sábado, 30 de marzo de 2013

Huida al futuro.





En mitad de esta semana, Santa por definición y costumbre y para de contar, se atiborra el noticiario de lo que uno no quiere oír pero escucha por precaución de ciudadano con el miedo en el cuerpo; no hay tregua para que este mundo medio loco pare, para que se detenga a echar un cigarrillo y se olvide de los desastres. Los relojes se descuelgan, no ya por el cambio de hora, no por el aniquilamiento de las reservas energéticas de sus baterías, no por cansancio, sino por descompensación, por desuso del lúcido transitar de los segundos: las campanadas suenan a maitines en tiempos de pólvora fría, a recuento de cadáveres y a metafísicos planes de consignas violentas. Sales a la calle, todo se confunde un poco, nada parece surgido de la templanza propulsada por las oraciones salvadoras que han embalsamado el presente con aroma a incienso, siempre hay un hueco para que hasta los ojos mas despistados aprueben el desajuste de intenciones y el traslado de la realidad sobre los bajos fondos de las aceras. Un hombre con aspecto de llevar varios, muchos, años jubilado vende ceniceros fabricados con recicladas latas de refrescos; otro anuncia en un cartel de cartón con letras mayúsculas, en las que expone su edad y procedencia, algunos de sus problemas, la rogatoria para que con alguna moneda le sea menos cruel el tour por el monte Calvario; a unos cuantos metros hay otro y luego otro y otro, más jóvenes o más viejos, tanto da, hombres de carne y hueso con enunciados de cartón y barba de varios días a los que casi siempre les acompaña un gato, o un perro, o un carrito de la compra en el que guardan sus pertenencias, la vergüenza que al resto nos falta.

Corea del norte trata de poner en jaque moral a sus vecinos del sur, a China, Rusia, Japón, los territorios marítimos más cercanos y a lo Estados Unidos, a todos se los quiere llevar por delante si no continúan aceptando su manido chantaje. Sorprende ver el borreguismo de los geypermen coreanos alzando las piernas hasta la cintura, como propulsados por una medicina inyectada en el cerebro, drogados de ideología y religión asesina. Italia anda sin gobierno, dicen, sin nadie que se aclare mientras las primas de riesgo no cesan de pillarse un bono para el carrusel de la bolsa; no hay quien se entere ni se atreva a pronosticar el resultado de este galimatías en mitad de una Europa sostenida por quienes pisan más fuerte y al amparo de los cuales se puede aguantar el chaparrón siempre y cuando no se les enfade: por un lado un estafador y putero fascista, por otro la revolución de una nueva forma de hacer política que viene a descubrir la asamblea griega, auspiciando al pueblo para que todos sus derechos no se limiten a introducir en una urna un sobre cada cuatro años, y por otro lo que queda de los que están esperando a ver si poco o nada cambia el asunto y les toca algo, como en la tómbola pero sin Marisol ni Sofía Loren, y finalmente un octogenario presidente de la república al que ya le cuesta trabajo sostener la pluma en ristre para estampar una firma. Chipre se deja, Chipre no tiene más remedio, parece, Chipre es saqueado a mano armada y todo a la moderna, televisado, radiado, minuto a minuto mientras como el cólera se extiende la prisa y aumentan las colas en los cajeros; Chipre representa a las barbas del vecino que ya se sabe, Chipre aguanta carros y carretas, le quedaba una sola bala en la recámara de la ruleta rusa a los comisarios del banco europeo y han dado en el blanco, le han volado la tapa de los sesos a un país entero.

Once mujeres ya, once, y las que vienen colgadas del rosario de la aurora, asesinadas a manos de sus cónyuges, y las que no se salvarán si no salen del letargo, de la inseguridad, si no se atreven a pulsar tres teclas: la del cero, la del uno y la del seis y se ponen en contacto con alguien que ponga orden en esa casa de locos sita en la caja de cerillas del infierno. No sé si serán galgos o podencos, no sé lo que saldrá de todo esto, no sé si comprar suerte en Doña Manolita o tomarme un par de whiskies sin hielo, que queda más Bogart, más Onetti, más táctil para el gaznate y ardoroso para el estómago. No sé, lo mismo es cuestión de mirar para otro lado y pensar que todo es un mal sueño, un arrebato en mitad de la madrugada, cosas de la imaginación, consecuencias de cenar demasiado, abusos de un pellizcado contagio realista. Por cierto, esta noche adelantan la hora: será como viajar en el tiempo huyendo hacia un futuro inventado.








jueves, 28 de marzo de 2013

El movimiento de la tierra.






Sirvan estos versos de Jorge Luis Borges, adaptados para la ocasión, para darle la bienvenida a un  nuevo año en la existencia de una de esas personas que hacen vivible la vida y le aportan al mundo un poco de la infrecuente paz de la que tan necesitado se encuentra. Forma parte de la recompensa del camino, de las idas y venidas, de los rincones por los que vamos transitando, en este planeta tan grande y tan pequeño, dar con semejantes que transmitan la serenidad y la empatía necesarias para darse cuenta de que mucho de cuanto nos rodea es bello. Con estos seres se aprende a comprender y a ser paciente, a no enfadarse más de la cuenta y a soportar las calumnias sin darse por vencido en la presunción de los fracasos; en definitiva con estas personas, que se dan así mismas muy poca importancia e ignoran la repercusión que sobre la estabilidad de los astros tienen sus esfuerzos y mínimos quehaceres, como las de Borges, se construyen los cimientos de la inercia positiva sobre la que se sostiene la mezclada realidad que nos atrapa y se abre una senda para que sobre ella andemos cada vez que nos veamos atosigados por los malos pensamientos. Suelen pasar desapercibidos todos cuantos ostentan esa capacidad sin el efecto de la cual el resto seríamos un desastre; sin ese equilibrio haría miles de años que la tierra hubiera desistido de continuar girando. Por eso creo que estos versos definen muy bien la postura de la sencilla y precisa aparición de quien contribuye de sobresaliente manera, supliendo las deficiencias de cuantos carecen de ímpetu para intentarlo, a que el tiempo pase con la naturalidad deseada en los relojes de lo bueno y lo sensato, de lo que tiene sabor a camaradería y auténtica amistad.    

Una mujer que cultiva su jardín, como quería Voltarire.
La que agradece que en la tierra haya música.
La que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los terceros finales de cierto canto.
La que acaricia a un animal dormido.
La que justifica o quiere justificar el mal que le han hecho.
La que agradece que en la tierra haya Stevenson.
La que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

J.L. Borges, Los justos.

FELICIDADES, AMORISTAD.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Sin ir más lejos.






Existen autores que se nos resisten, a los que nos cuesta trabajo adaptar nuestra concentración sin salir perjudicados, porque parece que nos introducen en una dinámica salida del tono de la templanza que nos provoca acabar con la sensación de estar cansados tras cualquiera de sus lecturas, abotargados y con cierto estado de humedad en las sienes. Si les dedicas algunas horas antes de ir a dormir puede que te levantes con los mismos síntomas de esas resacas a las que el aliento les huele pegajosamente a tabaco. Se me ocurre, a bote pronto y en primera instancia, la figura de Juan Carlos Onetti; recuerdo las veces que he intentado adentrarme con cautela en sus relatos, haciéndolo con el miramiento de quien sabe que en cualquier lado de la novela se sentirá vulnerable y corriendo peligro de entristecer más de la cuenta. Tal vez porque el reflejo de parte de nosotros mismos, que se encuentra en la sordidez de los personajes de Onetti, es muy sincero nos impone más respeto todavía y hace que nos lo pensemos antes de introducirnos de nuevo en la lectura.

Hace muy pocos días y casi por casualidad, en una de esas excursiones entre los estantes de la biblioteca, di con un libro de José Ovejero titulado  La ética de la crueldad: ensayos dedicados a determinados autores como el mencionado Onetti, Elias Canetti, Luis Martín Santos o Comarc McCarthy, entre otros, rescatando de alguna de sus obras la parte constructiva, transformativa del lector al inmiscuirse en esas páginas plagadas de penurias, rincones grises, crisis nerviosas y personajes célebres por su vagabundeo incierto y en muchas ocasiones acompañado de la escena de lo reprobable y mezquino, de lo acontecido en los lugares y situaciones más perversos y a los que nos da miedo asomarnos, pero que forman parte de todo el conglomerado en el que también nosotros estamos, y que sirven para reforzar la capacidad de cualquiera que se disponga a conocer lo que cuenta el talento de estos escritores.

El descubrimiento ha supuesto un revulsivo fortificador para mi debilidad a la hora de enfrentarme a este tipo de literatura, de la que tan en deuda me he sentido siempre, y creo que después de las lecciones del maestro Ovejero es más fácil adentrarse en los caminos de la arrasadora imaginación de escritores tras los que se levanta un velo de negrura y negatividad, pero que al mismo tiempo nos revelan la inmensidad de las profundidades del género humano, de cada uno de nosotros mismos sin ir más lejos.

martes, 26 de marzo de 2013

La tribuna del César.






Cuesta trabajo hacerse una idea aproximada de lo mal que lo están pasando millones de personas. Por mucho que pretendamos esforzarnos en tal tarea a penas alcanzaremos un nimio porcentaje de la sensación necesaria para darnos cuenta no solo de la fortuna de la que disponemos sino de lo bajo que hemos caído; no se encuentra nuestra imaginación sana para las cosas sanas, menos aún cuando de lo que se trata es de ponerse en la piel del otro, pero no de un otro cualquiera, sino del que no tiene nada de nada, de aquel que no rasca bola y se muere de hambre, el mismo que no soporta ni un día más sus piojos y acusa un reúma devastador, todo esto sin llegar al peor de los casos que puede ser encontrado en casi la totalidad del continente africano: allí las imágenes de la penuria a las que nos hemos habituado, como a ver en un documental montañas de cadáveres judíos sobre barracones después de haber salido de la cámara de gas, son ya tan hirientes como familiares: excelente punto de partida para ver lo que está siendo de nosotros, por dentro; puro reflejo de la vacuidad de nuestras entrañas.

