situado en la avenida Pablo Rada de Huelva, se encuentra una señora hablando con un desconocido mediante una wescam en la que aparece una cara de la que a penas le ha dado tiempo a conocer el nombre y en cuyos rasgos puede adivinar anticipadamente que se trata de otro desamparado de conversación y compañía como ella, pero a excepción de esto, del descomunal vacío en el que se encuentra sin la voz de su furtivo compañero, será capaz de hablarle de cualquier cosa: porque tiene la imperiosa necesidad de contar con alguien en quien descargar sin demasiada demora su confianza para informarle de todo aquello que no le ha declarado a sus seres más cercanos, tal vez por cobardía o por la paradójica falta de franqueza sobre la que giran las relaciones familiares; esa tendencia a no calentarle la cabeza continuamente a las mismas personas por miedo a que nos llamen pesados, y por el desdichado hábito de no saber ni querer escuchar la misma canción de siempre recurriendo, en este caso, a la impetuosa búsqueda de sociabilidad mediante una herramienta en la que una imagen es todo lo que nos une a la otra persona y en cuyas resonancias ópticas poder hacer un raudo retrato robot de la personalidad a la que le vamos a encomendar el valor de nuestro mensaje.


A veces llega uno a la conclusión de que muchas de las catástrofes personales se hubieran podido remediar de no ser por la nulidad de conversación y la falta de algún que otro ser a quien declararle la angustia de un crucial momento tras el que se ha desvanecido todo. Entre estos dos náufragos del afecto salen al paso los tópicos con los que ir dando paso a cuestiones mas serias entre los que se entrometen los silencios en los que ninguno se decide a dar el paso de decir lo que piensa por temor a descargar pólvora con demasiada antelación. Hay un primer momento en el que todo parece sencillo y preceptuado como las reglas del parchís, en cuyo inicio se ofrece un ancho margen antes de que acucie el peligro de la desolación y el apremio de un golpe de suerte con el que las fichas no se encuentren en un irremediable callejón sin salida. En sus primeros compases la situación no da la sensación de transcurrir bajo un diálogo armado con expresiones que se dedica entre si la gente conocida, más bien un querer romper el hielo con trivialidades que en los ojos de ambos encuentran el reflejo de estar deseando presentir algo que les haga tirar del hilo que desprenda la madeja de las confesiones; es un ir y venir sin decirse nada en el que las sonrisas forman parte del relleno de los huecos que no se cubren con la originalidad y la importancia de lo que realmente les pueda interesar o estén deseando oír, de todo eso para lo que aún no se han otorgado la confianza necesaria y a lo que cederán en el momento menos pensado, cuando aparezca la función que como antídoto de la vergüenza tiene reservada la distancia. Hablan de su pelo y de su belleza, de lo feos que son tanto el uno como el otro, y mediante un cómplice y a bote pronto entendimiento avalado por la experiencia y el recuerdo se vanaglorian de ello presumiendo de sus atributos y facciones, riéndose de sí mismos como dos seres frecuentados por una sinceridad infantil que les resulta útil y descargada de prejuicios. Hablan de sus dolencias y de lo bien o lo mal que se ven a través de la cámara. Bromean en torno al sexo con la jovialidad típica de quienes se encuentran a salvo de no caer en el rubor debido a esa separación que les asegura una legítima licencia para poder dirigirse una palabra más que otra salvaguardados por la distante posición en la que se encuentran. Se catalogan con una franqueza que puede sorprender a alguno de los más atentos de cuantos aquí nos encontramos, y pienso en la facilidad con la que esto está sucediendo ahora mismo y en la dificultad que nos retrae en esas situaciones en las que lo más conveniente es decirnos las cosas a la cara, cuando de verdad necesitamos de la afirmación de un motivo con el que quedarnos tranquilos y despojados de los cancerígenos fantasmas que nos corroen por no haber hablado, por no soltar las prendas mojadas del resentimiento.

