domingo, 19 de noviembre de 2017

You shoot me all night long


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Siempre hay alguien en segunda fila ocupándose del más ínfimo de los detalles, del oportuno contrapunto, de la extensión, de las normas que no se pueden infringir si uno sabe lo que quiere; siempre hay quien persiste más en el ensayo y en la programación, en la disciplina tras la que se obtiene la libertad necesaria en el escenario, siendo consciente de todo lo habido y por haber en esos metros de autopista hacia el infierno, en esos kilómetros de carreteras y de cielos y de noches y de mansiones y de aquí te espero, en esas tablas fuera de las tablas, que en la continua improvisación de un a verlas venir sin alma ni concierto. Verdad; parece mentira. Siempre hay alguien dispuesto a darlo todo por intentarlo de nuevo, uno de esos irascibles bichos raros que necesitan la soledad pero que son enormemente amables. Todas las/los Figuras necesitan de otro que les guíe y les diga y les cuestione y les aconseje, de ese ser de quien parece incomprensible que formando parte del equipo no ambicione algo más, no aspire a nada más, más protagonismo, más salir en primera plana diciendo esta obra es mía. La música, el rock en concreto, se mueve bajo las coordenadas y los parámetros del ritmo, eso si, cuanto más expresivo y alternativo salvaguardando el buen guiso de las notas en su sitio mejor. Ha habido en los últimos cuarenta años Bandas y bandas, formaciones en serie y en Serio, grupos que lo han y que lo van haciendo unos lo mejor que saben y otros lo mejor que Pueden, de todo un poco como en botica, mejores y peores y mire usted los que más le gusten y paremos de contar, y Corriente Alterna Corriente Continua. Siempre hay uno que dice me quiero parar en este detalle, en esta cuestión, en este compás inexpresivo del que parece que nos vamos aburriendo. Siempre hay uno que se queda insatisfecho después de una comprobación; siempre hay un alma inquieta y poseída por los demonios del perfeccionismo, por lo enredos del saber que se sabe lo que se quiere pero hay que definirlo hasta la saciedad como condición sine que non irse a dormir tranquilo. Siempre hay un tipo que parece que está ahí como que no queriéndose dejar ver más de lo que se tercie, disfrutando de lo que se trae la peña entre manos al son que armoniza pensamientos en busca de la piedra filosofal del proyecto, indagando en las posibilidades. Siempre hay un escritor entre nosotros, sea cual sea el lenguaje; siempre hay un poeta de las imágenes y de los sonidos proyectando lo que da de si su mirada sobre los acordes de una canción en la que cabe una novela, una panorámica, una perspectiva, un recuerdo, un mundo caminado, una fantasía, un oficio.  Ese era Malcolm Young, un virtuoso a la chita callando, un ser capacitado del pensamiento abstracto, un Maestro, un Clásico.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXVII


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Se nos despierta en Noviembre el apetito por lo que se pega al riñón; este mes huele a  caldereta y a higaditos, a riñones al jerez y a guiso de lentejas, a manzanas asadas con azafrán y a puesto de hortalizas mezcladas con legumbres, a carros de la compra con pan de centeno y a desayunos con aceite de oliva y café humeante; este mes huele a periódico doblado con elegancia, a artículo escrito con una pipa en los labios, a bufanda en la que se guardan las chuletas, a incienso de armonía, a dedo en la barbilla. Parece como si los datos necesarios con los que darle forma al crucigrama de las costumbres se encerrasen en treinta días, pero el caso es que cada mes tiene lo suyo como cada uno tenemos lo nuestro; cada mes se desenvuelve en su desierto y en su república planeta de la Naturaleza, en su albarán y en su factura, en su recibo de la luz y en su hueso de cereza; y luego las quincenas y su posibilidad de achicar los espacios por los que se escabulle la memoria, organizándonos tratando de ponerle orden al tiempo; la de veces que en esas conversaciones de besugos en las que hay que aguantar el chaparrón se trata de justificar el mal estado de un negocio aludiendo a las quincenas; las quincenas se visten de comodín y los presupuestos de seda; vamos, que posibilidades hay; en cambio, si acotamos más el cerco, haciendo de nuestro álbum de fotos un recordatorio más extenso, llevándolo al límite de la división en semanas, no nos resultaría tan fácil archivar cuándo y cómo sucedió aquello que dio pie a lo otro sin lo cual no hubiese sido posible tal o tal otro guorever. Un ejercicio de memoria encauzado a la recopilación de fotogramas basados en momentos de felicidad no sería mala receta para ir recordando que no nos podemos olvidar de nosotros mismos, de lo poco/tanto/bastante/mucho que somos, del aire que respiramos y de las calles por las que se gastan las suelas de nuestros zapatos. Noviembre tiene ese aire de sin enchufe en el concierto básico de la caída de las hojas de los árboles. En La Ciudad todos los meses tienen su guiso de Primavera.

Diario de Noviembre XXVI


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Hay edificios que parecen estar encantados, casas que soportan el paso del tiempo con pétrea calma de esqueleto. Las líneas de una fachada hablan de su época; los perfiles de los entrantes y salientes se encallan a pesar de los siglos, y eso les da la potestad de la experiencia y el volumen de la historia, los tatuajes del temporal y no sé por qué una apariencia incólume. La permanencia de tanta belleza junta, la cotidiana presencia de la misma, nos lleva a un tipo de costumbrismo que le resta interés a la intención de querer saber más a cerca de nuestro entorno, porque la tenemos tan en nuestras narices que nos acaba por pasar desapercibida, transformándonos en figurantes de su paisaje: la naturaleza, en todos sus órdenes, es sabia y no hace las cosas al tuntún. Los negocios que se abren en los locales del Centro de La Ciudad cada vez se solapan con más facilidad; además de europeos somos americanos, eso es una globalización como Dios manda, chapuzas las precisas que se trata de una cosa muy seria; dónde va a parar, ese aroma a pizza y a burguerquín, ese efluvio de color en la exuberancia de los helados y los algodones de caramelo y lo comestible e incomestible policromado hasta la saciedad de la sed insaciable de esta cosa que pasa, ese sensacionalismo de aquí te espero, ese casting en el que los guapos ganan a los feos, esos carteles que son la delicia de la impostura cotidiana de las marcas y lo que no son las marcas y dale Perico al tormo hasta que no haya más madera que cortar. A todo se acostumbra uno, dicen; y no está mal planteárselo; estar hay que estar, digo yo, solo que, solo que, solo que... me acabo de concentrar en un sólo de acompañada guitarra por una casi desapercibida batería. Tenemos de todo pero lo jodido es que no nos podemos quejar. Saturación, quimera, enchufe, chanchullo, engaño, farsa, patrimonio, juzgados, abogados, papeles, lo de siempre. Los dos últimos días me ha decepcionado la calidad de la Prensa escrita.