Pero la empatía -la capacidad de ponerse en la situación de los demás- es algo sobre lo que últimamente se habla con una asombrosa facilidad, como casi de todo de lo que no se tiene ni idea y conviene poner en práctica para alcanzar una serie e intereses. De ella hablan mucho dirigentes y directivos, jefes de equipo y aspirantes a lograr mejores remuneraciones a base de lo que desde la cima de la pirámide del grupo en el que se encuentran les es dictado, con la cara dura de argumentar que se trata de medidas en beneficio de todos y que se han tenido en cuenta las distintas posiciones sociales sobre las que se actúa a la hora de llevar a cabo cualquier plan esgrimido sin cortapisas ni reparos; eso sí, con su contradicción implícita para que no resulte demasiado perfecto, es decir: caiga quien caiga, de modo que se utiliza el término pero sin el mas mínimo reparo a sus utlidades verdaderas ni una pizca de convicción a cerca del mismo para creernos lo que hacemos; teatro, demagogia, charlatanería, mentira, chantaje, deshonrosa vergüenza ajena para el género humano, porque si bien no a cualquiera le es posible resolver el cúmulo de calamidades existentes en el mundo tampoco nos esforzamos demasiado en hacer lo posible por lo que tenemos más a mano, en el preciso punto de partida del efecto dominó con el que conseguir algo mejor que esta serie de desavenencias continuas y molestas, con las que dentro de poco nos costará mirarnos a la cara.
La Semana Santa es un ejemplo muy aclarador de la falsedad reinante. Para empezar solo con salir a la calle, y ver cómo algunos magistrados y gobernantes presiden los pasos procesionales, a pesar de haberse declarado agnóstico o ateo alguno de ellos en una de las malas pasadas que juegan las borracheras o el uso de intranquilizantes, o en el reservado de un restaurante tras un opíparo almuerzo regado con champagne y costeado con dinero público, es fácil darse cuenta de la falta de devoción, de la ausencia de misterio y de silencio, de la nula reflexión y el dudoso respeto, de la poco consciente admiración y concentración hacia las imágenes por parte de esos que se las dan de creyentes y al mismo tiempo se encargan de llevar a su pueblo al continuo riesgo de quiebra como es el caso de los múltiples ediles y alcaldes que continuamente, con este tipo de gestos representados en la hipocresía que rezuma de sus rostros, le faltan el respeto a quienes les han depositado su confianza, a la tradición y a la razón de ser de la honestidad: no hay culto cargado de sentimiento, todo es mera apariencia, ocasión propicia para echar el rato, para que nos vean los vecinos con una prenda estrenada y el cetro en la mano, para no ser menos, pero sin tener ni idea de qué y por qué se encuentra esa imagen ahí y desde cuándo, todo sea por los objetivos que se cimentan en el populismo y en la enseñoreada y arrogante estafa ideológica; y lo que colma el vaso de las rotundidades del cinismo, con la que hoy en día asistimos a una continua coronación del César, es lo que se ve en la plaza del ayuntamiento de Huelva, lugar de paso obligado para todas las cofradías en el que se han levantado una serie de palcos para que aquellos afortunados que dispongan de dinero alquilen un sitio desde el que disfrutar del espectáculo y retrocedamos en el tiempo tanto como nuestra intransigencia y perversión nos lo permita. Justo en el centro de este punto de encuentro se ha colocado una tribuna entoldada para que desde ella las autoridades sean testigos del paso correspondiente. Se trata del único trozo cubierto de toda la estructura de hierros y sillas de madera en que consiste el tinglado erigido para la ocasión, y que desde esta plaza abarca varias calles: solo los mandamases tienen derecho a no mojarse o a estar resguardados de las rachas de viento que les puedan ocasionar un resfriado; el resto, de pie, y con suerte sentados siempre y cuando se lo puedan permitir, eso si:  al descubierto porque no hay toldo para todos, solo para el César y su comitiva de aduladores secuaces y parásitos del poder que carecen de la virtud de la empatía de la que hablábamos al principio: en este caso la que le deben al pueblo sin el que no serían nadie, ni siquiera lo poco que son que les permite conformarse con la bajeza de los medios para alcanzar los fines que se proponen.

lunes, 25 de marzo de 2013

Incultura Santa.







Resulta cuando menos sorprendente que en un país como España, cuya aconfesionalidad es recogida por nuestra constitución, se le dé tanta importancia a todo lo que atañe a la vida pública y especialmente a la cultura fuera de lo extrictamente religioso, para ser cerrado, cuando llega la Semana Santa, por mucha importancia que pueda tener la religión católica dentro de nuestro ámbito, cosa que también se especifica en la carta magna pero que no justifica la desproporción con la que se actúa sobre uno de los mayores beneficios intelectuales de los que pueda disponer una sociedad que aspire a disfrutar de una serie de valores construidos en la fragua de la inteligencia y la ilustración, siendo ésta una dedicación a la que todo pueblo debería ser incentivado por sus dirigentes para la consecución de un modelo ciudadano más adaptable a cualquier clase de vicisitud a la que se le pueda dar arreglo por las vías de la tolerancia, el diálogo, la solidaridad y un alto nivel de racionalidad nutrida de sentido común.
 Es casi inevitable y al mismo tiempo contradictorio, debido a la anteriormente expuesta aconfesionalidad, que parezca que ha llegado el momento de celebrar algo, de lo que una mayoría desconoce siquiera sus orígenes y significados, sin pretender exagerar, a modo de vacaciones y de días o medias jornadas libres por el mero hecho de que estamos en dichas fechas pero cuya imagen resulta de lo más pésimo, moralmente hablando, si nos atenemos a lo que sucede el resto del año, e históricamente cínico si observamos quiénes la defienden con más ahinco: los mafiosos multimillonarios y las congregaciones secretas que atesoran gran parte del poder repartido, cuando muy al revés su punto de partida fue un grupo de gente que inspiraba la confianza de todo ser humilde y bondadoso. Está bien, por decir algo para que no llegue la sangre al río, que dos de los días más importantes de este escueto sacro periodo, como lo son el Jueves y el Viernes, ambos santísimos, formen parte de los días que se marcan en rojo en nuestro calendario: hasta ahí podíamos llegar, y de paso aprovecharlos para realizar una de las piruetas temporales en la que somos unos auténticos expertos: el puente de cabo a rabo y cuanto más largo mejor, porque nos lleva la corriente y un espíritu gregario que nos corroe los huesos del esqueleto de la superstición.

Digo esto porque hoy he sido testigo de un portazo en las narices, de lo más inusual, pero que refleja muy bien el estado de nuestra sociedad, la española, en lo que a su dedicación al sosiego y el reposo del estudio y la lectura se refiere: me he encontrado, esta tarde, las puertas de la biblioteca cerrada, y con un llamativo y obsceno candado que hace más triste todavía la situación, que le aporta ese matiz atroz y desmedidamente cruel a la instantánea de la cerrazón de la ignorancia, y así estará durante las tardes de mañana Martes y pasado mañana, Miércoles de ceniza, e incluso, y de oca a oca y tiro porque me toca, la mañana del próximo Sábado porque no iba a ser menos el Sábado: de perdidos al río. O sea, semana redonda y sin comerlo ni beberlo uno no da crédito a semejante desajuste de principios básicos para la ciudadanía como lo son la posibilidad de sentirse respaldado por las instituciones en lo concerniente a educación y cultura, a la disposición de lugares en los que pasar momentos de grata compañía entre libros, discos, periódicos y mesas de trabajo que, si me apuran y con más INRI, deberían estar abiertos en una época en la que muchos de los españoles cogen unos días de vacaciones y tienen esas horas libres, que en otras ocasiones echan en falta, para poderlas dedicar en ratos de alimento cerebral que les ayude a tirar hacia delante, como es mi caso y el de un montón de interesados en que este tipo de centros estén abiertos las venticuatro horas del día, aunque para eso haría falta algo parecido a una novela de George Orwell.  





sábado, 23 de marzo de 2013

Lágrimas rojas.



 




Las premoniciones son la anticipada sensación de certeza sobre algo que aún no ha pasado, y puede que en ocasiones no se tenga ni idea de qué sucederá, pero parece que algo nos indica con fervor que acontecerá un movimiento dentro del alma que en breve nos sorprenda, que nos inquiete y no nos deje indiferentes. Varios son los signos que uno puede sentir para augurar que a la vuelta de la esquina el presente vendrá con el periódico debajo del brazo dándonos fe de una noticia, de un presagio hecho realidad que nos deje con la taza de café suspendida, con la mirada puesta en el techo o mirando através de la ventana para buscar con los ojos un lugar en el que depositar lo inamovible, cada cual lo siente a su manera. La pasada madrugada llovía tanto que desperté del sobresalto, rayos y truenos, agua, el diluvio universal en un cuarto de hora, el impulso del temporal atestiguando la metáfora de las lágrimas. Después lo comprendí: el mundo lloraba para hacerle frente a una despedida, para decirle adiós a un maestro y continuar el rumbo de las imprecisiones del destino.

 Ayer el mundo se despedía de Bebo Valdés y con nosotros dentro sin saber cómo tocar una batanga igualando el genio y la naturaleza del ritmo de la innata originalidad. Yo, como digo, fui avisado por la lluvia, y espero que a él no le avisase la parca desatendiendo su reposo, que se marchara en una de esas balsas que construyen los descansos sumergiéndonos en un sueño profundo e inconsciente del que parece milagroso que podamos despertar. Desde ayer hay una tecla negra más en todos los pianos, una imagen del pasado en la que depositar parte del crédito de nuestros actos y no darnos por vencidos. Bebo dejó dicho que si al llegar el momento de su muerte en Cuba se vivía de la misma manera que se estaba haciendo en aquel preciso instante, que si la situación política no había cambiado él quería que lo enterrasen en Suecia, donde hasta ayer estuvo viviendo, o en España. Recuerdo a más de un intelectual surgido junto con el auge de la movida de los ochenta afirmando considerarse castrista: arrebatos de mitomanía que juegan la mala pasada de los bichos malos que nunca mueren, cuentos de nunca acabar, toros vistos desde la barrera, no saber lo que se dice por no haber pasado en Cuba una temporada a no ser en un hotel de lujo, y cosas por el estilo, desafueros y gazmoñerías de quienes se encontraron de la noche a la mañana con mil duros en el bolsillo y una papela de coca en cada camerino después de haber pasado las de Caín con su guitarra a cuestas en el metro, marionetas que necesitaba la transición para dárselas de social moderna con las miras puestas en un aburguesamiento, y un más tarde de sálvese quien pueda y maricón el último; pero parece ser que Bebo tenía muy claro que si bien es cierto que el mundo va al revés hay lugares en los que ni siquiera se ha dado la oportunidad de demostrar las variantes de tales envites y la cerrazón anacrónica se ha llevado por delante a muchas generaciones para las que no hay marcha atrás, como siempre que se trata con los factores fundamentales de desarrollo inmersos en el tiempo y las tinieblas de sus profundidades.