Llega un momento en el que se preguntan de qué continuar hablando; ambos se imaginan en un paraíso secreto en el que poder llegar a ser el uno para el otro tanto como lo están siendo ahora, a pesar de la futilidad del intercambio de impresiones, porque hay una doble sensación que comparece al unísono en este punto de la trama: la del deseo de lo ideal y la de lo que se transmite a salto de mata en este diálogo enlazado por dos monólogos en el que quien parece que escucha solo piensa en lo que va a decir cuando termine el que ahora sostiene su esperanzado soliloquio en el encantamiento, dando así pie a una confusión que les hace volver con frecuencia a las mismas cuestiones mal atendidas por un pensamiento en el que se mezclan los barruntos del deseo con la indecisión de proclamarse. No parecen tener complejos, nada ni nadie les intimida, les censura ni les molesta, y ponen en práctica una cierta propensión a la improvisación con la que amenizar la sesión atando cabos imaginados y maquinados en la fantasía que les permite sentirse fuertes. Ahora él insiste en eufemismos con los que dar a entender que se encuentra en celo, que necesita el tacto de la piel de una hembra e incluso parece que está dispuesto a desnudarse, a dárselo todo mediante esa pantalla alquilada por horas, pero ella trata de ponerle freno diciéndole que no se encuentra sola, que aquí no puede concederle su deseo, que se calme y que le cuente otras cosas, y que por su parte se habrá de conformar con la exhibición de su trenza, de la que se siente tan orgullosa como aquella Melibea por cuyos cabellos trepó Calixto con la diferencia de que aquí no hay huerto ni balcón sino la imagen que entrambos se ofrecen con un trecho de miles de kilómetros de por medio. El resto, los que hasta el momento estábamos en nuestros asuntos, gente de Mozambique y Marruecos, de Colombia y Bolivia, de países lejanos como Mágina o Macondo, ya no nos mostramos tan indiferentes ante las candorosas carantoñas que mutuamente se reparten estos tan necesitados de conversación como lo podamos estar nosotros, y esperamos la resolución del amor instantáneo de esta pareja de solitarios que tal vez por aburrimiento y descarte han recurrido al método de la charla a distancia en la que abordar libremente las cuestiones a causa de las que hace días que no duermen, con las que sueñan despiertos en el paseo que les dirige hacia sus respectivas cámaras, en las que se dispondrán a encontrar la cercanía a distancia del roce imaginado con el que Don Quijote y la Princesa Micomicona llevarán a la escena su papel de fabuladores del presente para deshacer la inminencia de sus nostalgias y acercar así dos puntos del planeta mediante una mirada tras la que vale más lo que se evoca y conjetura en los silencios que lo que en sus irrealidades argumentan siendo dueños de un secreto.

domingo, 10 de febrero de 2013

Pensamientos caminados (I).








No comprendo el desdén con el que se actúa a la hora de no ponerle tilde a las palabras de los múltiples rótulos que aparecen expuestos en las fachadas de cualquier establecimiento; Aquí se muestra un claro ejemplo de la desidia con la que procedemos sobre nuestra lengua, que después se encarga de hacernos soltar por la boca barbaridades a la altura de semejante desconocimiento ortográfico.

Me siento juez y parte de todo este desbarajuste de disfraces, hasta el punto de que en ocasiones no me queda otra alternativa que calmarme, y callarme ante las continuas injusticias que se cometen delante de mis ojos, para no alborotar y poder seguir comiendo, debido a mi condición de siervo de la mentira; esto es una firme prueba de que el retroceso se justifica con lo que malentendemos como evolución: el obsceno significado en el que ha devenido la palabra progreso.

La sensación de ponerme a escribir es comparable a lo que supondría detener el tiempo y proyectar una idea con la que abandonar la banalidad en la que me veo inmerso por ir a remolque de la artificial vida ordinaria en la que se colapsa mi entendimiento, en contra de lo lúcidamente dichoso de ser vivido sin atropellos.

Tenemos tan poco tiempo y al mismo tiempo tanto.

Cada vez que leo unas cuantas páginas siento haber estado en un lugar apropiado para el crecimiento.

Tan cubierta anda la verdad de un cada vez menos sutil y más grueso velo, que no nos queda más opción que esperar a que el transcurrir de los días nos muestre otro ejemplo claro, catastrófico y conciso con el que limpiarle un poco la cara y continuar averiguando la certidumbre y significado de las cosas, por cuya esencia sentimos tanto miedo como aburrimiento.

Una de las formas de odio que más detesto es la disconformidad ante cualquier evidencia de lucidez que muestre la persona odiada. Cerrarle las puertas a la funcionalidad de la evidencia es abrírselas a la operante destrucción de la envidia.