martes, 14 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXV


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Hoy, esta tarde de siglo XXI cargado de incertidumbre, he mantenido una conversación en la que ha salido a relucir varias veces la palabra ambición. Ese vocablo, en función de quien lo pronuncie, tiene ya implícito en su fonética el cariz devorador; hay qué ver cómo cambia el sentido de lo que escuchamos en función hasta de la postura en la que nos encontremos cuando hablamos; por eso nunca viene mal, en caso de duda, preguntar qué es lo que se quiere decir con algo en concreto. Como ando por la vida sorprendiéndome del mecanismo de un lápiz suelo pararme a pensar con cierto apego semántico en las variantes de cada cosa que me dicen, porque pienso que en ese ejercicio aprende uno a saber lo que tiene que decir para que se le entienda. El pensamiento, la voz, las cuerdas vocales, las ideas, la palabra, la suposición, la explicación y el contexto, el mensaje y el sonido que lo transporta, las imágenes que conectan la dicción con la escucha, todo ello me resulta apasionante. Ahora que tengo un poco más de tiempo libre me he decantado por el ensayo y mi última adquisición ha sido un libro de Arnold Hauser: Historia, Arte, Literatura, sociedad, costumbres, tendencias, formas, señales, estética en base a, ilusiones, estudios, análisis. A las canciones les pasa lo mismo que a la lengua porque son lenguaje. Escucho The Doors y descubro las bases del romanticismo de un estilo cercano y con un punto en el horizonte del que han bebido el ciento y la madre. Noviembre se despliega a sus anchas por el calendario; debido a una tendencia a acotar la existencia en fechas que parcelan el almanaque cada vez se les va viendo el pelo con más anticipación a los aromas navideños; en breve pondrán las bombillas y dentro de nada nos estaremos comiendo el turrón y andaremos con lo de la Lotería y todo eso; pero antes aún quedan un mundo y varias vidas, muchas bibliotecas e idílicos parajes para el gozo, sonrisas, compañías y paseos a los que nunca se les sacie el apetito de la contemplación.

Diario de Noviembre XXIV


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Hoy el día ha tenido esa parte interesante que suelen suponer los puntos de partida. La sangre camina a sus anchas por la senda de la conciencia; menos da una piedra. Sol y sombra a muy diferentes temperaturas; cambios de tercio en el ajetreo de las calles; abrigos y mangas, atisbados pañuelos que no llegan a bufandas; almendras garrapiñadas y castañas asadas; una vida detrás de cada mirada, un disfraz para cada pose, como siempre, en eso no hemos cambiado, seguimos en nuestras trece y de ahí no hay quien nos saque. Ya no sé cuántas Españas hay, si una, si dos, si tres, todas ellas indefinidas e indefensas ante la hecatombe que suponga la falta de criterio de esos cuantos que lo resuelven todo a su manera, en sus sitios, en sus despachos, en sus restaurantes, en sus reservados en los que está reservado el derecho de admisión. He vuelto a encontrar en las calles de La Ciudad a esa señora en silla de ruedas que pide constantemente ayuda, al abuelo con gorra de béisbol reiterando con precisión de pentágrama medaspauncafé....medaspauncafé, y a un grupo de cinco jóvenes sentados sobre el tranco de un escaparate luciendo a sus pies la hoja de un cuaderno en la que ponía Estudiantes perdidos; me he sumado a un grupo de turistas para recorrer Agua y Vida hasta acabar en los Alcázares y,  a las espaldas de la Catedral, me he bañado en sol. Las reinonas de la mañana urbana lucen sus tacones y sus faldas cortas, sus pantalones ajustados, sus ceñidas chaquetas de secretarias, de visionarias del filón, sus labios hinchados de gel espesante, sus pómulos y sus pechos a prueba de bomba, sus gafas escondiendo los cristales de la madrugada que acabó en cada uno por su lado pero esto no puede quedar aquí; los hombres de la ejecución visten a lo que marque la moda (les pasa lo mismo con las mujeres) aunque les quede/queden mal; hay qué ver que mal gusto tienen para los zapatos, de lo del sombrero podré opinar si cumplo los cincuenta. He amado, he tomado café y tostadas y cerveza, he paseado y visto y olido, he leído y fumado y escrito; es decir he vivido.

lunes, 13 de noviembre de 2017

No me entero de nada


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El asombro está a la vuelta de la esquina. No dejo de asombrarme de lo poco que nos escuchamos, de cómo damos por supuesto lo que pasa, no tanto lo que nos pasa, y eso, pienso, nos trae de culo, cuesta abajo y sin frenos; o qué sé yo dónde empieza la madeja a enredarse. La incompetencia del ser humano, esa especie fallida por muchas vueltas que le demos al asunto, es supina y, nunca mejor dicho, absurda. La mañana es plácida, ella, mañana de paseo y de sol de invierno, de acordeón y de libros sobre la acera de la Puerta de Jerez, de vistazos a los escaparates de las librerías en las que a uno algún día le gustaría trabajar; la mañana se deja atravesar los puentes que salvan el río, se deja escuchar la canción del movimiento de los pies sobre las baldosas de diferentes colores, mañana de contagio romántico y de Paseo de Las Delicias inundado de coches y de peatones encomendados a su labor de hormigas minuciosas; de modo que no voy a detenerme demasiado en vulgaridades reales que de una u otra forma hay que aceptar aunque me permita el siguiente apunte. Ahora resulta que la alcaldesa de Barcelona dice que andavants (o como se escriba). Debido a mi tendencia a la indolencia de la mayoría de los aspectos que tengan que ver con la actualidad (esa palabra que ha perdido su belleza de instante informativo en pos de un cariz comercial que lo inunda todo de esa indeleble sustancia que aborrega a los borregos más de lo que son) suelen sorprenderme casi todas las noticias. No me entero de nada; uno todavía pensando en la poesía y en vivir más o menos tranquilo, uno pensando en el menos común de los sentidos y en las puertas que de par en par se abran a la concordia, uno a lo suyo pero dándose cuenta, viéndolo venir, callado, asustado, intrigado. No me entero de nada.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Te cagas


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Leo un artículo, que no tiene desperdicio, de Rubén Darío Vallés Montes titulado BIUNIC 2017, a cerca de una bienal sobre lo mejor del arte actual emanado de los mejores alumnos de las escuelas andaluzas, y se me vienen a la cabeza mis visitas a ARCO en las que siempre había un hueco reservado para la más atroz de las desilusiones en torno al Arte: esa presencia de dos papeles arrugados en un rincón sobre el que se proyectaba la luz de un aparato que había sido colocado allí por el Mesías de la iluminación del momento; pues si, te cagas; o esa otra imagen de dos vasos y un poco de agua sobre el suelo junto a un montoncito de arena queriendo decir guorever; te cagas. El Arte es cuestión de sensibilidad, de mensaje estéticamente trabajado por el aval que supone la dedicación, la técnica, el estudio, la armonía, el conjunto, el conocimiento, la cultura, el estilo, la geometría mental, la ilusión provocada, las líneas que nos dicen algo confluyendo en el punto al que va dirigida la expresión, el rumor que nos sacude por dentro cuando contemplando una obra de Arte nos conmocionarmos, nos cuestionamos, nos hacemos ciudadanos; el Arte necesita de un orden en torno a los parámetros que en cada caso corresponda partiendo de la base de la libertad, y ha de nacer como impulso generador de emoción, no de dudas procedentes de ridículas muestras de engañabobos. El Arte es una cosa muy seria pero, como todo, va perdiendo fuelle a medida que la avalancha comercial arrasa con el panorama imponiendo su estaca y tratando de hacernos ver al rey vestido cuando va desnudo. Lo que peor llevo de todo esto que tiene que ver con la estafa y con el mal gusto es la cantidad de verdaderos Artistas que se están quedando fuera de las bienales y certámenes y exposiciones y así todo seguido hasta el final, por no tener padrino, por no estar en el candelero al que se llega pasando por los aros de la mafia, prostituyendo el sentido de la dedicación y haciendo caer muy bajo el concepto de todo lo relevante a la belleza y su significado; Artistas que están trabajando duro, jóvenes que saben lo que hacen y lo que quieren, que verdaderamente aman el Arte, repito, se están quedando fuera o buscándose la vida en la calle, en una de esas aceras en las que a uno se le van los ojos detrás de las láminas y dibujos en los que hay más Amor que en todas las bienales y certámenes y pitos y flautas que no suenan juntos. Te cagas.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXIII


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Cada despertar tiene algo de inauguración. Una ducha es un ejercicio de escultura y de autoreconocimiento. Por las mañanas, cuando el cuerpo se dispone a moverse con la intención de encontrar las zapatillas, con la idea de preparar un café, sin atreverse todavía el rostro a mirarse al espejo, cuando el pensamiento propone y no siempre dispone, hay un momento para la reflexión en el que a casi todos se nos pasa por la cabeza cuestionarnos qué estamos haciendo aquí, en medio de este circo ambulante, de este desierto de arena con tan mal gusto para los oasis, en este entuerto cargado de presunta indulgencia, en este galimatías de porcentajes, en este enredo burocrático con el que se nos olvida la esencia de nuestro ser. Llegar con fuerzas suficientes para emprender la jornada después de una noche durmiendo es algo a lo que nos vamos acostumbrando y cuya importancia obviamos; el descanso es el polen que recogen las abejas de la agenda para que salga a flote el tarro de miel del día a día, tan viéndonos pasar, tan sin saber nada de nosotros, tan en su mundo como nosotros en el nuestro; los días se preguntan hasta dónde llega nuestra estupidez pero aún no han dado en la tecla, se les va de las manos la ecuación del desastre. El barrio de Santa Cruz, a eso de las diez y algo, es un paraíso para la contemplación, un Liceo para aquellos que gustan de ir mirando lo que hay grabado sobre las placas de mármol con las que en algunas casas se reseña la vivencia, el nacimiento o la muerte, la estancia o el pasar por allí, de alguien célebre. Siempre que voy a La Academia salgo de ella con deberes; siempre hay algo que investigar en torno a La Ciudad; por eso esta mañana he estado buscando en el callejón de el Agua una de esas placas viniéndome a decir aquí vivió el gran poeta Luis Cernuda, así como una ventana de la Plaza de Alfaro cuyo misterio artesano aún está sin resolver. Cuánta historia en el suelo que pisamos.

 

Diario de Noviembre XXII


Resultado de imagen de vocación

Conozco a algunos camareros que lo son porque lo tienen que ser, porque no tienen más remedio, porque las cosas les han venido así; muchos de ellos tienen un poso de clarividencia, de sentido común, de ganas de alcanzar el paraíso soñado de su tranquilidad, de afán por seguir cultivándose, que le hacen a uno pensar en la diversidad de caminos existentes en la vida, en la cantidad de vidas posibles, en el Friday night in San Francisco que supone la orquesta mental de un ser humano en busca de lo que realmente quiere. Hoy, esta noche, hace algunas noches, tras veinte años de andadura nocturna, de ires y venires y sinsabores y madrugones a precio de saldo, Marcel ha dejado el bar de la esquina, el bar al que recién llegado a Sevilla me acerqué por primera vez un poco con cara de cliente inocente y a verlas venir con un punto de nostalgia asertiva, un poco intuyendo lo que allí se cocía, un poco como siempre con ganas de meterme en un sitio en el que poder disfrutar de la gente más o menos atenta y a sus anchas sobre el tapìz auditivo del Jazz, escuchando música en directo y quedándonos después hasta las tantas hablando de esto y de lo otro y sobre todo de música, de todos esos discos que nos han dejado la huella del gusto por la melodía imaginativa y acorde.
Trabajar en un bar es un ejercicio que necesita unas dotes específicas de paciencia; no lo hace cualquiera. Aguantar el chaparrón de cuatro garrulos a las tantas y jugarte con ellos el pellejo porque te han salido rana y a punto has estado de nunca se sabrá, no se lo deseo a nadie. Muchas veces, mientras observaba cómo iba transcurriendo la parte de la noche a la que yo me acababa de acoplar tratando de imaginar lo que había sonado durante el rato de concierto que me había perdido, me sorprendía el ingenioso comentario y la manera en la que Marcel le decía a uno de esos pesados y recalcitrantes asiduos a las artes de la impertinencia que por favor tenía que largarse de allí, que no se le podía atender, que no le iba a atender; aire, humo, agua. Siempre han sido los buenos modales el principio sobre el que se sustenta la sinceridad más impactante, creo, y la más inesperada por frívola y sensata. 
Escucho a Tony Joe White mientras escribo; el baterista se asemeja a uno de esos relojes suizos al que le han dado cuerda las manos de Charly Waits; la escritura seintroduce en los senderos de la dicción del reino de las voces en el que uno habita convirtiéndolo en uno más de la banda; el bajo no da puntada sin hilo y eso es ya una premonición de que puede que en el momento menos pensado se suelte la melena la guitarra; hay un piano, un órgano, un teclado, un algo que aparece tintineando en los instantes en los que parece que necesitase el oído un flotador, una boya en la que fijar las coordenadas de cuanto suena, con esa casi imperceptible manera que solo se atisba cuando se escucha la música muy atentamente. Hay una correspondencia directa entre los buenos músicos de los últimos cuarenta años con su tendencia a lo experimental dentro de los caminos de lo alternativo sin menoscabo de su maestría como instrumentistas; algo así admiro de aquellos que le dan un aire particular a lo que hacen manteniéndose firmes en la coherencia de sus valores. Veo a Tony JoeWhite en uno de sus directos de los ochenta y es como si viese al Marc Veyrat del blues rockero capaz de sobrevivir al siglo XX, solo que dando el callo en el escenario, tan ensimismado en su tarea como lo pueda hacer un  recién empleado en algo que le pueda suponer el vértice a parir del cual proyectar la parte de  restringida libertad que por fin ha alcanzado; como Marcel, que a pesar de haberse mantenido en la brecha de la barra durante los últimos veinte años ahora parece que volviese a nacer cada vez que habla de su próxima dedicación en cuerpo y alma, lo que tanto tiempo llevaba esperando, poder dedicarse de lleno a la osteopatía y dejar de hacerlo de forma alternativa como le sucedía hasta ahora. No dejo de asombrarme de la capacidad del ser humano para perseguir sus sueños, del tesón y de la fortaleza de algunas personas para saber esperar; siempre he admirado a los pacientes de largo recorrido, a los que saben que un día les llegará el momento, conscientes de la larga travesía del desierto y no por ello derrotistas de su fe.



Diario de Novirembre XXI

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Desabrochar una cremallera es un gesto que puede llevar implícito el matiz de la provocación, de la persuasión, de la emoción anticipada del encuentro con los poros de una piel deseada, de lo que en definitiva supone la vocación por el pro del bocado, por el pre diseño de la caricia imaginada instantes antes de producirse, de la entretela en la que se envuelve el terciopelo del erotismo, de ese acercamiento que poco a poco, paulatinamente, se introduce en los vasos sanguíneos mejorando el riego del cerebro; musas y musarañas despiertas sobre los tejidos de dos cuerpos enroscados, enlazados, coleando, impulsados por la inercia de la textura de los cabellos que se pierden sobre el mapamundi de la piel, recorriendo a pasos cortos un pasillo, tropezando con alguna silla, empujando una puerta, deslizándose sobre el horizonte de las sábanas; lentes que analizan el minúsculo gramo de sensibilidad que pueda permanecer en las huellas de los destellos y reflejos y en la esfumadiza y persistente estela del orgasmo, edenes para sordos perdidos, para locos de atar, para cuerdos de amar. Un dedo, dos dedos, tres dedos, una pierna y un escote y un horizonte con dos molinos de viento mitigando la sed, un paisaje por debajo de las nubes y por encima de la almohada, entre la colcha y el somier, en la cama de las ramas de ese árbol perdido en mitad del bosque, erizándose los pelos hasta ponerse de punta en cada jirón de tacto bisílabo. Se tiene todo a partir del momento en el que se siente. La saliva engomina el flequillo del gemido. Los aires de paz se han concentrado en un punto de la tierra, en este punto en el que la velocidad del planeta se detiene y el tiempo queda suspendido a merced del impulso respiratorio del contacto sobre el hilo telefónico de los besos de tornillo.