Noventa y cuatro Abriles en canal con la intacta elegancia del vuelo de los pájaros. Decía uno de los compañeros de sus últimas tablas, el Cigala, que a veces llegaban a una ciudad con unos días de margen antes de un concierto, para prepararse y disfrutar también del viaje, y que cuando menos se lo esperaba Bebo salía como quien va a por tabaco, con casi noventa años y lo puesto, y volvía a los dos o tres días, algo antes de tocar, sonriente y diciendo que había que ver la gente tan simpática que había en aquel lugar, ante la incrédula mirada del Cigala asombrado de la vitalidad y el olfato callejero del maestro cubano. Pasaron muchos años, casi un siglo, hasta que Bebo pisó con la fuerza de la fama los escenarios, pero esto no le impidió disfrutar de la sencilla existencia ni necesitar de todo lo que envuelve de negocio los trámites del glamour, más bien le parecía algo postizo que no había incluido en sus planes, que no tenía la mayor importancia, y se dejaba llevar por las circunstancias con la misma poderosa dejadez empedernida con la que era capaz de hacer dormir a una fiera cuando se sentaba delante del teclado.

Esta mañana, al enterarme de la noticia, después de darle una definitiva explicación al chaparrón con el que se anticipaba el desenlace de un adiós, ha vuelto a llover y el cielo se ha encapotado de unas nubes púrpuras que soltaban chorros de agua rosácea, de lágrimas rojas ansiosas de la democracia y la libertad de expresión que se le viene negando a uno de los pueblos más ricos del planeta desde que el ejercicio de un bloqueo es la prueba evidente de la piedad de quienes nos gobiernan, lágrimas rojas de añoranzas basadas en la demagogia con la que se trata todo lo referente a los derechos humanos allí donde parece que da vergüenza asomarse a ver lo que pasa y de qué manera ponerse de acuerdo para que termine de una vez tanto reparto de insensatez pagada por los mismos de siempre, lágrimas rojas de una frente arrugada y una dentadura huesuda y exuberante de sonrisas al compás de la tolerancia y la gramática parda, lágrimas rojas con las que al pisar uno de los charcos de la calle han salido una serie de notas para que mis botas al son de la lluvia tocasen una Batanga con la que despedirme de Bebo Valdés. 


viernes, 22 de marzo de 2013

Primer año.





Siempre he sido muy distraido, realmente poco atento, para recordar las fechas de las conmemoraciones más célebres o las de los aniversarios de mis allegados. Nunca he dejado de permanecer constantemente en las nubes. Este auténtico desastre de mi memoria, nada selectiva para saber cuándo he de felicitar a quienes se encuentran en el interior de mi círculo más íntimo, imaginaros con el resto, me ha llevado a dar frecuentemente una enhorabuena con algunos días de retraso, casi siempre, o directamente no felicitar por puro y duro ejercicio del olvido y el descuido. En cambio me sorprende la facilidad con la que a mi retentiva se adapta un repertorio de doscientas referencias de vino, o de treinta diferentes quesos, o hasta la pericia con la que llevo a cabo algún que otro movimiento de mi profesión, que tenga que ver con la memoria sin ser precisamente la buena salud de ésta un rasgo que me caracterice, a la vez que soy completamente incapaz de hacer con relativa facilidad algo que supuestamente es bastante más sencillo, como pueda ser recordar una lista que no supere en tres o cuatro los artículos de una compra para el hogar o mi adaptación a las nuevas tecnologías que a penas plantean complicaciones sino más bien al contrario.
Recurrir a reglas nemotécnicas es un recurso que ayuda a mejorar la relación con aquellas cuestiones que nos pueden facilitar dar sucesivos pasos en pos de mejorar nuestra organización laboral con la aparente comodidad con la que se hacen los recados cotidianos. La explicación de mi constante atolondramiento y el subsiguiente rescate en el que me veo inmerso mediante artesanales técnicas que me orienten un poco, como recurrir a apuntar más de una cosa de lo más trivial para que no se me olvide, debe estar en el desapego a todo cuanto me rodea, en las ganas de no sentirme atado a nada y en el gusto por saborear el aire sin rendirle cuentas a nadie, o en la onírica ansiada esperanza de que llegue el día en el que trabajando sólo, sin necesidad de fingir una sonrisa, me resguarde lo suficiente de este mundo de publicidad y propaganda populista en el que me veo inmerso sin el más mínimo afán de estarlo, reconciliándome así con las partes de éste con las que no estoy de acuerdo: haciendo lo que uno sueña saber hacer algún día con la debida libertad y disfrutar en los ratos libres de lo que sucede, o aparentemente ocurre, sin darle más importancia que la que se merezca el escrutinio de la observación y el aprendizaje para después plasmar sobre un papel todo eso tras lo que se esconde algún rasgo de esencia que sea capaz de darle vida a las apariencias, sintiendo el crecimiento con el que valerme para afrontar la sucesión del tiempo de una manera tranquila y consciente de la importancia de llegar lo más lejos en el camino con la sensación de que ha merecido la pena el trayecto.

He empezado a escribir sobre esto pensando en que quería recordarme a mi mismo que ahora hace poco más de un año que comencé mi andadura en este blog, después de que la continua voz del ánimo por parte de mi querida Blimunda, hermana del alma, no cesase de insistir, a lo largo de un par de años, para que me pusiera manos a la obra con mis ripios con el fin de saciar una inquietud con el consiguiente beneficio que reportan las ideas sanas, como es el caso del acto de escribir. Después de esta temporada que abarca los últimos doce meses la sensación es de gratitud y de disponer de una especie de tabla de salvación en esta pantalla. Desde la primera entrada, Mutis y alarido, escrita tras uno de mis ordinarios paseos por las calles de Sevilla, como cada vez que pongo un pie en ella para dejarme llevar por el encanto de cuanto allí se mueve, en la que vi a unas personas protestando por la abolición de una serie de derechos de los que no querían verse despojados, protesta de la que yo me valí para comenzar con un mensaje general de desaliento y esperanza, hasta el día de hoy, han pasado por aquí personajes de la calle y de las bibliotecas en las que suelo refugiarme del frío humano, rincones del sur, gestos, barbaridades y sospechas, encuentros con lo que nos espera detrás de las esquinas, algún que otro humilde intento de poesía, trozos de un autorretrato, pensamientos que si no suelto pueden hacerme daño y la sensación de que esto es lo más parecido a una terapia para no dejar que el viento se lleve muchas de las cavilaciones que me acucian mientras me ducho o friego los platos o miro por una ventana preguntándome por qué son así las cosas y no de otra manera.

Tras un año, en el que ha pasado un poco de todo y he cambiado cuatro veces de apartamento, tengo todavía más ganas que al principio de continuar escribiendo, sintiéndome rejuvenecido y con la tentadora intuición de no decir ninguna tontería si afirmo que me siento mejor persona, que escribir debería formar parte de las recomendaciones más al uso de los psicólogos y psiquiatras para combatir los males de la mente en lugar de despachar de un plumazo a los pacientes garabateando una hoja de recetas con la que adquirir determinados fármacos a la primera de cambio. Quiero agradeceros vuestro esfuerzo e interés, a todos y particularmente a Blimunda, Amoristad y Dyhego, que dejáis un trozo de vuestra generosidad cada vez que pasáis por estos Peces de hielo en los que se barrunta a cerca de lo que se cuece en mi interior, con el deseo de que no decaiga el ánimo y que la realidad sea tan proclive a la inspiración como mis fuerzas para continuar entusiasmado en teclear y corregir hasta quedar medianamente satisfecho con el resultado y que me sigáis dando vuestra opinión tan agudamente como acostumbráis hacerlo. Así mismo lanzo desde aquí el impulso que mis fuerzas me permiten para desearos que vuestros blogs continúen gozando de tan buena salud, creatividad y originalidad poética, y que vuestra dedicación a los mismos sirva para que os sintáis cada día mejor contribuyendo con ello a que se extienda el efecto dominó de la benevolencia, todo lo cual me alegra y celebro como este primer año en el que he empezado a aprender a escribir.
MUCHAS GRACIAS A TODOS, EX CORDE.

jueves, 21 de marzo de 2013

Sin pelos ni señales.