Sólo por la curiosidad de ver qué sucederá merece la pena levantarnos del suelo una vez que hemos caído.

Tener el hábito de criticar a los demás es la indumentaria con la que se viste la inseguridad de los cobardes, el cinismo de los chivatos y la doble moral de la gente más dada a la caridad para redimirse de sus pecados.

Sonreír de manera complaciente frente al espejo es una firme prueba de que uno puede hacer algo por el mundo.

Es imposible estar a buenas con todos sin sentir algo de resignación.


sábado, 9 de febrero de 2013

Tiempo.









Miramos el tiempo en los relojes y en las arrugas, colgado de nuestras muñecas, en los furtivos ojos de los pelucos, en las promesas de las que nos sentimos desahuciados, en las paradas del metro y en los calendarios, en las estaciones del invierno, en la caducidad de los otoños, en el polen de las primaveras y en el sofocante calor de los veranos; en el crecimiento de los niños y en los brochazos de las canas, en las veces que nos acordamos de algo o echamos de menos la osadía de las aventuras pasadas, en los añorados hábitos que tan felices nos hicieron y en la persecución de los objetivos que nunca nos marcamos. El tiempo nos hace prisioneros, hijos de los motivos medidos con una cantidad fija para los siglos, para los años y los meses, para las semanas y los días, para las horas y los segundos, y aún diría más: para la infinitesimal cantidad de lapso existente entre la nada y la eternidad.

Encerrados en el tiempo transcurren el pensamiento del preso y la angustia del enfermo, la incertidumbre del sorteo y la inspiración de la mala aprendida lección del alumno, la convalecencia del herido y el infarto al que le ha salvado el último aliento que quedaba en la memoria de los pulmones. Por el tiempo corren las generaciones, las desdichas, los conflictos, los recuerdos y los olvidos, las conmemoraciones y los argumentos con los que evocar la magnificencia de un suceso. Todos esperamos algo del tiempo hasta que descubrimos que el tiempo no existe, que se trata de una estafa, que el tiempo no pasa sino que somos nosotros a cuestas de eso a lo que le hemos fabricado un recipiente a medida para ir tomándolo a base de píldoras tras cuyo abuso fenecemos con cara de inocentes, envenenados por nosotros mismos, por la oxidación del aire que respiramos, por la consumición de la vela de cera que llevamos dentro.

No tengo tiempo, cuánto tiempo libre, qué mal tiempo, hace mucho tiempo, todo gira en torno a él como si se tratase del epicentro de la existencia, como si fuera la piedra angular que le da sentido al movimiento de los astros que nos acompañan en el universo, como si nos saciásemos cada vez que decimos su nombre y no tuviésemos bastante con desperdiciarlo, utilizándolo con desdén e ignorancia sin valorar los quilates de su oro, la fortaleza de sus diamantes, la sinceridad de su sosiego. ¡Ahí si el tiempo hablara y nos dijese lo poco que le gusta lo que hacemos con él, y nos dijera lo que piensa, y evaluara nuestros actos por lo tirado por tierra que lo tenemos cuando arrojamos la toalla! ¡Ahí si viniera a visitarnos y nos diera testimonio de lo mal que lo empleamos, de lo poco que lo perfumamos cuando nos cae por la ventana, de lo poco tranquilo que lo dejamos cuando los propósitos son mezquinos y no negamos la insistencia! El tiempo debe estar harto de que lo llamen para ir a la guerra y para que se le utilice como padrino de la efímera gloria a la que aspira cada ciudadano; se siente humillado de que no le encontremos más nobles razones, de que bajo sus pretextos nos apoderemos de la inquina y desobedezcamos a la paciencia.

El tiempo aparece en los paralelos y los meridianos, en las hojas de los árboles, en las lineas de las manos, en el desgaste de las suelas de los zapatos y los rotos de los trapos. El tiempo es de arena y de agua, de nieve y de ceniza, de madera quemada y de rayos de sol incidiendo sobre un agujero, por el que se escurre la delicadeza del tránsito de un estado a otro. El tiempo no es nada y lo es todo, acaba su jornada y nos devuelve el mismo interrogante por no saber si la realidad es solamente un sueño. El tiempo nos lleva de la mano, nos contagia el virus de la prisa, nos embauca en proyectos vitalicios, nos arrastra hasta el antes y el después, hasta el laberinto del recuento y la nostalgia. El tiempo se sostiene en un hilo tan maltrecho y tan delgado como solo podría serlo el de la necesidad de haberlo inventado.



viernes, 8 de febrero de 2013

Test de Españolidad.