martes, 7 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XX





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Esta mañana, tras haber estado tomando el aire del interior de los Cafés del Centro de La Ciudad, leyendo a Virginia Woolf, a Benedetti, a Bertrand Russell, leyendo los carteles publicitarios del costado de las furgonetas, los anuncios de compra y venta y alquiler expuestos en los balcones que se ven a través de las ventanas de las cafeterías junto a las que los fotogramas del presente son interminables, descripciones del marqueting que al parecer no se me da bien escribir, he retomado la sensación de profundidad que la observación genera a partir del momento en el que las pupilas, estando a su merced los otro cuatro sentidos, se ponen en marcha en común, al unísono, en comunión, encadenadas, persistentes en el recuerdo de las risas que invitan a soñar. La danza de los sentidos, esa es la coreografía que acompasa el pisar de las suelas de los zapatos mientras se recopilan versos extraídos de los comentarios de la gente. La Ciudad es tan ella y tan bella que cuando está húmeda se pone el delantal de las amas de casa y nos ofrece su cara más hogareña; La Ciudad es tan bella que son como antojos cuando llueve los dibujos en las fachadas después del chaparrón; La Ciudad nos arropa con humedad y con alegre melancolía los días de agua, los días con sabor a bienestar vespertino y mañanero y viceversa, inundándolo todo de algodón calado de poesía, gracias al aroma a tierra mojada, al inconfundible aroma a tierra mojada e imaginada por el recuerdo que en las tardes de este noviembre se paladea con el olfato de la memoria en La Ciudad. Conectar con el tiempo, a nivel meteorológico, es un ejercicio respiratorio semejante al Yoga; uno se acopla al calor o al frío encontrando un hábitat emocional que le resguarde de las demagógicas inclemencias de un presente continuo político desamparado de razón, no haciendo ni caso, pasando, desatendiendo los torrentes de embustes que salen de las bocas de los acomodados en los sillones del Congreso y del Senado y de vete tú a saber la parte: paraísos artificiales para la clase pudiente, oasis, arenes, cielos a medida que no dejan de ser cárceles. El ser humano se encarcela en la persecución del dinero sin que el tiempo del que dispone le importe demasiado; el objetivo está muy claro. Esta mañana tiene una textura de sosiego que me adapta con facilidad a la indolencia de no preocuparme por el orden de los cacharros, dejando en libertad provisional todo aquello que nos rodea, despejando las tensiones de uso ordinario mediante la puesta en práctica del bienestar; la verdad es que, así cualquiera.

Diario de Noviembre XIX


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Alabo el trabajo de todos aquellos que limpian las calles, que nos quitan la mierda, que echan a un lado los residuos de nuestros chicles y malolientes alientos a tabaco, a bilis por la boca, a desencanto del circo ambulante de la moda, a  moneda de cambio sin cheque al portador. Alabo la generosidad de quienes se disponen a enfangarse, a recluirse por unas horas en la sanidad de la que nos beneficiaremos quienes salgamos a la calle horas más tarde sin siquiera pensar en que aquello haya podido o no caer del cielo, que las calles se inventaron así, que ese es su formato de serie, de toda la vida. Muchas noches, de vuelta a casa, me cruzo con los funcionarios del servicio municipal de limpieza viendo en su trabajo una parte de la vida de La Ciudad, a esas horas en las que las calles descansan del trajín ordinario, y se me viene a la cabeza la cadena de montaje de la realidad, lo que no se ve, todo eso que damos por supuesto. La Ciudad se limpia de madrugada, se adecenta, para que podamos pasearla y gozarla en su esplendor de niña coqueta. Hay qué ver que denostados están los oficios más pertinentes, eficientes, útiles, necesarios.Y todavía hay quien dice que ser barrendero es un lujo, que no veas cómo viven, que esos sí que se lo han montado bien. Es realmente ridículo, esperpéntico, caduco, aborrecible, retrógrado, insustancial en los que al tacto con la vida se refiere, que aún haya quien se atreva a decir semejantes barbaridades. La calles de La Ciudad son agradecidas, íntimas y concurridas, enrevesadas y lineales, llanas y sencillas en su rostro artístico, amigas de quienes se paren a hablar con ellas, agradecidas con los cuidados que se les brinden; y es un gusto comprobar de qué ardua manera, con ápice vocacional, se dedican a limpiar las calles de La Ciudad esos hombres y mujeres con los que rara es la noche que no coincida. Muchas Gracias.

Diario de Noviembre XVIII


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Ser libres es una obligación que no podemos permitir que se nos arrebate por miedo a perder una identidad ficticia que se nos ha ido cosiendo como un traje a medida a lo largo de los años, con ese afán de seguridad que determina una cierta dosis de quietismo y de aquiescencia envuelta en prejuicio, con ese aire de convicción sostenido por el influjo de una parte de conservadurismo conveniente, haciéndonos mirar para otro lado, fulminando la empatía, desatendiendo el impulso del sentido común, yendo a lo nuestro o a lo que devenga en interés. Tiende el hombre a desplazarse hacia la orilla de la calma pero esperando la oportunidad del desquite; no deja de ansiar cosas que andan ahí agazapadas en el subconsciente esperando su turno, dedicándose mientras tanto a mirar crecer la hierba en las aceras hasta que llegue el momento oportuno. A veces me viene a la cabeza la última secuencia de La lengua de las mariposas, en la que el niño que tanto cariño le tenía a su maestro acaba por insultarlo públicamente a la salida de la camioneta en la que iban a darle el paseo a los hombres que serían fusilados, tirándole incluso alguna piedra, la última de las cuales se plasma en la pantalla como un tatuaje que se incrusta en el alma del espectador. Ser libres es una condición que nos pertenece, que nos es inherente, que va con nosotros, para decir que si o que no, para decantarnos por la parte de la verdad que consideremos más justa; pero todos acaban siendo conceptos relativos una vez que sabemos que nuestro radio de acción abarca poco y que conviene salvaguardar nuestro entorno para que la epidemia social no cale en él. La calle es amplia, las visiones sobre ella se suceden, los versos afortunadamente no han desaparecido, el rumor de la incertidumbre cesa poco a poco, se acopla como se acoplan dos cuerpos que se entienden a la perfección haciendo el Amor.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Y entonces, qué


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Esta mañana, camino de mi encuentro con el día, iba cobijándome del sol en la sombra y viceversa, jugando con la temperatura, buscando un poco de claridad y cambiándome de acera a los pocos minutos, dudando de si habría hecho bien en salir a la calle vistiendo una cazadora, cuando en una de las esquinas de La Puerta de Jerez, siendo amenizada la voz de las pupilas por el Rock,  he sido irrumpido por la presencia de unos cuantos libros sobre el suelo, junto a un banco a cuyas espaldas hay un pequeño jardín acotado. Los libros reposaban en una tela con pinta de sábana, no sabría decir; entre ellos había alguno de esos manuales de filosofía que tratan de explicarlo todo en doscientas páginas; también una o dos novelas de autor para mí desconocido,  qué sé yo a cerca de qué, y una obra de Bertrand Russell titulada Elogio de la ociosidad. No había nadie atendiendo en el ambulante puesto situado en el Centro de uno de los destinos turísticos más importantes del mundo, de forma que inclinándome me he acercado hasta obtener el ensayo en mis manos y, sin querer levantarme por miedo a parecer uno de esos ladrones inseguros pero deseosos de llevarse algo minúsculo, al poco tiempo se me ha acercado un joven preguntándome si me gusta el libro, continuando con que, si quiero, me puede proporcionar más del mismo autor; me ha preguntado si estoy interesado en las escuelas de Frankfurt y Viena, comentándome que me puede proporcionar algún otro libro de esa colección que aún no haya encontrado, para, acariciando el ejemplar de Bertrand Russell, hojeándolo, mirándolo y sugiriéndome que me fijase en la curiosidad de estar firmado por su padre, acabar por pedirme, que no es lo mismo que pidiéndome, tres euros. ¿Y ahora, qué? So, what?