A pesar de no recurrir a combatir los pasajeros momentos de desapego a las actividades con las que mejor me lo paso optando por ver la televisión haciendo uso del trozo de autómatas que llevamos dentro, dejándome llevar por el sonambulismo del mando a distancia y sus perniciosas consecuencias sobre la espuma del cerebro si se sobrepasa la dosis prescrita por el sentido común, tengo el hábito de dedicarle un rato diario a la caja tonta para ir en busca de aquello que ocurre bajo el nombre de noticia, de la misma manera que disfruto manchándome los dedos con la grisura que se desprende de la prensa, sin pasarme tampoco de la raya en la ingesta ya que pronto tropieza uno con el olor a chamusquina, lo suficiente para ir tirando y verlas venir si es que eso es posible por estos medios, y como referencia informativa he tomado algún que otro programa en el que poder sacar en claro algo que se asemeje a la verdad de entre todo lo que se publica y se enmascara de eufemismo. Resulta llamativo que uno de los espacios en los que a las cosas se les llama por su nombre, por no decir el único además de Salvados de Jordi Évole, es un resumen sarcástico de la actualidad, El Intermedio, de la mano de la irónica genialidad de un magnífico equipo liderado por Miguel Monzón: el Gran Wyoming. Dos granos de arena en la inmensidad de un ancho desierto.
 Tenemos los telediarios y los periódicos, las emisoras de radio y el mar sin fondo de la red, en esta etapa de la civilización en la que parece que todo llegará mucho más lejos de lo previsto en los avances que despuntaban hace apenas unos años, en estos dos siglos encabalgados en los que cada día sale un nuevo invento con el que la tecnología, más allá de pretender hacernos la vida más cómoda y a nosotros más imbéciles, nos abre las puertas de instrumentos que nos acerquen a todo ser viviente del planeta sin movernos del sofá, atándonos de pies y manos manejando nuestros datos y comercializando con nuestras identidades : tenemos, aparentemente, a nuestra disposición toda la información que deseemos con solo pulsar un par de teclas pero desgraciadamente no disponemos del respaldo moral de quienes manejan los hilos mediáticos para que sea creíble una pequeña parte de cuanto se emite, y casi todo lo que sale a la luz pública es literalmente mentira o ha sido tergiversado hasta ocupar el molde del pastel con el que se le supone más sabroso.
Decenas de periodistas, a diario, esperan en la puerta de unos juzgados o a la salida del Congreso de los Diputados, en el portal de la vivienda de un político corrupto, en la puerta del Senado o allá donde se encuentre el germen de la crónica o la aparición de la primicia. Vemos cómo los reporteros atraviesan el mundo entero para darnos a conocer lo que hacen otras culturas que luchan por sobrevivir mientras la parte oscura de la globalización les lanza sus garras y lo mancha todo de sangre. Todo parece más fácil que nunca para que la transparencia no se tope con las tortuosas alimañas del partidismo ni con las razones ideológicas que no dejan de mirarse el ombligo: todo tiene apariencia de estar dispuesto para que el ciudadano de a pie, ese que hace cola en la oficina de empleo o en la puerta de un comedor social, ese que se debate entre la ruina y lo imprescindible por culpa de la estafa del archiconocido caso de las acciones preferentes que acabaron salvándole el culo a Bankia, ese que lleva a sus hijos al colegio y después se marcha a repartir currículums, sepa con pelos y señales qué sucede a su alrededor y de qué forma: en qué modo transcurre todo aquello cuyos mínimos movimientos pueden alterar el presente de las casas de los que sostienen con su esfuerzo el castillo de este gran embuste; pero parece ser que la realidad nos dice todo lo contrario, por paradójico que pueda parecer este sinfín de posibilidades para estar correctamente informados, transmutadas en todo lo que atiborra las emisiones de los telediarios previamente alimentados con los multimillonarios presupuestos de las cadenas de televisión para hacer frente a la cobertura de sus redacciones, ya que tienen pinta de ser una farsa, un teatro en el que sus mejores actores no se atreven a divulgar con valor las verdades del barquero por miedo a ser despedidos, o por estar tan convencidos de que le aportan mucho beneficio a sus lineas editoriales no saliéndose de los márgenes dictados desde los despachos de las mismas agrupaciones políticas, y lo que resulta más peligroso de todo: la certidumbre con la que abordan sus cometidos denotando una falta de conciencia social que raya el drama del egocentrismo y la misantropía cuyas consecuencias son el perfecto silencio que se transforma en la más repugnante de las ignorancias: la que no se quiere enterar del mundo en el que vive y que superlativamente colabora a la inevitable desigualdad que cogerá a unos cuantos refugiados bajo las faldas de sus habilidades reptiles y denigrantemente intelectuales.
Flaco favor a las bases de toda escala de valores en la que ha de sustentarse una sociedad; pero claro, si no existe dicha escala, o si se encuentra en vías de extinción, pues todo el monte acaba por ser orégano y la más inminente de las preocupaciones es rezar por si mañana se funde la tierra y nos pilla dentro intentando con nuestras plegarias que ésto suceda lo más tarde posible, y el que venga detrás y se encuentre el cotarro de escombros, nuestros hijos sin ir más lejos, que se busque la vida. Todo esto demuestra uno de los rasgos de la grave enfermedad por la que atraviesa el sistema: la promulgación cada vez con más fuerza, aprovechando las carencias de la extrema incultura universal y haciendo el papel de tuertos en el país de los ciegos, de un populismo informativo que ha vuelto a estar de moda, acercándonos a épocas arcaicas que ya parecían haber desaparecido de los mapas del recuerdo, poniéndonos cerca de lo que queremos escuchar sin decirnos mañana estaréis corriendo el peligro de ésto o de aquéllo, y, por poner un ejemplo, dejando que los comités de decisiones reunidos en Bruselas, en los que impera un sorprendente ambiente de impunidad, se devoren naciones enteras  a costa de no aceptar las condiciones de un rescate con matices de chantaje, porque a nosotros se nos estará contando cualquier barbaridad con tal de desviar nuestra atención, como la ridícula y bochornosa tendencia por parte de algunos locutores de radio, de cadenas que ostentan un difícilmente igualable bagaje, de decir que el fútbol nos ayuda a olvidarnos de la desgracia que tenemos encima, pretendiendo acercarse a sus oyentes en esas madrugadas en las que no pueden dormir por no tener ni idea de cómo amanecerá mañana, poniendo el ejercicio del populismo en el Everest de lo mediático. Y de ahí en adelante una montaña de motivos para poder decir que nos encontramos manipulados sin pelos ni señales.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Diosa primavera.






Primavera, hora bendita, minuto sagrado, segundo latente en el reloj de la adrenalina, en la disyuntiva de las margaritas, en el torrente de los aromas y en los repertorios del significado. Qué alegre resulta contemplar la resurrección de los tejados, el restaurado color de las fachadas, la presunción del espejismo en el brillo del asfalto, el canto de los pájaros dando la noticia: dejando el geométrico dibujo de su vuelo suspendido en los aterciopelados susurros de los aires: como un etéreo y transformado tatuaje sobre la frondosidad de los paisajes que dilatan el futuro en los puntos suspensivos del placer de tanto bueno como existe, en la ecuación del equilibrio cuya incógnita se reserva el derecho de admisión para los gemidos que trastoquen las normas en su comportamiento con el frío. Todo se deshace sin derretirse, nada se resiste a la magnitud del espectáculo, del cálculo preciso de la dicha cincelada con preciosas armonías impresionistas, con retratos de campos fértiles y poblados por los duendes del fulgor.
La primavera acelera el pulso del paisano y la voz de las vecinas, levanta la falda de Marilyn y hace sonreír a los taxistas; se olvida del abrigo y sus solapas, desenreda de los cuellos las bufandas, a las rebecas desabrocha los botones, se viste en mangas de camisa y por la garganta de su Marzo no pasa la vendimia de sus aguas si no han sido previamente perfumadas. La primavera espolvorea polvos de talco coloridos y emanados de las plantas, de las flores y de los árboles y de las raíces y de los arroyos y de los ríos y de los mares de la libertad del calendario recibido con el brío de la puesta en escena de los cinco sentidos: polen de azahar que aproxima a las calles el júbilo del canto gregoriano de las tardes más largas: crepúsculos sostenidos por la paleta de los tonos y las luces que los pintores transparentan y por la templanza más hirviente que la historia se permite, por lo que lo impregna todo de manera inconfundible y no se deja nada en el tintero de la vida.
Hay renovados brillos reflejados, como cada año, recordándonos que la tierra gira y que el aire se respira, que las nubes no se inmutan con el estertor de los relámpagos, que de otra forma y en otro grado más urgente se consuman las promesas: en un sobresaliente contenido y continente que huye de la rutina del invierno y su brasero, encontrando su guarida en el colmado prado del deseo de las frutas del presente, para las que aún siguen estando llenos los estanques de las uvas de la rima, y de la parsimonia de la prosa en el zigzag del portaminas y en el audaz juego de la metáfora sibilina, y en el consuelo de un poema salpicado de ternura enloquecida que vuelca toneladas de energía en una sola y en otras miles de sus causas nunca dadas por perdidas: belleza, compás, aire, pureza, concierto, viveza, regueros de pétalos, montañas de hojas maquilladas, carruseles de pigmentos enarbolando la bandera de una fecha, manicomios para cuerdos orgullosos de haber perdido la cabeza, fabulaciones retratadas, desmesura mesurada y sutileza.
La primavera saca a la pubertad a pasear las acuarelas de las voluntades más efímeras y más intactas: para comerse el mundo de un bocado y no dejar ni gota ni rastro del pecado, para tocar las palmas al son de la comparsa de la plenitud de las manzanas. Insaciables avenidas de proyectos figurados en Marte y en la Luna, en el fin del mundo que parece estar ahí al lado, a la vuelta de la esquina, en un carrito de helados cuyas cremas son del caramelo que con besos se ha montado. La primavera es el descubrimiento de planetas que hasta ahora habían estado vetados por la autoridad de la tristeza, y supone el desenlace sin llanto ni máscara ni coartada de los bienes inmediatos de la patria de la naturaleza: tartas de avainillada nata con fresas y mermelada a cucharadas, algodones de azúcar embadurnada con el rigor de la certeza del encanto, de la conquista, de la puerta abierta a la larga y ancha aventura de la diosa primavera. 

martes, 19 de marzo de 2013

Brújulas.







A veces, en lugar de dirigirme premeditadamente hacía un estante en concreto de la biblioteca, en el que sé que encontraré a un autor como Delibes, Vargas Llosa o Saramago, siempre con ganas de releerlos para ver hasta qué punto soy el mismo u otro diferente frente a la misma obra, me dejo llevar por el espíritu de una libertad guiada por una premonitoria intuición de descubrimiento hacía no sé dónde, de modo que antes de saber cuál será la nueva adquisición voy presintiendo que algo bueno esta a punto de suceder: encontrarme con un libro que estaba ahí desde hace quién sabe cuanto tiempo, esperándome, haciéndolo sin más ayuda que el azar y con una considerable dosis de seguridad que se convierte en la anticipación de un acontecimiento culminado. Así me metí en el interior de la vida de Francisco Ayala, en los razonamientos de Schopenhauer y en la prosa articulista de García Montero, casi sin querer, con una perezosa voluntad que deja en manos de la pura casualidad parte importante de la responsabilidad electiva. Es un hábito del que no soy el único representante por estos lares, lo veo en otras personas o eso intuyo: el merodeo de los ratones de biblioteca sin saber muy bien qué quieren pero deseando saberlo, olfateando el queso que hay en el lomo de los libros y decantándose por uno de ellos con el que acaba de mantener una secreta y silenciosa conversación en la que se han dicho lo suficiente como para no esperar a llegar a casa y comenzar la lectura justo en las escaleras que bajan en dirección al hall de la entrada.
 En una de las salas que acostumbro visitar con más frecuencia de la biblioteca de Huelva, nada más entrar hay una especie de árbol metálico que sirve de expositor en el que se muestran las últimas novedades. En él se mezclan los géneros y los nombres, la sugestión de los títulos y los colores de las encuadernaciones, y suele ser el lugar más concurrido, junto con el dedicado a los libros de psicología, por parte de quienes se disponen a hacerse con un ejemplar para pasar unos días distraídos en el interior de un relato o en las alternativas propuestas por una serie de nuevos talentos para no preocuparse más de lo debido o para alcanzar la cima del liderazgo con la misma dudosa eficacia que esos cursos que te aseguran hablar inglés con un determinado número de palabras, sin detenerse más de cinco minutos en su excursión a lo largo y ancho de las instalaciones. En ocasiones yo también me abastezco de este ínfimo repertorio de novedades, pero sin la misma fortuna que frecuentemente me acompaña al sumergirme en el interior de los pasillos flanqueados por estanterías rebosantes de tomos, siempre con la sensación de que estoy dejando de lado las miles de posibilidades que hay justo al lado, tan solo con mirar un poco a mi izquierda, al frente o a mis espaldas. Puede que haya una parte de injustificado prejuicio en la antesala de cualquier lectura que condicione la satisfacción que obtengamos de la misma, y eso me ha llevado a mantener una lucha interna para desembarazarme de la antojadiza idea de que la buena literatura no se puede encontrar de manera abundante en ese repertorio de novedades de la entrada, confirmando la ingenuidad de quien aún no ha leído lo suficiente, hasta que tal suposición se vino contundentemente abajo hace unos días a partir del momento en el que allí encontré Todo lo que era sólido y El atrevimiento de mirar : las dos últimas obras de Antonio Muñoz Molina. Siempre hay excepciones que se encargan de confirmar una regla o una absurda terquedad, pero nada como perderse sin brújula y esperar a ver qué es lo que pasa.