Cuando yo era un niño ver a un extranjero por la calle de mi pueblo, que no tuviera nada que ver con alguna familia del lugar por motivos de emigración, resultaba tan extraño y acaecía con tan poca eventualidad que se convertía en todo un acontecimiento cada vez que algún ser foráneo se dejaba caer por allí para huroneo de los vecinos, que velozmente caían en la cuenta de que debía venir desde muy lejos, debido a ese instintivo sobresalto con el que los que llevan años sin dejar de hacer exactamente lo mismo son sorprendidos por una pieza que trastoca la composición del rompecabezas, y asaltaba el más que inmediato rubor y sentido de la vergüenza que impedía comunicarse con aquel ser que parecía que había salido de una turbulencia del destino procedente de la lejanía de una tierra misteriosa. Todo el mundo miraba con cierto asombro su manera de vestir, lo que comía, cómo andaba, la marca de su coche y los detalles más insignificantes, porque era una ocasión extraordinaria para acercarse al mundo exterior bajo la sombra de aquella visita y las conclusiones que de ella pudiesen ser sacadas.

Me refiero a los finales de los setenta y comienzos de los ochenta en un pueblo del interior de la provincia de Jaén, que ha pasado siempre desapercibida a pesar de contar entre sus maravillas con las mejores representaciones artísticas del Renacimiento en nuestro país. De aquella época es una lata de cerveza holandesa, perteneciente a unos turistas de los países bajos que un buen día decidieron descansar por unas horas en aquel lugar, que estuvo rodando, cargada de lápices y bolígrafos, por el hogar de mi familia hasta que cada uno de los hermanos fuimos saliendo de él. Algunas veces, cuando veo la cantidad de consumibles de oficina que se venden en las grandes superficies, me paro a pensar en la utilidad que rapidamente le dimos a aquella lata que a primera vista fue frotada como si de una lámpara de Aladino se tratara. Era frecuente, entre los vecinos, la broma del yuspitingli y demás similitudes fonéticas, como la de finalizar con una e todas las palabras que se quisieran decir en francés, y despachar así el desconocimiento de cualquier lengua extranjera, dado que saber idiomas no se correspondía con la cotidianidad de las personas que no habían salido de aquel entorno durante toda su vida, y enfrentarse a un ciudadano de otro país era de lo más pintoresco que podría suceder en verano.

El verano era la época del año en la que venían las familias que se habían visto obligadas a emigrar, y hacían su eventual regreso con hijos habituados a otras costumbres ante cuyos ojos éramos unos garrulos que no dejaban de asombrarse con la estrechez de los pantalones y el vuelo de las faldas de las jóvenes sucesoras de nuestros vecinos emigrados a Francia, Bélgica, Alemania y Holanda. La dignidad y el orgullo de aquellos padres hacía presagiar que fuera de nuestras fronteras existía un mundo cargado de posibilidades y de experiencias con las que contaban gracias al valor que les llevó a tomar la siempre difícil decisión de trasladarse a otra tierra que distaba varios miles de kilómetros desus orígenes.

Hoy la situación es muy diferente, en muchos aspectos, no solo en el hecho de que sea ostensiblemente frecuente la aparición de personas procedentes de otros países entre nosotros, sino que que además ahora ya no existe esa tendencia a la curiosidad, a no ser que ésta vaya acompañada de un cierto grado de malicia, y nos disponemos a opinar gratuitamente a cerca de la dudosa confianza que despiertan estas personas y el malestar que propina su masiva aparición sin pararnos a pensar lo que les haya podido traer hasta aquí. Es una de las causas del anquilosamiento de hábitos que han postrado la capacidad de reflexión amparándose en la comodidad de no querer saber más de lo estrictamente necesario para ir tirando, sin duda alimentada por muchos años de mala educación y proyección de reformas políticas y educativas de cuyo espejo solo recogemos un mar de dudas y poca solidez de valores por parte de la ciudadanía que se ha dejado llevar en ese falso sosiego y beneplácito de pretender ser más guapos y graciosos que nadie, así, por nuestra cara bonita.
 