Ordenar una biblioteca


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Ordenar una biblioteca tiene algo de estudio en sus movimientos, en la cara que se pone al leer el nombre de un autor desconocido hasta el momento, en ese instante en el que pasar un paño por los cuatro puntos cardinales de cada ejemplar es una terapia de origen oriental. Cada libro que transcurre por las manos de quien se dispone a la labor de la clasificación guarda el silencio de los exámenes, y el placer de las caricias sobre los lomos de los textos cuyo magnetismo es una de las fuerzas de atracción comparables a la de la gravedad. Los libros son como seres activos que con su presencia atestiguaran el respeto que le debemos a quienes se han esforzado por dejar negro sobre blanco las huellas de su pensamiento, del pensamiento humano, de la historia, de las reflexiones a cerca del comportamiento de las diferentes sociedades, de la Sociedad, de lo que somos a partir de lo que fuimos, de lo que seremos como sigamos así, de lo que no se sabe y menos mal, de eso en exceso y así todo seguido hasta el final, como diría Umbral. Cada volumen de una colección confraterniza con sus semejantes en la aleación propia de los buenos equipos. Títulos y nombres de escritores y de ciudades, de personas y paisajes, de fechas y paraísos por encontrar en la lectura; editoriales, dedicatorias, notas que el lector interesado dejó como fruto del alimento recibido; espacios cóncavos y convexos, maderas que sostienen el edificio en el que se hospeda la sabiduría, el peso del conocimiento, la receta para quienes aspiren a poetas, a filósofos, a pensadores, a escritores que sepan estar en su sitio. Todo está en los libros. La paciencia con la que se disfruta del ejercicio de ordenar una biblioteca no es paciencia, es otras cosa, es estado de plenitud concedida/concebida, es oportunidad de involucrarse uno en lo que ama.




Diario de Noviembre XVII


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Tiene La Academia, los domingos de cuya presencia abierta al público por la tarde uno se percata a medida que aproximándose a ella comprueba así como la apertura de una de las dos persianas que flanquean su fachada tras de la cual se adivina la tenue luz de unas lámparas interiores  la poética presencia de una pizarra posando  sobre la acera, un aire de Club de los Poetas muertos. Entra uno en la Academia sabiendo que saldrá de allí cambiado, otro, cuestionándose comentarios que han sido emitidos bajo el influjo estelar del lúpulo y la cebada, bajo lo que el archivo de la mente del Tabernero se anda barruntando, con esa mirada inteligente que escucha y digiere y desecha, en ese contexto tan cómodo y fiable que transmiten los lugares a los que uno se acerca con la presunción de algo bueno, volviendo a ese ejercicio de la memoria que consiste en recordar lo que se ha dicho, lo que ha sido hablado, lo que ha sido contemplado, cuestionado, analizado, comentado, contado, discutido, admitido y refutado, hilvanado en la dialéctica de unos cuantos seres civilizados, escuchado y oído, visto y atisbado, vivido en el trecho de autopista del rato que duran unas cervezas compartidas para las que además goza uno de la compañía de quienes le hacen sentirse de La Ciudad. Puede que la fe que le tengo a algunos metros cuadrados de este mundo venga de esa infancia pasada entre gente de todo tipo que concurrían el negocio familiar en el que transcurrió parte importante de lo que soy. Existe una relación directa entre lo que somos y lo que nos recuerda a lo que fuimos que nos lleva a tener esa querencia propia de quienes buscan sus orígenes en lo que más cerca tienen. La Ciudad, donde vivo, es un corazón con chaleco antibalas contra la pólvora del aburrimiento, una mujer que sabe querer, un alma y un cuerpo y un esqueleto, un pulmón y un corazón que no se pudre de latir; La Ciudad son/es unas cuantas/un montón de calles que hablan, un dédalo de travesías enroscadas; La Ciudad, donde vivo, se le presenta a uno después del ayuno/desayuno con mil promesas debajo del brazo, con un par de lazos con los que anudar el duermevela y dejarlo ir a su crítica guarida de razones/sinrazones, de religiones plasmadas en las manías y en las austeras pertenencias, en las formas que delatan, en los abrigos que abrigan rimando con amigo en los consuetudinarios prejuicios, en el subir y bajar de las nubes de esa contagiosa esperanza que  nos auna olvidando preguntarse por qué. La Academia es un lugar al que yo me acerqué por primera vez siguiendo el itinerario que me había diseñado  mi radar mental para ir a la biblioteca Alberto Lista de la calle Feria, y fui a parar allí, aquí, a La Academia. Hay partes del día que uno se reserva para darse el gusto de hacer algo, aunque solo sea por unos minutos, o por un rato que es cuando se tiene la certeza de que uno está y estará en su sitio, en su atmósfera, en su hábitat natural.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XVI


Resultado de imagen de salir a flote

En estos días en los que la realidad televisiva se ha convertido en un conjunto de relatos salvajes a la manera de la película argentina, sale uno a la calle y lo encuentra todo envuelto en mansedumbre nerviosa. Pululamos por La Ciudad conscientes de nuestro encuentro con la noticia rebozada de cobardía, con la huida a Bélgica de aquellos que tan alto levantaban los brazos instigando al pueblo a la sinrazón de sus planes, con el atraco a mano armada de las ofertas, con los estímulos a doquier de los escaparates, con los cláxones que no cesan de emitir el bramido mecánico de la impaciencia. Los pasos de cebra son un mapa al amparo de unas luces que casi nunca se respetan. El Centro está cada vez más concurrido de policías, acechando la amenaza, vigilando las entradas de las zonas peatonales, mirando a cada una de las ventanas de los edificios en los que puede que se hospede el siguiente criminal. La novela de la vida está servida en los instantes conjugados por la intervención de nuestros gestos. Los obsevatorios de las casas son el refugio de la mente atiborrada de sensaciones, el oasis en el que ver el espejismo de la bondad en el interior de los libros. El otoño tiene un tono ocre con el que se endulzan las infusiones del paso del tiempo. Hoy me he despertado comunicativo, con ganas de escribir y de hablar con los pocos que me quieren; hoy será un día de esos en los que por mínima que sea la posibilidad todo adquirirá el tono de violín esperanzado, creyente de si mismo, convencido de que hay alternativas a la rutina que nos acoge en el seno de la inercia quieta y anquilosada de las costumbres mezcladas con miedo, con miedos, con cautelas, con temores, con esa cosa que nos hace parecernos a las primeras personas de la resignación. Miro a un lado y encuentro el cuaderno de tapas negras en el que voy dándole rienda suelta al discurso de la mano, a lo que me sale de dentro cuando me paro a explicarme el mundo a lo Thomas de Quincey, cuando el nulle die sine linea resulta de obligado uso lúdico, de compañero, de fiel escudero, de apertura del tragaluz por el que suele entrar la claridad de los juicios con resonancia a querer salir a flote.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XVI