Detenerse a observar cómo reposan tantas páginas juntas, tanta paciencia y sabiduría reunidas en el casi diáfano espacio de la planta de un edificio, para que el ciudadano disponga a sus anchas y sin barreras de ellas, es de una generosidad y privilegio tales que me cuesta trabajo entender porqué no viene más gente por aquí y se une al grupo de los que ya nos sabemos nuestras caras de memoria, y a alguno de los que más pronto que tarde, por su característica manera de pedir las cosas o de hacer una consulta, se echa en falta a partir del momento en el que un extraño silencio hace eco entre las mesas y los ordenadores. A mí me sucede con las ruidosas suelas de mis botas, cuyos gemidos no se ven justificados por el precedente encerado del suelo sino que chirrían adhesivamente sobre el mármol y corroboran mi presencia, sobre todo si me aproximo a los cajones en los que se guardan los discos de jazz y de música clásica, momento en el que en función de cómo suenen mis pasos voy teniendo una mínima noción del hallazgo que anda esperándole a mis oídos.


lunes, 18 de marzo de 2013

Emisarios de la calma.






El paisaje urbano, habitado por estatuas y carteles, por edificios y animales domésticos que hacen sus necesidades en cualquier recoveco, por quioscos de prensa y salas de juego, bares, tabernas y hoteles cuyas plantas se encuentran a medio concurrir, se adereza con la presencia de esas almas errantes que se mueven de un lado a otro del planeta y como por arte de magia acaban aterrizando en esta ciudad, por una de esas casualidades que no tiene nombre y que convierte el devenir del ajetreo de la zona peatonal en algo más noble y digno de ser disfrutado, apartando el resquemor de las miradas que no pueden permitirse la adquisición de una inalcanzable pieza expuesta en el muestrario de un escaparate hacia un rayito de luz que contiene tintes de esperanza, sonoros tintes de esperanza emanados de una armónica o de un saxo, de una trompeta o de un contrabajo, de un acordeón o de una flauta, de un clarinete o de una darbuka, de instrumentos aliados con el beneplácito de lo efímero sobre el banco de un parque o las escaleras de una catedral, sobre la barandilla de unos jardines o el porche de un antiguo edificio público junto a una plaza por la que transita mucha gente, en el dédalo del cruce de caminos entre el ocio, el trabajo y el abandono de las suelas de los zapatos para distraer el aburrimiento. Como si no hubiera otras miles de ciudades, otras tantas en las que perderse por sus aceras y sus sombras, este par de jóvenes ha aterrizado aquí y su presencia pasa tan desapercibida como la de dos fantasmas a salvo de la codicia, cuando bien pensado son un regalo caído del cielo que viene a desatascar la sordera de cuantos zigzagueamos con el pensamiento puesto en otra parte, que nunca es la tendencia a la seguridad sino más bien una desaprobación de las circunstancias para la que no encontramos argumentos que sostengan nuestras muestras de disconformidad.
Casi de imprevisto uno es testigo de la aparición de estos dos muchachos, una pareja formada por una violinista y un guitarrista, de músicos ambulantes con trazas de hippies: descalzos y vestidos con trapos ligeros y caídos, con los cabellos muy largos y la cara muy limpia, acomodados a sus instrumentos con el ademán profesional de componentes de una filarmónica. No hacen ruido al colocarse, sus movimientos son como los de un par de gatos que se adaptan el uno al otro al trozo de tierra que les ha tocado en suerte y se acurrucan aprovechando el último resquicio de pavimento disponible. Se miran con camaradería, aproximándose en el compás de las notas y surcando en el aire un espacio en el que los oídos toman pronto el acomodo de la belleza. Suena algo parecido a una obra de Mozart de la cual sería incapaz de dar el nombre, pero que amablemente me transporta a una de esas tardes lluviosas en las que la paz de fondo de la melodía envolviendo el seguimiento de la lectura es comparable al sentimiento de serenidad que se percibe en esta esquina de esta ciudad en la que fortuitamente se han parado este par de seres independientes que parecen no pedir nada a cambio; parecen emisarios de la calma.

La guitarra, a pesar de no ser un característico instrumento en las lides de la orquesta clásica, aquí se acopla sumiendo en una nube de originalidad sus acordes a lo que de pieza ensayada pasa a ser algo muy similar a una improvisación en la que a uno se le vienen a la cabeza muchos nombres de muchos Robinsones del asfalto musical que parecen haber caído del cielo muchas veces antes, alguno de los cuales ha podido repetirse en el recorrido sin que haya sido retenido en el álbum de la distraída memoria. Siempre me pregunto lo mismo. Un cartón de vino y una mochila, un gorro sobre el suelo, nada de partituras y mucho sosiego; parece que el mundo no va con ellos, ante lo que yo siento una enorme envidia, unas irrefrenables ganas de ser capaz de no sobresaltarme con nada y permanecer tan inmune a las desgracias como este par de ángeles que aterciopelan el sentido del paseo. Casi nadie se detiene, ya no queda ni un gramo de paciencia, si es que alguna vez la hubo, para apreciar la ofrenda de este impulso de generosidad anticancerígena con el que hoy todo se convierte en algo más dócil y alcanzable en este reguero de baldosas atestadas de comercios. Por momentos pienso que vamos para atrás, que retrocedemos al hábitat de la primitiva ignorancia, sobre todo si me paro a contemplar la simpleza de la apabullante muestra de sabiduría con la que se nos enseña el misterio de uno de los reinos de la felicidad de la mano de este par de genios que necesitan tan poco para permanecer en trance sin que parezca inmutarles que la mayoría no entiende nada.

sábado, 16 de marzo de 2013

Nuestro peso en oro






De una u otra manera nos hemos de ganar el alma, trabajar para ello mediante cualquiera de las vías de las que dispongamos, utilizando las herramientas que más a mano tengamos y siendo plenamente conscientes de la importancia que tiene dedicarle tiempo a esto: a alcanzar la necesaria serenidad que nos devuelva algo de lo perdido en el engañado intento de la carrera de galgos de la competencia. Hallar una mínima paz con uno mismo es una tarea que empieza a ser necesaria a partir del momento en el que la juventud nos viene a decir aquí estoy yo con mis primeros desengaños, y de ahí en adelante, con mas o menos fortuna, comienza el camino de subir y bajar, de creer o no creer, de preferir y escoger y aspirar a que la resignación no nos ponga una venda en los ojos. Esa tarea, la de tratar de encontrar el equilibrio de las piedras que nos sostienen, es una de las mejores maneras de emplear el tiempo y ofrece una recompensa que debe parecerse a la felicidad, a la plenitud con la que un hortelano cuida de sus tomates sin pensar en otra cosa, a la libertad de expresión que no se siente menguada por avisos de castigos ni amenazas. Sé que lo que digo puede parecer pedirle peras al olmo, y aviso de antemano que las moralinas me hacen vomitar no pretendiendo que estas líneas se tomen por algo parecido a un catálogo de recetas y buenas intenciones, estando las cosas como están y andando el mundo tan descarriado, en unos momentos de máxima tensión e incertidumbre que jamás antes se habían vivido en estas circunstancias, muy parecidos a una guerra fría, en los que comienzan a ser muy frecuentes los ojos por la espalda, el resquemor, la desconfianza, la trampa, el sospechoso silencio, las estratagemas de los cobardes incapaces de hacer algo sin mancharse las manos, la desigualdad basada en los trámites de la lentitud de la burocracia, pero no puedo convencerme de que sea imposible.
Bien es cierto que todo puede pasar, hasta la más inverosímil, lo inaudito e impensable, e incluso que lo que ya ha pasado una vez, por atroz que haya sido, puede ser una firme prueba de que pueda volver a suceder, como apuntó Primo Levi. Decía Fernando Pessoa: espérate lo mejor y prepárate para lo peor. No es mala manera de afrontar esa búsqueda de lo que al principio llamé alma, llámese también inteligencia para aquellos que lo prefieran, o espíritu, o creencia en uno mismo a partir del momento en el que se toma clara consciencia de una sola cosa: de la humilde y simple y sana y sencilla sensación de bienestar que supone afrontar la existencia en un tono de civilizado afán por mirar dentro de nosotros mismos y dejarnos de una vez de recurrir al cuento de lo que hagan o deshagan los demás, de aferrarnos a una impúdica imitación que parece no tener remedio en la que peligran las bases de la originalidad y la misma convivencia. Puede que de esa manera, cuando llegue lo peor, tengamos algún as en la manga de la tranquilidad: el reposo de saber que todo es posible. Este es un razonamiento al que llegamos todos, un camino en el que encontrarnos la mas fácil de las maneras de no tener la mente ocupada en disparates y presunciones de culpabilidad o inocencia que acentúan la presión arterial a cambio de una irreparable pérdida de tiempo. Pero parece no haber manera que concilie tantos intereses y faltas de atención.