Resulta curioso observar cómo en uno de los apartados del programa que el partido Popular presentó para llevar a cabo la presente legislatura aparece un llamado Test de Españolidad al que han de responder todos los inmigrantes que soliciten formar parte de nuestra sociedad, en el que las cuestiones giran en torno a la cultura, la lengua y la historia de España, de cuya calificación dependerán las posibilidades que obtengan para poder alcanzar el objetivo de dormir bajo un techo anclado en cielo hispano todos aquellos a los que les han sido negados los mínimos derechos en su tierra. Entonces me pregunto a cerca de nuestras costumbres, cuando somos un país cada día menos acostumbrado a nuestra autenticidad y más dado a imitar la de los yankees; y por la cultura, cuando el ministerio de la misma se ha caracterizado por tener al frente a individuos que carecían de ella; y por nuestra historia, cuando tan solo un reducido porcentaje de los españoles de nacimiento a duras penas saben de dónde vienen y cuáles han sido, y en qué época se produjeron, algunos de los más importantes acontecimientos que han llevado a nuestro pueblo a donde se encuentra y han hecho de él lo que es. Así las cosas, entre que antes no era habitual y ahora lo es sobremanera y cargada de desconocimiento la circunstancia de vernos tan concurridamente acompañados, disponemos de un gobierno que no conoce su cultura ni su historia, ni a su propio pueblo, y solo recurre a la presunta españolidad para usarla ante la coyuntura actual o para hacerse el macho y volver a mostrar una decadente y retrógrada imagen al resto de naciones que hace decenios superaron tales prejuicios. Sin duda aquella lata de mi infancia guarda muchos más y mejores recuerdos que el montón de desdichados papeles con el que estos pésimos dirigentes tratan de burocratizar en extremo algo tan básico como la convivencia desamparando de las herramientas necesarias para la adquisición de valores a un pueblo entero.

jueves, 7 de febrero de 2013

Gajes de la afición.





Es habitual entre los aficionados a la lectura que, cuando nos encontramos ante una obra maestra que nos está llegando a las profundidades del alma y en la que se encuentra sumida nuestra concentración hasta límites insospechados, aparezca un pensamiento que nos lleve a prometernos que al terminar de leerla la cerraremos y volveremos a la primera de sus páginas para comenzar de nuevo a disfrutar y no abandonar nunca esta práctica hasta extraer la última gota de sabiduría del texto en cuestión de cuyo universo nos sentimos formar parte. Es uno de los indicios que nos muestra muy a las claras el poder de sugestión que atesora la literatura, y las facultades que ejerce sobre nosotros para amparar  cualquiera de nuestras soledades con mayor fuerza que la que podamos encontrar en dispares entretenimientos sobre los que, cada vez con más frecuencia, se nos trata de hacer clientes con argumentos materiales carentes de imaginación que solo pretenden recaudar dinero.
Durante mi infancia fui testigo, en una conversación que mantenían dos profesores del colegio al que asistía, de la declaración por parte de uno de ellos del título de su hasta ese momento libro de cabecera. Por entonces no alcanzaba a adivinar el significado de semejante expresión y menos aún la importancia que podría llevar a los hombres a no despojarse de la compañía de un libro por interesante que éste resultara. Otra vez, poco tiempo después, en uno de los raros programas televisivos en los que se concursaba con argumentos culturales de por medio, apareció un señor que decía leerse el Quijote todos los años, y que ya lo había hecho más de veinte veces, eligiendo así la obra de Cervantes como tema personal a cerca del cual poder preguntarle todo cuanto fuese preciso. Sin duda aquella fue para mí la primera ocasión en la que pude comprobar la ferviente devoción que un ser humano podía sentir por una obra literaria, la misma que millones de españoles sentían y sienten por los diarios deportivos que parecen impresos en rotativas situadas en los sótanos del estadio de alguno de los grandes clubes de entonces y del momento.