Resultado de imagen de Fernando Pessoa

Despertar con la sensación de que en unos instantes el hogar olerá a café es uno de los regalos de la vigilia. Todos los sábados por la mañana hay un pan recién salido del horno dispuesto a ser disfrutado: la crónica de Muñoz Molina en Babelia, que hoy va sobre Zuloaga. No hay nada para un aprendiz de escritor como meterse en una voz admirada. El goteo del agua que ha quedado en los tejados se parece al sonido de las manecillas de un reloj con el que la Naturaleza nos hiciera disfrutar de la calma después del chaparrón de la madrugada. La lluvia interviene en nuestro estado de ánimo, como el sol y la sombra y la penumbra y la claridad y la transparencia y los truenos y relámpagos de la tempestad, como las sacudidas del viento sobre las ramas de los árboles, como la presencia de las nubes más dadas a adivinar formas en ellas, como el espejo de los charcos y la humedad de los zócalos del casco antiguo. Plácida mañana en la que el Bolero de Ravel se impone como marcha nupcial ante lo que vaya a dar de si el día. Las flautas y el ininterrumpido son del tambor le hacen a uno sumergirse en los dédalos de los sueños más recientes, en esa incertidumbre cargada de bondad, en esa patria querida por la soledad, en esa guarida para escuchar la música que a uno le viene en gana arrebatado por el azar a pesar de la repetición; señales. Pensarte ahora es como sentir el beneficio de la cercanía por lejos que estés. Dicen que hoy hay partido, y según el percal creo que han querido decir que hoy juega el Sevilla. Me amodorro en Telegraph road y sigo escribiendo, haciendo de las mías con la cantidad de neuronas conectadas que me quedan ¿Queda algo que contar después de lo dicho? Pues claro, y si  no que se lo pregunten a Fernando Pessoa.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XV


Resultado de imagen de eppur si muove

No hay reglas para la demolición del pasado, no tiene sentido que las haya puesto que la presencia del pasado es tan inexorable como el paso del tiempo; lo que nos está ocurriendo ahora mismo no tendrá la menor importancia dentro de medio minuto; los escombros de ayer se han recogido hace rato; la pizza no se puede tomar recalentada, ni la hamurguesa ni la barra de pan. La hegemonía de las recetas enlatadas está poblando el universo occidental de adefesios nutricionales aunque la verdad es que puede que no tengamos más remedio. Escribo ahora bajo los efectos de AC/DC, casi nada, y todo por acordarme de mi sobrino Juan; no sabe uno hasta dónde puede llegar la fuente de inspiración en el impulso, en el empujón de la primera palabra, en la parrilla de salida de lo que venga a sostenerse bajo un mínimo gramatical que respalde lo que la ráfaga de imágenes convenga exponer entre las olas. Todo lo que sucede se solapa al instante; la velocidad de la luz de la vida nos hace ser más sensibles a los cambios sobre lo superfluo, cosa que no han desestimado quienes se encargan de engrasarnos las bielas del cerebro con el aceite de su religión, esos que nos religan y nos abrigan con el indefenso entusiasmo de la demagogia. Parece mentira que ahora, hoy en día que presuntamente hay más información que nunca, todavía se nos pase por la cabeza confiar en la buena fe de quienes gobiernan, sean del estilo que sean y vengan de donde vengan, hagan o deshagan o dejen de hacer. Solamente por tendencia evolucionista es de presumir que la sinrazón de la muerte de los valores es algo que debería ser puesto de manifiesto pronto, para que todo el mundo se entere, e ir tratando así de inventarnos la manera de sobrevivir. Las conclusiones a las que puede uno llegar a estas alturas son de rasero bajo, por desatención consciente o por inhabilidad para las artes de estar al día; pero por ahí van los tiros, eppur si muove.

La emoción en el presente


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Un rizo que riza la acrisolada presencia de la tarde en un  pasillo, el brillo de la sombra de un destello de cabello acaramelado, o la de una mañana empapada de suspiros al despertar y durante el duermevela del dulce comienzo de volver a conocerse, a experimentarse, a olerse y a tocarse y a besarse hasta la saciedad, resolviendo el misterio haciéndolo aún mayor; un pensamiento que viene a parar a mi y lo inunda todo de kiwi laminado sobre el fotograma del resurgimiento, con pinta de apunte de esa inmensidad a la que no sé si llega la razón; una manta que se estira hasta verle a los bostezos el dobladillo a dos velas en una habitación, la intuición de que se puede soñar despierto contemplando la belleza de un rostro durmiente; la permanente presencia del silencio junto al roce de la piel, de su piel, de tu piel, el azafrán que corona el aroma de la manzana, el pubis, la falange, la entrepierna, el tobillo, los gemelos, las venas que en el cuello se dilatan por los efectos de cuanto más mejor de todo lo bueno que acabe en Ser; un pantalón corto a cuadros, unas chanclas de verano hospedando a las plantas de unos pies con dedos monosílabos como las teclas de un piano; unas uñas pintadas de rojo, con matices de escultura del Renacimiento, con el resplandor de quien se quiere así mismo. Una mano y un diptongo en sus caricias, un teléfono y una voz a la que se le adivina la magia y la geometría de los dientes al sonreír; una puerta, una sacudida, un ascensor que lleva a un piso más allá del tercero, una bolsa de garbanzos que Pulgarcito derrama ante la presencia de una Dama, unos labios carnosos, una piel delicada, una almohada grande y otra aún mayor, como las Osas del cielo que se reflejan en ese rincón fruto del espejismo de la transparencia cenital de la persiana como ojo observador de su dibujo deseado, un espejo en el que las sombras brillan y los encuentros se establecen bajo la batuta del encanto; y esa ventana tras la que la vida fluye en la avenida, en la que los semáforos se ponen en verde y en rojo y una fuente no deja de sonar. Pámpano, sílaba, esdrújula, son palabras que me vienen a la cabeza de repente, porque me gustan y salta uno con ellas en el chispazo de alegría de los acentos, en ese tintinear de la emoción en el presente. 

Diario de Noviembre XIV



Resultado de imagen de escritura

No hay nada como el papel en blanco, blanco marmóreo u opalino por las irradiaciones a las que es sometido el iris de cada uno de nuestros ojos, por la certeza de la costumbre de ponerse uno a escribir; ese papel en blanco como la frescura del recipiente en el que indagar a base de frases o brochazos, de pinceladas y de golpes, sones, detalles, tildes, hiatos, diptongos, triptongos y términos inventados, ingrávidos y gentiles, sutiles como el recorrido de la punta del bolígrafo sobre el campo desierto del papel, del futurible galimatías de líneas y flechas y notas a pie de página. La armonía que no cesa en el acto de escribir es comparable al tocar del baterísta una larga pieza de jazz con escobillas, paladeando la palabra ahora o nunca, en este instante, irrepetible instante de la historia de uno mismo, el monosílabo del contrabajo, haciendo suyo el sonido de la interpretación, de la traducción de cuanto se piensa en escrito, el latido de la nota que no quiere dejar de sonar y se las apaña para continuar en el engranaje de la íntima dialéctica del vocablo, de ese fiel acompañante en la corrección, en el tímido reflejo de la réplica, en la anestesia contra la muerte que supone escribir. La pulsión de la escritura es así: se mete de noche en el subconsciente de los sueños y amanece con ganas de contar. Se escribe por no llorar, por reír celebrando lo que se tiene cerca apreciando en ello la cualidad de lo auténtico; se escribe por mantenerse uno en forma con el lápiz y el teclado, con la razón de ser de la expresión, con los ejercicios de gimnasio del diccionario; se escribe para decirse uno las cosas a la cara, para reconciliarse con el presente, para encontrar una salida, para ordenar el pensamiento. La atmósfera prevista para mañana y pasado es inigualable para la poesía: lloverá. La lluvia y la lectura van de la mano, se acompañan como el aire y el fuego, se dan vida la una a la otra en ese trueque de sensaciones que genera la humedad exterior. Un hogar en el que pueda uno estar al resguardo de la lluvia, aún sintiéndola, es una bendición. El tiempo pasa.