Marcel Proust confesaba ganarse el alma en los libros que escribía, como sin en ese ejercicio encontrara una senda hacia la purificación, hacia la verdad de la consciencia, hacia la esencia de las cosas mismas, empezando por el entorno del que formaba parte hasta concluir en cada uno de sus gestos, hasta dar pelos y señales llegando a los insospechados límites de lo que puede encerrar la reflexión en torno a una taza de café con leche y una magdalena que se desmigaja. Hay religiones, como el budismo, en las que la capacidad meditativa de sus miembros alcanza cotas admirables y envidiables si uno se para a pensar en las toneladas de pastillas antidepresivas que se consumen cada año en este planeta al que ya solo le falta cambiar el sentido de su rotación. Existen maestros de yoga que son capaces de quedarse con la mente en blanco, sin pensar en nada, como queriendo alcanzar un nirvana que les repare del sufrimiento, durante un largo rato. El sencillo acto de respirar correctamente nos puede llevar a la relajación sin más esfuerzo que concentrarnos en la manera de coger aire y expulsarlo de nuestros pulmones. La admiración de obras de arte, el refugio del estudio limpio y sosegado, sin más pretensiones que aprender algo más para no perderse demasiado en esas infructuosas explicaciones de las que rescatar la manera en la que tratan de engañarnos, da como resultado una capacidad de alcanzar la calma de una diferente manera a la que conocíamos antes de habernos parado a pensar, normalmente después de un estrepitoso fracaso o desengaño, evolucionando y sabiendo que no sabemos nada y encontrando en ello el refugio necesario para una libertad merecida. Ver, oír, escuchar, contemplar, opinar tranquilamente, vivir de forma inquieta pero civilizada: ¿Es eso tan difícil?
Me pregunto con frecuencia, cada vez que hojeo un libro en el que se habla de la Grecia Clásica y de las grandes virtudes intelectuales de sus más representativos protagonistas, si tan malo es pretender hacer las cosas con algo de sentido del reparto de beneficios sin esperar a cambio nada más que la sencilla tranquilidad con la que poder atender a otras cuestiones como el mero tránsito de la vida, pero puede que esté ahí el problema, en lo de esperar algo a cambio. Claro está que la respuesta es que no, pues somos animales racionales que se distinguen por eso, por su capacidad de discernimiento y de asimilación, por saber cómo adaptarse al medio y encontrar el equilibrio en el que hombre y naturaleza convivan sirviéndose el uno al otro sin hacerse daño. Pero ese equilibrio, esa necesidad de sentir el bien parece no ser tan sencilla, incluso me atrevería a decir que viable podría ser un término que ya se pone en tela de juicio, porque el negocio naufragaría, y a las pruebas me remito, y la cuestión parece que reside en reinventarse, en hacernos otros afines a los tiempos por negros que éstos sean. Ya lo sé, no voy ahora a descubrir la pólvora, pero un pequeño reordenamiento individual ayudaría algo: hay que mover una montaña, y cada cual es un granito que vale muchas veces multiplicado su peso en oro.

viernes, 15 de marzo de 2013

Con la sesera refrescada.





No todos los días se tiene la posibilidad de asistir a un acto cultural consistente en una conferencia sobre narrativa o a la presentación de un libro, en esta ciudad del sur de España en la que la literatura se sostiene de las patas del banco de Juan Ramón Jiménez y poco más, con todo lo que hay a pesar de andar en la cuerda floja de lo desconocido. La velocidad de la luz de la vida hace que cada vez con mayor insistencia dejemos de lado lo sucedido ayer y nos apresuremos a dar cuenta del presente de una manera voraz y sin el romanticismo del carpe diem sino más bien bajo las desenfrenadas acciones de la intolerancia y el desconocimiento de la inmensidad que acapara cualquier detalle: poca quietud y mucha prisa hacia ninguna parte. Por eso resulta atractiva la comparecencia de un escritor en la pequeña sala de una biblioteca reservada para el momento, en cuyo vacío se presagian los atisbos de una sabiduría que aún no nos ha sido regalada, en la que escuchar y poder preguntar algo al respecto de las inquietudes que uno tiene, y que se imagina poder tener en relación con esa deseable parte en común con cualquier autor, en esa admirativa mirada que se le dirige a quienes han logrado abordar una historia, página tras página, y dos y tres y en este caso hasta dieciséis.

 Ayer en Huelva, Francisco Díaz Valladares presentó su última novela: Antares. No he leído ni ésta ni ninguna otra obra de este autor, pero me pareció atractivo asistir a dicho acto para escuchar sus palabras, las palabras de un escritor, lo que con ellas dice una mente creativa e inquieta, uno de esos hombres que pasan parte de su jornada rascándose la cabeza en busca de ideas y poniéndole nombre a los personajes, inventando historias, sacando a flote argumentos y emocionándose a lo largo del camino de la escritura. Parece ser que su obra está escrita para ser leída por todos los públicos pero fundamentalmente destinada a saciar el hambre lectora de los jóvenes. Qué envidia dan estas personas cuando hablan de sus horarios preferidos para ponerse manos a la obra cada día, emanando de sus reflexiones una pulcritud de entusiasmo con la que el oyente aficionado siente un primer empujón para lanzarse a proponerse un mínimo rigor disciplinario y hacer algo parecido.

Me gustan ese tipo de libros en los que se encuentran datos sobre la vida de los escritores: preferencias y anécdotas, hábitos del oficio, manías, formas de trabajar y de comportarse, aficiones y ritos afines a la época que les tocó vivir, en fin esa serie de cosas que forman más bien parte del fetichismo y de la tendencia a venerar, casi siempre desproporcionada, a nuestros referentes literarios y que poco o nada nos inducen a satisfacer nuestro apetito intelectual en torno al estilo y a lo que es realmente la literatura: los mecanismos para contar y persuadir, la forma de hacer que los lectores disfruten y se sientan atrapados por la suerte en la que transcurre una historia, por su contenido y por la fuente de conocimientos inmersos en el engranaje del relato, para que la sigan y la escudriñen y se sientan, en cierto modo, partícipes. Precisamente ayer, mientras terminábamos de acomodarnos las diez o doce personas que asistimos al acto, me entretuve en hojear un libro recién adquirido que habla de eso, de las vidas de los escritores: Vidas escritas de Javier Marías, en el que aparecen la póstuma salida a la luz del diario de Thomas Mann, la severidad protocolaria de Henry Miller, la tortuosa y enfermiza existencia de Joseph Conrad, el hermetismo del carácter de Wiliam Faulkner, la distancia entre el olvido y la memoria de Vladimir Nabokov o el nagativismo de Ivan Turgueniev, entre otros, con los que uno se siente como inmerso en esos días que vieron a estos genios andar por el mundo y se imagina aspectos en todo caso accesorios con los que enriquecer su visión sobre los autores y las diferentes circunstancias en las que llevaron a cabo su obra.

Francisco Díaz insiste en que en primer lugar hay que escribir para uno mismo, para disfrutar del mero acto del ejercicio, sin contemplaciones, dejándose llevar por los personajes y el paisaje:  por esos seres misteriosos que tienen vida propia y a los que parece que a lo más que llega el autor es a bautizarlos porque después se les va de las manos todo cuanto les tenía preparado, porque adquieren impulsos que van más allá de la voluntad del escritor y actúan por ellos mismos, desvinculándose de lo prefigurado -  hasta que de repente llegas una mañana, te pones delante del teclado, y unos minutos antes, cuando estás repasando el punto en el que ayer dejaste el relato - dice Francisco Díaz- te das cuenta que uno de los personajes ya tiene dos hijos después de haberse casado, como si no lo hubieras escrito tú y tuvieses que ponerte al corriente de la historia para no equivocarte, no vaya a ser que uno de ellos te eche en cara algo, como si fueran los personajes los que van y vienen diciéndole a la mano que agarra el lápiz o a los dedos que pasean sobre el teclado qué es lo que tienen que contar sobre ellos y por dónde han de continuar los pormenores de cada acontecimiento-.
Es mágico. Escuchar a alguien así, que asegura que eso que cuenta de los personajes y de la inspiración ocurre de verdad, hace mantener ciertas esperanzas en que hay vida detrás de esas puertas que se niegan a abrir los surcos de tinta sobre los papeles en blanco en los que no hay quien escriba nada, y además reconforta el alma ver como hay espíritus que invocan a los chavales a que se introduzcan en el mundo de la creatividad, en el arco iris de las palabras, en la paleta de colores de las aventuras y en el conocimiento de los universos de la literatura, pero eso si, ante todo disfrutando; y entre lo que nos dijo Francisco y lo que sigo leyendo en el libro de Marías me voy haciendo, una vez más, a la idea de la cantidad de novelas que hay detrás de cada una de las que hay escritas, y después de la charla me voy a casa como un niño con zapatos nuevos, con la sesera refrescada.

jueves, 14 de marzo de 2013

Sólo entonces.









Ayer, al recibir la noticia del nombramiento del nuevo Papa Francisco I, instintivamente me acordé de un amigo muy devoto que, teniendo en cuenta el tiempo que empleó mi teléfono en enviarle un mensaje, no es de extrañar que fuera uno de los miles que se congregaron en la plaza de San Pedro para celebrar la resolución del cónclave. Ni pincho ni corto, no me interesa nada de lo que tenga que ver con la iglesia católica cuando se asoma a un balcón a cuyas espaldas hay un edificio cargado de obras de arte, construido con mármoles extraídos del antiguo coliseo romano, y repleto de joyas y símbolos de ostentación que traslucen una estética contraria a su misiva principal de caridad, cooperación, paz y fraternidad amparada en el calor de los buenos sentimientos y la sobriedad. No me seduce nada esa imagen. En cambio en cuanto a las repercusiones que pueda tener la elección de uno u otro candidato, en lo concerniente al significado histórico que algunos santos padres han tenido, en la fuerza de la onda expansiva de las decisiones que se tomen ahí dentro, en el Vaticano, me gusta informarme al menos para no andar muy perdido, y cada vez que lo hago no dejo de pensar en el referente ineludible que supone esta institución para con el mundo, la vital importancia de los acuerdos, del contenido de los concilios, las encíclicas y los edictos con respecto a la forma en la que giró, gira o vaya a girar el planeta. Desde niños estudiábamos en los libros de Sociedad del colegio, aquella E.G.B., que uno de los máximos poderes, y en algunas épocas el que más, era el de la iglesia: la religión, la fe y la creencia en algo intangible, espiritual, que condiciona la marcha del mundo entero; y a base de años uno va atravesando la andadura del desierto de la vida casi sin darse cuenta de lo poco que hemos evolucionado: de la necesidad que tiene la humanidad de que le cuenten un cuento, de la facilidad con la que lo dejamos todo en manos de la esperanza y la divina providencia a la suerte de la cual ha habido incluso ministros que se han entregado para resolver problemas como el del paro: habemus poca vergüenza.