 Recuerdo, también en mis años de puericia, que el manuscrito en el que se describen las experiencias del célebre militar republicano Valentín González, el Campesino, era el libro que había elegido mi padre para que le hiciese constante compañía en esos minutos anteriores al sueño, no sé si con la proposición de convertirlo en el suyo de cabecera o simple y llanamente para encontrar en él ciertas referencias y consonancias adheridas al sufrimiento y al estoicismo de los durísimos tiempos de su niñez, transcurridos a lo largo de la guerra y la postguerra incivil española, junto con las hojas que iba descolgando de un almanaque en las que aparecían fragmentos bíblicos que le servían de guía y enseñanza, pero el caso es que en estas palabras escritas encontraba un tipo de refugio para su manera de entender la vida. Esa mezcla, años más tarde, me dio qué pensar y hube de llegar a la conclusión de que de la misma manera que yo me había hecho ratón de biblioteca a base de desordenadas lecturas, sin orden ni concierto, aquel hombre, que a penas estuvo unos cuantos meses en la escuela, tenía sus ideología amalgamada en un laberinto de ideas de diferentes fuentes, a cual más dispar, de las que le importaba el aliento de hermandad que se aliaba con sus experiencias pasadas, siendo así estos diferentes textos vehículos de conexión que atracaron en el puerto de una misma persona. Esto me llevó a discurrir sobre la relevancia de las elecciones y la relación entre las mismas, por desemejantes que pudiesen parecer, y en el relieve del discernimiento y la separación del grano de la paja cuando uno se encuentra frente al intencionado vistazo a, por poner un ejemplo, un periódico que no va con su manera de pensar pero del que a buen seguro sacará provecho si parte de la base de saber colocar la lupa en el lugar indicado. Debe ser por ello que aún sigo perdido en un vaivén de lecturas a las que no ha venido a orientarles ninguna brújula, aunque cada día me cuesta menos desechar una obra antes de su página cincuenta.

Cada vez que observo, en la cola del mostrador de la biblioteca, a algún usuario solicitar el préstamo de algunos libros, pienso en dónde y cómo los leerá, y en cuales serán sus preferencias. De la misma manera, cuando encuentro entre las páginas de una novela, también prestada, el resguardo de un lector anterior a mí, que dejó ahí su justificante como la huella de un caminante anterior por esos caminos de la ficción en los que hasta esto puede aparentar serlo, reflexiono a cerca de las similitudes que pueda tener esa otra persona conmigo para haber acabado escogiendo el mismo relato, o si por casualidad se trató de una fortuita decisión que nada tuvo que ver con la localización de un deseo en concreto en el momento preciso de decidirse por este o aquel ejemplar, o han sido, ambas situaciones, sujetos de una no superada prueba tras los dos primeros capítulos saliendo, acto seguido, en busca de otra con la que satisfacer el apetito lector. Entonces recuerdo a uno de esos maestros de la calle, un cubano licenciado en letras que se ganaba la vida vendiendo libros en las cercanías de los jardines de Murillo, en Sevilla, cuando me decía que una de las diferencias entre los lectores cubanos y los occidentales era que aquí, en Europa, leemos un libro detrás de otro, a veces sin orden ni concierto, sin a penas releerlo ni fijarnos en sus detalles más sutiles en los que basar su valor y significado, y que en Cuba, por la falta de diversidad literaria, el mismo libro se lee muchas veces y por muchas personas sacándose así muchas más conclusiones de éste a pesar del menoscabo que supone la ausencia de una completa gama de referentes entre los que elegir.
De modo que entre una y otra cosa me sale al paso la abundancia de publicaciones que se llevan a cabo en España anualmente. Cada año aparecen libros dedicados a materias relacionadas con los más dispares temas que nada tienen que ver ni con la historia ni con ninguna asignatura que pueda ser encuadrada en lo que conocemos como cultura general, con nada de eso que nos proporcione argumentos para saber de dónde venimos ni a dónde vamos, con lo que Arturo Pérez Reverte califica como base de la conciencia histórica sin la que un pueblo acaba dando muestras de flaqueza, de falta de criterio y de desviación hacia el borreguismo ramplón y barato. Entonces torno a pensar en las diferentes maneras de elegir un libro y vuelvo a caer en la cuenta de que los que acabo de sacar del estante de la biblioteca corresponden a autores de los que a penas he leído nada, y cuya futura lectura me ha sido recomendada por otros escritores que cuentan con éstos como maestros de su juventud. Ahora me queda ver si esta manera de coger el testigo de la lección da frutos o si he de continuar acoplándome a mis travesuras de ratón. Sea cual sea la manera, creo que estos gajes merecen la pena por el mero hecho de ser vividos para continuar entretenidamente perdido en esta realidad pegada al suelo que parece de otra dimensión.