Diario de Noviembre XIII


Resultado de imagen de poesía

Escucho Abba mientras escribo esto, acordándome de ti y de tu gusto por escuchar música mientras paseas; conecto así con las inseguridades laborales del presente de las que tratar de sacar algo en claro. El ritmo de las canciones de este grupo, su sutileza de armonía alegre, tiene la capacidad de llevarlo a uno por diferentes caminos del pensamiento, haciendo posible ver múltiples colores en lo que hay, en lo que se avecina y en lo que hubo, en lo que habrá y en la incertidumbre siempre latente para quienes sienten algo por el pulso de los días, por la emoción de saber qué va a pasar. Según los pronósticos meteorológicos a estas horas debería estar lloviendo en La Ciudad. El cálculo infinito de la mente supone una predisposición a cuestionarse hasta qué punto conviene darle demasiadas vueltas a las cosas. He mantenido una conversación con un tal Pepe, en el bar de la esquina del pasaje Trajano que tan buenas cañas despacha; no nos conocíamos de nada pero él parecía tener muchas ganas de hablar; ha empezado diciendo que lleva nueve meses sin fumar y ha terminado dándole un repaso a la actualidad reparando siempre en el aspecto de la perspectiva, de la retrospectiva con la que se ven las cosas para poder analizar la historia. No dejo de sorprenderme de lo curioso del azar, de su capacidad para reunir en unas cervezas la sinergia necesaria para que la hipótesis de la concordia sea posible. Me acuerdo ahora de Nicanor Parra, de su talento para entender el devenir del todo al que pertenecemos, de su tendencia matemática e instintiva, de sus ganas por saberse él por encima de todo sin dejar de formar parte del mundo que le ha tocado en suerte. Los poetas son una especie que jamás podrá estar en extinción, que sobrevivirá a las inclemencias de la mentira y de la desafortunada presencia del mal, siempre herido y contrahecho, siempre vengativo y egoísta, siempre parco en palabras reflexivas con tendencia a la esencia del humor, del Amor, de la vida que fluye y no se detiene; he ahí su gracia, porque los poetas no se detienen en la demagogia sino en el polen del aliento vital.

Diario de Noviembre XII


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Se confunde de tal manera el idealismo con la imaginación que se están perdiendo las utopías con sesgo de progreso humanista. Nos estamos quedando parados en la acción inmediata y práctica, en la prisa que lo envuelve todo, en lo perentorio, sin pararnos a pensar en la necesidad de la lentitud para que el guiso haga chup chup. Se nos están yendo de las manos muchas de las presumiblemente cosas alcanzables, por culpa del desaforado estímulo del comercio. Hablo con un amigo por teléfono y más de lo mismo sin final feliz; todo se andará. El ideal nos persigue o nos suelta de sus riendas a mitad de camino; hay ahí una ecuación sin resolver, hija predilecta de la filosofía de los hábitos, de las costumbres, de los viciados gestos hasta convertirlos en formas, en seres del movimiento que transmite más que las palabras. El pasado se atiborra de incertidumbre a partir del momento en el que no encuentra salida el discurso de la inseguridad; por eso ahora no hay quien se ponga de acuerdo, porque ni unos ni otros se fían de nadie; cuidado que eso cala en la sociedad, haciéndonos más presumiblemente indolentes encerrados en nuestro camarote. No es fácil ser ciudadano de La Ciudad, es algo cuya confirmación algunas veces se siente, y se disfruta y se saborea, y se contempla y se bebe y se charla y se discute con sentido común, y se lleva a los confines de un chiste o se fuma con la pipa de la paz de los lugareños. Escribo bajo el impulso de la ilusión de sentirme a gusto, haciendo formar parte a esa inercia del terapéutico ejercicio de aprendizaje que supone este hábito, esquivando comas, cuestionándome puntos y comas y singulares o plurales que vengan a ponerse de acuerdo, adverbios y artículos que tiemblan o que se esfuman sublimándose a la primera, poniendo tierra de por medio entre lo que se piensa y lo que se escribe, dándole una vuelta de tuerca a las ideas hasta completarlas, hasta dejarlas sentirse ellas mismas sobre el papel. El recuerdo de un aroma vuelve a ser el bálsamo del equilibrio.

Diario de Noviembre XI


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La realidad se disuelve en ingrávidos fotogramas, en curvas sobre el asfalto del circuito de Formula Uno de la vida, en las esfervencentes Aspirinas de la adrenalina del carpe diem y en esa otra versión más contemplativa del tempus fugit, en la realidad que se imagina el pensamiento mientras sueña. Ha llovido durante la madrugada, y el sonido del agua sobre las hojas de las plataneras le ha aportado un fondo de música clásica al duermevela, acurrucando la cabeza en la almohada en busca de un punto de fuga derivado de la inspiración de la melodía de las nubes. Las cuestas se suben al son del soniquete de un Bolero de Ravel, del Bolero de Ravel. Las noches son más largas que hace unos días, los amaneceres se presentan más despiertos en si mismos a eso de las ocho, cuando una de las máximas aspiraciones reside en que la cafetera inunde de aroma a café el hogar haciendo despertar a las plantas de los pies y a las del patio y  a las del ramal que me conecte con la realidad circundante, habitable, respirable y fecunda en decir buenos días, Amor. Hay crucigramas por todas partes, en el limbo y en el combate, en la sensatez y en el disparate, en las palmas de las manos y en las suelas de los zapatos, en el paraguas y en la bufanda que pide paso, en la calma chica y en la marejada, en el color de los lápices y en el nudo del cordón de la bota izquierda. La luz que nos despierta se adormece en nuestro trajín, dejamos de verla, nos echa de más, así prefiere quedarse a un lado y esperarnos al alba siguiente. La naturaleza nos habla. Las cosas son como son. Hay un aire de tranquilidad en el posarse los dedos sobre las teclas que lo asemeja a un improvisado piano que tratara de acompañar la sonata que ahora suena en el apartamento. Hay obra en el piso de al lado; todo el mundo tiene derecho a sus reformas exteriores e interiores; el ruido de un taladro me taladra los oídos; cesa el ruido y la paz vuelve conmigo. Lázaro, levántate y anda.