Salgo a la calle y me cruzo con decenas de personas que creen, hacia los que confieso una cierta envidia sana difícil de explicar, como mi amigo el de la plaza de San Pedro, o como otro antiguo compañero de fatigas profesionales que en un libro que me regaló en mi despedida de un lugar de trabajo escribió que yo me llevaría muy bien con Jesucristo: gente de buena fe a la que merece la pena escuchar y ver actuar, como a esos misioneros que no permiten que la impotencia y la fatiga les derrote en mitad de su camino hacia la salvación de un par de niños, aunque vean como otros cientos se les han quedado en la senda de sus intentos; gente que colabora y contribuye, ya digo, no solo con sus palabras sino con sus actos, y en lo poco o mucho que puedan te echan un cable, aunque seas ateo confeso y sin remedio, o agnóstico que no lo tiene claro. Entonces salta a la vista esa gran incongruencia, ese desajuste sin límites entre los postulados, los mandamientos y las consignas que otorgan al asunto un velo de bondad, misericordia, humildad, entrega, lucha, silencio, amor, compasión, piedad y convicción de hacer el bien de manera austera y sin esperar nada a cambio frente a la gigantesca ampulosidad de las sedes, la intervención en los negocios, la colaboración con regímenes dictatoriales y las vueltas de tuerca que incluso a alguna guerra mundial se les haya podido dar desde las instancias que sirven de referentes para personas como este par de amigos míos o esos millones de ciudadanos que habitan chabolas, favelas o suburbios construidos de retazos de chapa oxidada, cartones, maderas podridas y alambradas.
Me pregunto si el cardenal Jorge María Bergoglio pensó ayer en esto, cuando se asomó ante la multitud expectante que coreaba mensajes de bienvenida en su honor; me pregunto si este señor del que sabemos que se ha caracterizado por una andadura sencilla a más no poder habilitó un lugar en sus pensamientos para preguntarse así mismo a ver cómo lo hago a partir de ahora, a ver cómo les cuento yo a todos estos, venidos desde, como dijo refiriéndose a su nombramiento, casi del fin del mundo, desde todos los rincones de la tierra, para que entiendan que una cosa es una cosa y otra es otra. Él, que siempre viajó en autobús o en metro y rechazó la posibilidad de alojarse en una vivienda con más comodidades que las de su rudimentario apartamento, que se hacía diariamente la comida, que cogía un micrófono y predicaba en las calles de Buenos Aires, que besaba los pies de los enfermos y acudía a ayudar a todos los desamparados, que cantaba los goles de su equipo de siempre y saludaba a los vecinos, que caminaba con el mismo aire desapercibido que un parado, ahora se encuentra en el lugar al que hace ocho años no accedió porque se retiró en la tercera votación, justo antes de la definitiva, en la que se vio demasiado cerca y prefirió darle paso al favorito Ratzinger, a quien apuntaban todas las quinielas, aunque suene a blasfemia esto último que me parece bochornoso cuando lo escucho de la boca de algún profesional de la comunicación; ahora tendrá que intentar parecerse a ese par de amigos míos que lo celebran y veneran y aplauden y ponen en un altar, para que las campanas del corazón de todos los fieles suenen sin interferencias ni asonancias del cinismo: solo entonces podremos decir que la iglesia ha tomado un nuevo camino.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El mundo al revés.









Con el gusto de disponer de una habitación propia, a lo Virginia Woolf, en la que poder estudiar y tener los libros sobre la mesa, unos encima de otros, arremolinados, en grupos de dos o tres que fácilmente se olvidan y quedan dispersos a la espera de una consulta que justifique su amontonamiento, en esas ansias que llevan muchas veces al autodidacta a querer abarcar mucho más de lo que puede, miro a través de la ventana y veo un cielo por fin despejado tras muchos días en los que la lluvia ha sido un factor de riesgo intermitente para la claridad y los rayos de sol no salían de su misteriosa indecisión climatológica. Ahora parece que por fin tendremos una Semana Santa tranquila y sin riesgo de aguacero, podrán exhibirse los santos y las vírgenes y podrán los fieles llorar y quemar cera, rezar sus plegarias y llevar a cabo las prometidas penitencias con las que lograr algo parecido a un milagro. Todos sentimos la necesidad de contar con alguien o con algo a lo que agarrarnos en casos extremos, ante una desgracia o ante el inminente retroceso de nuestros proyectos, cuando la debilidad parece que se apodera de nuestras decisiones, cuando no es suficiente con nuestro ímpetu y hemos de solicitar refuerzos, municiones para el ánimo, sacar fuerzas de flaqueza y acompañarlas con la presumible omnipotencia de un icono que nos consuele. Me pregunto que pensarán los vagabundos de todo esto, sobre todo después de escuchar las declaraciones del abogado defensor de la idea de que tanto éstos como los parados, los que no trabajan, los vagos y desdichados, los perezosos, los holgazanes que solo piensan en robar y en tirarse a la Bartola, los mugrientos que no colaboran, son cánceres sociales a los que hay que apartar. Pido disculpas porque no me acuerdo del nombre de este señor, mayor, por cierto, con cara de anciano franquista y de llevar un arma en el bolsillo y un crucifijo de oro en el pecho, al que hoy he visto en televisión y del cual me ha dado literalmente asco. Qué pensarán los necesitados y despojados de hogar y de alimento, los que literalmente no tienen donde caerse muertos, cuando escuchan hablar así a un individuo creyente al que le huele el aliento a nacismo que se queda con las ganas de decir que se tendrían que volver a instaurar los mecanismos de las cámaras de gas.

El mundo al revés, la solidaridad atascada por los conflictos del interés, el reclamo de la justicia convirtiéndose en monotonía, los noticiarios utilizando las penurias para acaparar niveles de audiencia de los que luego se jactan proclamándose vencedores, los políticos acudiendo a debates televisados por cadenas partidistas, los diarios preocupándose más por demostrar quién fue el primero en denunciar un caso que por el caso en sí, las calles llenas de manifestaciones que parecen no alterar ni un ápice el pulso de los responsables, el mundo al revés y tan solo medianamente transparente a través de mi ventana los días que no llueve. Tres niños salen de España con su padre, al que el juez le ha otorgado la custodia de éstos, sin dejar de declarar que siempre han sido mal tratados por él, y nadie se lo explica. El dinero negro, los sobres, los sobresueldos, no solo está en los políticos: cualquier trabajador cobra una parte de su remuneración mensual en B. La banca recibe una ayuda europea y la utiliza en beneficio propio olvidándose de miles de ancianos a los que ha estafado con el conocido asunto de las preferentes. Alemania es el país modelo, el espejo en el que se quieren mirar el resto de estados miembro del mercado común, y de buenas a primeras un periodista español pisa tierras germanas, habla con la gente de la calle, con los trabajadores y los jubilados, y descubre que allí las cosas están muy crudas, que los fallos que aquí se están cometiendo allí ya han pasado factura porque los conocen muy bien, porque hace tiempo que los pusieron en práctica y ahora en lugar de recomendar el camino a seguir facilitando la información correspondiente a los tropezones en los que conviene, en beneficio de todos, no volver a caer, no se dice nada, se deja que cuatro naciones como España, Grecia, Italia y Portugal anden con la soga al cuello. Como necesitamos una sociedad poco espabilada se sube todo lo posible el porcentaje de IVA para las actividades culturales y lo que a éstas rodea. Como el poder es tan mezquino no se escatima en pactar con acosadores sexuales para acaparar el mandato de un ayuntamiento, por Dios, de un ayuntamiento, si da, además del asco que le da Juan José Millás, vergüenza de comprobar adonde se colocan el listón estos buitres carroñeros y lo métodos utilizados para conseguirlo.
Y así podríamos estar hasta mañana, hasta después de que la fogata blanca anuncie que el Espíritu Santo, tras haber volcado todo su ingenio en una serie de votaciones en las manos y las mentes de cuyos votantes se encuentra la mismísima providencia de lo divino para acertar al cien por cien en la mejor y más conveniente elección, ha decidido quien será el próximo representante de Dios en la tierra, el mismo que tal vez continué justificando lo que pasa bajo el pretexto de que se trata de una misiva para que nos demos cuenta de lo mal que estamos haciendo las cosas: justificaciones hilvanadas en la demagogia de siempre, en la palabrería del opio del pueblo, en el colapso mental de los millones de fieles, los que si saben de verdad lo que supone el ejercicio de la caridad, que todavía se creen que los purpurados hacen algo por el amor que se les supone deben derrochar para que las circunstancias cambien en los lugares mas desfavorecidos, al menos intentarlo. Pura contradicción, el mundo al revés, el nuevo Papa debería ser uno de esos sacerdotes que anda en África con la muerte pisándole los talones y viendo lo que es el hambre y la enfermedad, la miseria de la que nadie se quiere hacer cargo. Han vuelto a caer una gotas.




lunes, 11 de marzo de 2013

Venga ya.






Parece mentira que hayamos llegado a estas alturas de la historia, en pleno siglo XXI, sin saber todavía comportarnos como personas adultas delante de nuestros hijos. Muchas veces tengo la sensación de sentirme raro y fuera de lugar, no ya por no comulgar con muchos de los gestos con los que veo que algún conocido educa a sus retoños, aspecto en el que dada mi condición de soltero no tengo demasiado que opinar, pero sí en el tono empleado para la comunicación y en las palabras con las que se les trata de decir algo a los pequeños: en las expresiones, en los gritos, en el desafuero comunicativo digno de las bestias, en la pura confusión indigna de todo proceso civilizador.
Recuerdo, al comienzo de mi adolescencia, que un amigo de mi padre me dijo que había personas que llegaban a los cuarenta y a los cincuenta años de edad y todavía no habían madurado, y que probablemente no lo harían nunca. Cada día, al escuchar el ruido de una pareja de vecinos y el llanto intermitente de una niña que desgraciadamente vive con ellos, me acuerdo de lo que me comentó aquel señor.  Otra de las cosas que me pasa por la cabeza con relativa asiduidad, muy a menudo ya que cada día hay bronca en ese apartamento en el que reina la discordia, es si estas personas sabían lo que estaban haciendo cuando decidieron tener a esa niña que no se merece esta sucesión de barbaridades domésticas y que está pagando todas las consecuencias, porque ahora parece que el arrepentimiento es tal que la gresca se confunde con cualquier hábito ordinario de la vida en esa casa que se encuentra justo debajo de mis pies: una casa de locos indomados que no andan bien de la cabeza, en la que los alaridos inspiran tanto malestar como pánico sugirió el cielo entre el pueblo y la bahía en el que Edvard Munch fue sorprendido por la sensación de aquel paisaje.

Es terrible, el terror se encuentra en todas las esquinas, y entre los mayores parece ser más frecuente que entre los chavales. Los niños son piezas de oro macizo, perlas en el interior de una concha, diamantes que el tiempo y la buena educación se irán encargando de pulir hasta hacer de ellos una de las máximas aspiraciones a las que puede optar un ser humano: ser una persona consciente de que todo cuanto hace repercute de una u otra manera en aquellos que le rodean: en el bienestar y la armonía, en la convivencia y el uso de las corrientes normas del civismo, en el goce de los días con la naturalidad con la que no se le puede pedir mucho más a una vida para sentirse a gusto; y hay que saber que traspasar la raya de esa frontera, en la que se encuentran enfrentadas las libertades de uno u otro lado, la nuestra y la de los demás y viceversa, supone comenzar a poner difícil el estado de calma propicio para poder empezar cualquier discusión en el tono deseable para llegar a un acuerdo, no a conquistar América ni a descubrir una nueva tumba faraónica, sencillamente a ponernos de acuerdo en facilitarnos el sosiego de la existencia sin que ésto suponga un reto con el que quedarnos sin oxígeno. Pero parece que resultaría impensable, habida cuenta del punto de partida basado en un estado de desesperación, azoramiento e incongruencia nerviosa en el que algunos se empeñan en llevarse el gato al agua utilizando una jerga fuera de lugar y dando muestras de un animalismo a la altura de las fieras campestres que habitan el bosque, y sin ir más lejos en su propia casa.