lunes, 30 de octubre de 2017

Diario de Octubre X


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La realidad tiene sus desvaríos y sus entuertos, sus focos de felicidad y sus edenes, sus pisos en el séptimo cielo, sus huertos de la sabiduría y sus carreteras en dirección a la rutina; sus  mínimos y máximos,  sus sueltos y ligeros, acelerados, indecisos, aterrados, contentos con lo que tienen, otra cosa es el idealismo; por eso nos asombramos tanto de lo que/nos acontece, o no; en ese asombro hay algo de interés/sana tendencia por cuestionarse uno las cosas. Estamos programados, y dentro de esos márgenes habrá quien se las apañe para salir desapercibido en su plan último, en la ilusión de su vida, en su austero y humilde proyecto de humanidad. Cada cual a su bola y yo en el país de las Musarañas. Los jardines no echan de menos el invierno, se conforman con este pausado otoño constantemente trufado de verano. Las islas de la soledad son refugios contra los terremotos terminales de la múltiple y absurda sobre/supra conexión con el eufemismo que viene a decirnos día a día como quien nos dice buenas tardes. Hoy nos es hoy en este diario; hoy es mañana, es ayer, fue anoche, volverá a serlo y así sucesivamente en esta coartada de la letra escrita. Escribir nos aumenta la visión pero nos aisla de un margen comunitario, porque todo no se puede tener; leo que Saul Bellow era un tipo huraño y egocéntrico, ensimismado en su trabajo como si nada existiera fuera de él. Se acaba el mes, vuelan los días a ras de suelo, quedan difuminadas las semanas en las nubes de este otoño tardío y efímero como la fragancia de una rosa que sobrevolase el pensamiento, la memoria, el órgano del olfato. Ahora me ha dado por escribir a mano, excepto las entradas de este blog. Nunca antes había sentido la necesidad del dibujo de las letras con tanta intensidad; me divierte y me enfrenta a mi mismo en ese juego de no parar hasta encontrar la idea. Escribir a mano implica un acto de soledad con muchas más posibilidades de ser acompañada por el paisaje de cualquier lugar en el que uno decida parar a desparramar unas cuantas palabras sobre el cuaderno de viaje de La Ciudad. Hay en estos días un aroma impreso en mi mente; tu aroma.

viernes, 27 de octubre de 2017

Diario de Octubre IX


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Me pongo a escribir y se me vienen a la cabeza esa multitud de orgasmos diarios de los que no somos conscientes; porque vivir a flor de piel sea o no sea cosa de unos pocos parece como si se nos estuviera queriendo decir otra cosa. Aquí todos sufren/sufrimos el mal de la desesperanza, por injusticia, por acumulación de documentos, por desvaríos de la enranciada inoperancia de quienes se supone que pueden hacer algo. Hasta cuándo esta manera, esta forma, este insensato aturdimiento. Me desvelo por lo que me pregunto, no por lo que me meten por las orejas. No hay mal que por bien no venga, bendito sea Dios y a verlas venir.  El fluir del tránsito de los días oscuros tiene un fondo de amargor eterno y sin ley que lo sostenga; cómo se explica eso; no sé, no me atrevo, tengo mis dudas. En éstas tengo la posibilidad de ordenar mis libros, por materias y almas, o por almas y materias, todo es cuestión de probarlo. La simpatía, y esto he de escribirlo en otro lado, ha de ser  condescendiente,  a ver si me explico: parece que lo tuviera que ser. O sea que todo se camufla; ya no es que no tengamos dónde caernos muertos, ya que es que le atribuimos distintos grados a la simpatía. Si se nos va de las manos la simpatía estamos perdidos, pero la simpatía en estado puro y duro de roer y dulce como un copo de maíz garrapiñado, a esa me refiero. Entre unas cosas y otras le dan ganas a uno de quedarse callado, a lo suyo y a su antojo advenedizo de la comodidad de los perezosos, en su huerto de libros y de humo de las Musas de la Música y el subconsciente más fructífero. El asidero más a mano es en el que poder seguir respirando, siendo uno al fin y al cabo y al principio de ese fin desorientado, mágicamente orientado por el Amor. No sé quien lo dijo pero me hubiera gustado decirlo a mí: mientras otros esperan en el final de la vida la muerte yo espero el comienzo.

Diario de Octubre VIII


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Hasta  qué punto se nos acaba la mecha es algo que hay que plantearse. La mecha es un camino que puede estar equivocado de raíz, por los influjos de una tendencia masoquista a ampararnos en el desvelo y en el mal endémico de la desidia, de modo que al tanto con la mecha. La mecha, nuestra mecha, es algo a lo que se le prende fuego con la energía de nuestros instintos, de como mínimo proponernos tener las cosas claras. Ahora suena Once upon a time in the west, bonito tema con el que abre aquel fantástico directo llamado Alchemy, y tengo ya la mecha suficiente; esto me lleva a pensar en la cantidad de mechas sin encender y plagadas de sentido común que nos rodean, ausentadas de la participación, en huelga de celo por desencanto, arrinconadas viendo crecer la hierba en las aceras. La mecha, la que me lleva a escribir y la que nos lleva a la obligación de vivir, es un devenir que ha de tener claro desde el principio que las cosas son como son pero, ojo, sin de dejar de plantearse porqué son así y no de otra manera. Esto de ponerse a escribir en plan filosófico y sin aparentemente nada que contar es un sufrimiento lúdico del que siempre sale uno con la sensación de estar vistiendo un traje al que no le han sido metidos los dobladillos. Esa inercia inconcreta e inexacta del mero fluir es un ingrediente básico de la emoción, sin la que nuestra forma de actuar deviene en inapetencia programada. La mecha me atrae porque en ella encuentro el comienzo, el ajuste, la razón, el punto a partir del cual se inicia la página en blanco, el destello de lucidez que uno no consideraba propio, la meta en sus alrededores, la impasible contumacia de los vagabundos llamados Diógenes que tan a las claras nos demuestran su hipérbole real. Entre tanto sosiego espiritual se le van a uno las ideas de la cabeza; es irremediable, o no, el caso es que digo yo que tendremos derecho a administrar nuestra hambre, nuestra presencia.


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Diario de Octubre VII


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La indecencia se despacha en los despachos y en las reuniones en las que lo más importante es el tiempo que pase para que quienes se encuentran afuera (fuera de esa partida de ajedrez en la que consiste la constitución de un equipo en estos tiempos en los que valorar solo el fuerte del individuo ya está pasando factura) piensen que se está hablando de cosas importantes. La indecencia es supina cuando creemos que el resto son tontos, que no tienen a dónde ir, que de esta apática situación de status quo en la que la mayoría se encuentra no es tan fácil salir. Hay un algo de posesión en los sistemas directivos actuales que les hace confundir la libertad porque ni siquiera piensan en ella. La libertad es un bien que debería legalizarse, un acto reflejo del instinto de supervivencia intelectual. Me da miedo pensar en el devenir del pensamiento libre porque no dejo de asombrarme de la cantidad de gente que escribe en los periódicos, de la cantidad de cartas al director y  de breves ensayos en forma de artículo que aparecen en las páginas de los diarios, atiborrando el hueco como si de un terror al vacío se tratase, pero después nada pasa salvo el tiempo. Todos tenemos acceso a quejarnos y a decir lo que pensamos, a explayarnos por las explanadas de esta boca es mía, solo que con una sensación de inercia mortecina y a fuego lento, a descrédito de la esencia, a amapola holandesa decorando los campos ficticios para las abejas, para las hormigas, para los bichos raros, para los insignificantes insectos del orden del día. Se están cayendo algunos de los recortes de cartulina que adecentan el blanco cal de las paredes de mi apartamento; parece que las cosas nos hablasen, que nos transmitiesen el sentido último de lo inerte y etéreo, de lo superfluo y común, de lo por desconocimiento llamado accesorio por no caer en la cuenta de la estabilidad que depende de esas minúsculas partículas que nos acompañan. La lente del interior de los poetas es un crucigrama sin descifrar muy dado a asombrarse del mecanismo de un lápiz.