Pero no me extraña, sinceramente, no me extraña, todo me parece lo más normal del mundo, no podría ser de otra manera. Si salgo a la calle compruebo la falsedad y la condescendencia con la que, en la panadería por poner un ejemplo, los vecinos se saludan y alagan mutuamente para después, a la espalda y cuando uno de ellos se ha ido, lanzarse puñaladas sin pudor ni prudencia en sus comentarios de víboras venenosas e insatisfechas. Pero no me extraña, no me extraña porque llevamos años, muchos años, siendo enseñados a no ser libres, a no decir lo que pensamos, a engañarnos y recalentar continuamente la pantomima del teatro que representamos en la vida cotidiana, que huele a comida de bote pasada por el tamiz del microondas. Además, habría que decir que somos muy cobardes, muy tramposos, muy miserables, tanto como en esa cara de perrillos falderos que se nos pone cuando hablamos con un médico, un banquero o un abogado, o como cuando acudimos a una ventanilla de una administración y sonreímos porque nos sentimos los más indefensos del mundo, por mucho que se nos vaya la lengua diciendo tonterías a destiempo y seamos expertos en preguntas capciosas y malignas que se ajustan a nuestra más fiel radiografía: eso también es muy nuestro, hemos nacido en un pueblo cotilla y acomplejado y envidioso, y ahora queremos ser competentes cuando ni siquiera somos educados ni sentimos ningún respeto ni admiración por el esfuerzo intelectual y pacifista de aquellos pocos que se muestran voluntarios a hacer por donde remar en otra dirección, cuando somos el hazmerreir de Europa entera. Venga ya.


sábado, 9 de marzo de 2013

Buen tiempo.






Después de una semana de lluvia, de un viento extraño que deshabitaba las calles antes de lo habitual, la ciudad vuelve a su usual estado de calima, con el que parece haber permanecido desde que fuera fundada, resplandeciendo bajo los rayos de un sol que ha pillado desprevenido a la mayoría; gente que sale a llevar a cabo sus obligaciones y apenas andados unos metros ve como les sobra el abrigo y el jersey: esa sensación de agobio que otorgan las prendas puestas a destiempo y la incomodidad de no poder despojarse de ellas hasta dentro de un rato y observar cómo a casi todos le ha pasado lo mismo, por miedo a coger un resfriado o sencillamente no haberse puesto de acuerdo con los repentinos cambios de un clima que cada día es más imprevisible, tanto como lo que ni siquiera alcanzamos a suponer que nos pueda suceder dentro de un instante. Ayer, antes de ir a dormir, parecía que amanecería con el mismo aire y los mismos chorros de agua que hasta justo entonces ofrecían esa música que desprenden los canalones, no había nada que incitase a pensar que las fachadas mostrarían este brillo propio de primavera que aquí, en el sur, pronto se convierte en el bochorno del verano, como si una vez pasados los dos primeros meses del año las estaciones tuvieran prisa por disputarse el puesto en lo alto del termómetro.

Como la sensación ha sido de contrariedad era inevitable un cierto intento de adaptación como el que se realiza cuando uno viaja a otro lugar en el que se vive de otra manera, y una de las mejores maneras de introducirme en ese mundo regalado que nos ha cogido de improviso ha sido refugiarme en la música, en las melodías alegres de un disco que lleva acompañándome muchos años, un unplugged de Bryan Adams en el que se escuchan con nitidez los golpes del batería y los punteos de una guitarra que armoniza perfectamente con el buen tiempo y con ese dejarse llevar por los sueños de las cosas que a uno le gustaría que estuvieran pasando.

Junto a las canciones que nos han emocionado, de las que cada cual tiene su propia selección archivada en la memoria como se tiene todo aquello que no conviene olvidar, esas tablas de salvación que algunas veces son meros pensamientos o nostalgias fundadas en creencias o quijotadas con las que caminamos siendo más nosotros mismos, se encuentra un álbum de fotografías mentales, de postales de sitios y parajes ideales, de movimientos y aficiones no consumadas, de planteamientos oníricos que difícilmente podemos contarle a nadie porque son la materia con la que se organiza el diálogo con nuestro otro yo: ese que cuando es preguntado por qué es en lo que está pensando responde que en nada. Y entre las canciones y los fotogramas del pensamiento se fragua la alegría de poder vivir en otro mundo que en apariencia es igual a éste en el que nos encontramos. Puede que no seamos lo que nos pasa sino lo que hacemos con lo que nos pasa, y cualquier oportunidad ha de ser tenida en cuenta como punto de partida de un nuevo surco en el que labrar la sencillez del tránsito de las horas, la observación del panorama que nos rodea, como en este día soleado en el que todo parece haber sido pintado por un pintor vanguardista.

viernes, 8 de marzo de 2013

Ceguera.







Ayer llegué a casa sobre las ocho de la tarde. Llevaba, además de la mochila que me acompaña a todas partes, una bolsa con la compra, y al entrar no encendí ninguna luz, me valía con los restos de claridad artificial procedentes de una vivienda de al lado a través del patio interior que da a la cocina. Dejé las cosas sobre una encimera en la que se van agrupando las adquisiciones que forman ese mínimo arsenal de latas y paquetes que halla su razón de ser en los por sí acaso con los que poder solventar el trámite de los acechos del apetito de manera rápida. Con el apartamento a oscuras me dirigí a la puerta, para cerrarla, ya que no lo había hecho antes por llevar las manos ocupadas. Después intenté, aun sin ninguna luz encendida y valiéndome de una penumbra menguada por la desaparición de ese pequeño foco de luz que había cuando entré, sacar un vaso del armario que hay sobre el fregadero y ponerme un poco de agua, a tientas, guiándome por el instinto del oído y escuchando como se iba llenando el vaso para suponer cuándo sería el momento exacto en el que dejar de verter líquido. Volví a utilizar el tacto para cerrar la botella y para averiguar dónde se encontraba el vidrio. Bebí y volví a dejarlo en el mismo lugar en el que presuntamente lo había alcanzado, y pensé en qué pasaría si en ese momento, por el retraso en el pago de un recibo, no dispusiese de luz con la que hacer lo que hago cada día: moverme con comodidad, ir de allá para acá con la libertad de la mañana sin tener que pensar qué pasaría si no existiesen bombillas ni focos; e igualmente discurrí en cómo sería la vida en esas fases de la historia cargadas de penumbra en las que las antorchas de aceite o el fuego de una chimenea eran todo lo disponible para alcanzar a verse las caras durante la noche y hacer todo lo que fuera menester a esas horas en las que los estímulos debían ser un reloj habituado a la puntualidad.

Pensé también en qué podría hacer, en qué dedicar el tiempo, que parecía ser inútil en el interior del piso a falta de algo que me alumbrase, ya que no disponía ni de una simple vela con la que poder iluminar un libro y al menos tratar de sentir la emoción interpretada de los momentos de aprendizaje que en esas circunstancias se han dado a lo largo de muchos siglos, casi hasta antes de ayer. Cabía la posibilidad de salir a la calle y pasear hasta encontrarme muy cansado y regresar dispuesto a dormir, sin otro fin que el de esperar a que llegase la luz matinal lo antes posible, como queriendo que durase poco esa franja de tiempo en la que se instalan las horas de sueño de las que en caso contrario desearíamos no despertar tan rápidamente, acurrucados en ese dulce calorcillo de monótona e inofensiva vagancia. Pero, y sí la calle no tuviese ningún atractivo, si fuera tan oscura como mi casa, si todo lo cubriera una opacidad en la que los sentidos se agudizasen tanto como no estamos acostumbrados. Decía Goethe que en todas las cosas cada cual queda, en último extremo, reducido a sí mismo; y eso me sucedió a mí anoche mientras pensaba en todo esto, quedé petrificado, solo conmigo en el interior de esa boca de lobo llamada impertinente oscuridad, como ejemplo de las atrofiadas habilidades por una vida casi mecanizada en la que no se nos pasa por la cabeza qué sucedería si irrumpiese con la fuerza de un ciclón esa inesperada desgracia que tan solo conocemos porque la vemos en televisión, por muy tristemente familiar que nos resulten ya esas imágenes, aunque estemos siendo testigos de que lo que hoy prevalece mañana se desvanece con la facilidad con la que llega una guerra o explota una bomba y lo que era ya no es, y los que estaban ya no se encuentran y donde había claridad ahora se posa un manto de tinieblas que nos ciega y nos arrastra hasta lo peor de nosotros mismos, como en esa obra maestra: Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, en la que ya no vale nada ni nadie, en la que el más puro instinto animal de supervivencia rezuma en cada página con la bravura de un terremoto en el que la lógica y la ficción deparan algo de presagio, de vaticinio de una enfermedad que puede ser contagiada como una maldita peste de la que no se puede escapar en ninguna dirección.

Artur Schopenhauer no cesaba de referir la máxima aristotélica según la cual la felicidad es de quienes se bastan a sí mismos, y pararnos a pensar un poco en el cúmulo de difilcultades que encontraríamos si tuviésemos que prescindir de lo que nos parece tan básico, como la luz eléctrica y el agua corriente, como si todo ello hubiera venido sellado en el paquete de la creación, nos acerca a la reflexión de valernos por nosotros mismos tanto como tal vez no alcancemos imaginar porque estamos tan desacostumbrados a valernos por nosotros mismos que atravesamos la vida bajo una permanente ceguera tan férrea que no nos permite ver la de verdad: la auténtica ceguera que nos imposibilitaría de ser quienes somos y ante la que desfallecería nuestra soberbia con la facilidad con la que se diluye un terrón de azúcar en una taza de agua hirviendo. Porque aún podríamos extendernos más en la falta de posibilidades, si se quiere, y para eso tan solo hay que pensar que la ausencia de agua corriente era usual en los hogares españoles hasta hace algo mas de cincuenta años, mientras hoy es difícil suponer que a cualquiera se le ocurra cerrar un grifo para hacer buen uso de ese bien, común y de la naturaleza, del que tampoco alcanzamos a suponer que no disponen millones de personas que mueren de inanición. Algo así como que el ser humano se siente dentro de una maquinaria de la que no hay escapatoria, en palabras de Jünger, es proporcional a afirmar que si saliésemos de esa maquinaria, en la que hemos sido educados como en una incubadora, en el momento en el que desapareciese el más mínimo rastro de comodidad empezaríamos a volvernos locos de impotencia y nuestra ineficiencia costaría ríos de sangre hasta volver a recomponer la cordura.